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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 39


Le propuse a Carlos que tomásemos el café en el jardín. Dentro de un par de horas ya haría frío, pero de momento el sol lucía y se estaba bien. Llevamos las cosas a la mesa y nos sentamos. Se respiraba calma; el único ruido eran los pájaros trinando entre los árboles del monte cercano.
-No me has preguntado por Arturo-me dijo, mirándome fijamente.
-No, no lo he hecho.
-Tal vez porque estáis en contacto o porque no te interesa en absoluto.
La conversación había empezado de una manera que yo no esperaba. Bebí un sorbo de café. De repente, aunque la temperatura se mantenía agradable, empecé a sentir algo de frío.
-Arturo me llamó dos días después de la operación para interesarse por cómo habían ido las cosas; pero la conversación fue demasiado envarada. Resulta penoso que después de tantos años juntos no tengamos apenas qué decirnos. Desde entonces no hemos vuelto a hablar. Andrés, su compañero, que fue quien llevó el divorcio, era quien se ponía siempre en contacto conmigo.
-No sabes, entonces, que esa chica se ha ido a vivir a vuestra casa.
-A la casa de tu hijo-puntualicé. No, no lo sabía, aunque no puedo decir que me extrañe; es más, lo veo natural.
Ahora fue mi suegro quien dio un sorbo a su café. Miró hacia el monasterio, con gesto cansado. Por primera vez le vi viejo, triste.
-Pero creo que no le hará feliz. No es la mujer adecuada para él. No sé porque te dejó marchar y porque tú no luchaste para salvar tu matrimonio.
-¿Qué matrimonio? No sé qué entiendes tú con esa palabra, pero tu hijo y yo llevábamos dos años sin compartir la cama, sin hablar apenas, sin tener una relación normal. Lo de Paula, sumado a saber que tenía cáncer, fue lo que colmó el vaso; pero desde hacía bastante tiempo sabía que Arturo se veía con otras mujeres.
Carlos pareció sorprenderse; y yo lo entendía. Los padres nunca conocemos a nuestros hijos y esos atisbos de lo que pueden ser y no nos muestran llenan nuestro corazón de congoja, de zozobra.
-¿Sabes? Yo también le fui infiel a mi mujer, en una ocasión. Duró poco, pero estuve a punto de dejarlo todo por ella.
Ahora fui yo la sorprendida. Carlos había sido siempre para mí el prototipo de hombre perfecto, del buen esposo y padre. Pero eso venía a demostrar hasta que punto lo desconocemos casi todo de las personas cercanas. No le pregunté nada; si él quería decir algo más, lo haría.
-Era una señora viuda; de mi edad, más o menos, cuando yo tenía ya más de cincuenta años. Vino a mi despacho para que le diseñase una casa en la playa. Ella estaba sola, y yo supongo que me aburría algo con Leticia, a pesar de que la quería mucho.
-¿Cuánto duró?
-Cuatro meses, tal vez cinco.
-¿Y se enteró Leticia?
-Nunca llegó a saber quien era ella, pero si, sabía que había otra persona. Me lo dijo de manera sutil, ya sabes como era. Y también me amenazó, veladamente, con recoger sus cosas y marcharse si aquello no se acababa.
-Y tú le pusiste fin.
Asintió con la cabeza, sin decir nada. Y los dos nos quedamos callados un buen rato. Serví café de nuevo y tomé aire para enfrentar la realidad y dejar clara mi postura.
-Hay una diferencia entre lo que me has contado y mi historia, Carlos. Entre vosotros quedaba algo, porque los dos intentasteis arreglarlo. Pero ni Arturo ni yo teníamos ganas de prolongar una situación perdida de antemano.
-Bien, si es así, ¿Qué puedo decir? Sólo que lo entiendo, y que tenéis derecho a ser felices cada uno por vuestro lado. Aunque te repito que mi hijo no va a ser feliz; al menos no con esta muchacha. Pero-dijo después de una pausa-creo que tú eres muy feliz. ¿Me equivoco?
-Lo soy, a pesar de todo. Todavía no estoy curada, me queda mucho camino, y tengo una espada pendiendo sobre mi cabeza. Pero estoy pasando la mejor etapa de mi vida.
-Y eso tiene que ver con un hombre, creo.
-Si-le dije simplemente.
Se levantó para coger dentro el paquete de cigarrillos. Siempre había fumado, y lo único que habíamos conseguido sus hijos y yo, era que lo hiciese al aire libre, para no dañarnos a los demás. Me imagino que sus pulmones ya estarían afectados, pero él parecía gozar de buena salud. Encendió el cigarrillo con parsimonia, y cuando ya se había fumado más de la mitad, habló de nuevo.
-Y creo no equivocarme si pienso que ese hombre es el tal Daniel Mendoza, el misterioso inquilino.
-No, no te equivocas; pero no pensé que fueses tan perspicaz, suegro.
Se rio, supongo que le hacía gracia estar hablando de que había una persona en mi vida y que al mismo tiempo le llamase suegro.
-Perspicaz nunca lo he sido, Elenita-sólo a él le permitía que me llamase con este diminutivo. Pero te conozco muy bien, y cuando hablas de él se te enciende la mirada, sonríes sin querer, y vuelves a tener la misma expresión de chiquilla de cuando te conocimos. ¿Qué te puedo decir? Que me alegro mucho, que te mereces ser feliz, y que me gustaría conocerlo, si crees que es oportuno. No te negaré que quiero echarle el ojo para ver si me convence, si es bueno para ti y si te conviene. Cuando te dije que seguías formando parte de mi familia hablaba con el corazón. Y es normal que me preocupe de los míos.
-Él también quiere conoceros a los dos, a Elia y a ti. Vendrá dentro de tres días, y le conoceréis. Creo que os gustará.
No pude ver mi correo hasta un momento antes de cenar, y estaba impaciente por saber si Daniel me había escrito. Efectivamente, allí había un mensaje suyo.

Mi Nefertiti:
¡Cuánto te echo de menos! No pensé que los días, a pesar de que no me queda un minuto libre, fuesen tan largos y vacíos sin ti. Tienes razón; como dice la canción yo tampoco necesito recordarte, porque te llevo siempre en la mente: cuando abro los ojos por la mañana, cuando me visto con las camisas que tú me has planchado, cuando me siento a comer y extraño tus guisos, pero sobre todo cuando me acuesto y no te encuentro al lado ni puedo contarle a nadie como me ha ido el día. En cuanto vuelva a cas, no volveré a viajar solo, y si tengo que posponer un viaje para que tú me acompañes, lo haré.
Pero no te escribo únicamente para decirte lo solo que me encuentro, porque eso ya te lo imaginas, sino para hablarte de otras cosas. Ya te he dicho que cuando nos conocimos me pareciste muy simpática y atractiva, pero no caí rendido a tus pies. Si reconozco que disfruté de aquella primera semana, de nuestras conversaciones después de la cena, y de nuestras tertulias ante un café. Me pareciste una persona muy fuerte, con las ideas muy claras y sin miedos. Y no sabía entonces a lo que te estabas enfrentado. Y si quiero contar toda la verdad, me sorprendió, cuando regresé de dejarte en el aeropuerto, ver tu nota, diciéndome que me habías dejado comida en el congelador. Nadie, desde que mi madre se murió, se había preocupado por mi de esa manera. Puede parecer una cosa absurda, pero a todos nos gusta que nos mimen, que nos cuiden y se ocupen de nosotros. No se por qué lo hiciste, pero si tenía dudas sobre tu valía, en aquel momento se despejaron.
Cuando te llamé en Nochebuena para felicitarte no mentí al decirte que te echaba de menos. La casa se me caía encima, a pesar de que estoy muy acostumbrado a la soledad, y de que vine aquí buscándola. Dudé mucho si llamarte, no quería molestarte, pero al final pudo más el deseo de escuchar de nuevo tu voz.
Si me preguntas cual fue el momento en que me enamoré de ti, no sabría decirlo de manera exacta, pero creo que fue cuando regresaste a casa, a mediados de enero, con aquel aspecto desvalido y moviéndote con dificultad. Sabía que me habías mentido con esa historia de la caída, pero no quise forzarte a nada. Interiormente me preguntaba qué te había pasado, porque el cambio era evidente. En cada poro de tu piel, pero sobre todo en tu mirada, se leía la palabra sufrimiento. Quizá porque yo también he sufrido soy más proclive a verlo en los demás; y tú no lo podías esconder. Pero no me imaginaba lo que luego me contaste. Y desde aquel momento lo que me pedía el cuerpo era protegerte, apartar de ti los miedos y el dolor. Por eso me preocupé tanto aquel domingo de mañana, cuando no te encontré ni contestabas al móvil. Y no llegarás nunca a saber lo que conmovió darme cuenta de que estabas tan débil que te costaba caminar, de vuelta a casa. Interiormente me preguntaba como tu marido pudo haberte dejado sola ante una situación así, por más que estuvieseis en trámites de divorcio. Sigues siendo la madre de su hija, y sólo por eso debería besar el suelo que pisas. Pero te repito que en mi egoísmo, me alegré de que fuese así.
Se hace tarde, y tengo que cenar otra vez con mi agente. Intentaré llamarte, aunque no me conforme solo con oír tu voz, algo es algo, hasta que volvamos a estar juntos.
Hazme un sitio en tus pensamientos.

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