14 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 40



Me alegraba no tener que cenar sola. Nos entretuvimos hablando hasta bastante tarde y me fui a la cama con la sensación de plenitud de haber hecho lo correcto. Ya conocían la existencia de Daniel y la aceptaban. Ahora sólo me quedaba hablarles de Diego; pero como esto era menos problemático, lo haría al día siguiente.
Daniel me llamó cuando me estaba acostando. No hablamos demasiado, sólo lo necesario para saber que ambos estábamos bien. No mencioné sus correos porque sabía que le había costado mucho contarme sus pensamientos más íntimos y quizá no le agradase hablar de ello. Quería que yo lo supiese y lo sabía; eso era suficiente. Me dio la buena noticia de que estaba adelantando bastante y que quizá pudiese llegar el domingo en el último vuelo.
Al día siguiente salimos por los alrededores. Conducía Elia, y varias veces tuve que pedirle que no corriese tanto. Mi cuñada siempre ha manejado el coche con maestría, parece que ha nacido con un volante en la mano, pero en ocasiones es demasiado temeraria y me deja con el corazón en un puño. Su pobre padre no se quejaba, sonreía resignado; supongo que el ser humano puede acostumbrarse a todo. Nos detuvimos a comer en un restaurante al lado de la playa en un pueblecito pesquero que en invierno es delicioso, porque no hay nadie más que los veinte vecinos de siempre; pero que en verano se llena de gente. Ahora estaba en el momento intermedio; agradable todavía, pero con ya con algunos forasteros que habían adelantado las vacaciones de Semana Santa.
Hacía un día tan soleado que decidimos comer fuera, en la terraza, viendo el mar y como las mujeres de los marineros estaban sentadas al sol, cosiendo las redes y hablando de sus cosas. Pedimos un aperitivo antes de que nos sirviesen la comida, y se estaba tan bien que decidí que era un buen momento para hablarles de mi hermano.
-Tengo que contaros algo, otra novedad.
-¿Otra?-me dijo Elia mirándome de reojo. ¿Otro hombre?
-Pues si, es acerca de otro hombre.
-Ay, Elenita-bromeó Carlos. Si parecías tan modosita y tan formal, y ahora a pares. No me lo puedo creer.
Me reí y tomé aliento antes de seguir hablando.
-Si, es sobre otro hombre en mi vida, y muy importante también. De hecho, Daniel y él han sido en esta época mis ángeles de la guarda. Sin ellos creo que no estaría aquí, no tendría fuerzas para enfrentar la enfermedad y me parece que ni me hubiese operado.
-Bueno, ¿y vas a decirnos de una vez quien es ese portento?
-Es mi oncólogo. Me ha salvado la vida y me ha hecho sacar fuerzas de donde no pensé hallarlas. Es, después de Daniel, el hombre más importante de mi vida.
-Mujer, no exageres-me dijo Elia. Siempre has sido algo dramática. Los médicos están para eso, para salvar vidas.
-Pero este es especial, porque además de mi médico es mi hermano.
Carlos estaba dando un sorbo a su vaso de vino y se atragantó de tal manera que su hija y yo nos levantamos para atenderle. Cuando se recuperó me miró como si viese a un fantasma y me preguntó si es que me había vuelto loca.
-No, Carlos, estoy muy cuerda. Yo supe que tenía un hermano hace año y medio, más o menos. Y te aseguro que mi sorpresa fue enorme, pero cuando llegó a mi casa un día de principios de octubre, supe que teníamos algo que ver en cuanto le vi. Nos parecemos mucho, no puede negarse que somos familia.
Elia estaba anonadada, se había quedado sin palabras. Simplemente me miraba y sacudía la cabeza en un gesto de incredulidad.
-El caso es que fue un golpe enterarme de que Luís, a quien yo consideraba mi padre, no lo era, pero eso lo supe desde que él murió. Mi madre, sin embargo, no quiso decirme quien era mi padre y se llevó el secreto a la tumba. Ya sabéis como era de cerril. Mi padre murió hace dos años, y antes de morir le contó el secreto a su hijo y le pidió que me buscara. Diego, que así se llama mi hermano, lo hizo, y me entregó la parte de herencia que nuestro padre me había destinado. Este gesto me conmovió, porque demuestra que es un hombre honrado, que cumplió la voluntad de nuestro padre aun cuando significase renunciar a una buena suma de dinero.
-¿Lo sabe Arturo?
-No, no lo sabe nadie de la familia. Ni Arturo ni Úrsula. Quería que pasase un tiempo para que Diego y yo nos conociésemos mejor. Por desgracia, cuando me di cuenta de que estaba enferma, tuvimos ocasión de conocernos, y bien. Si no fuese porque él me obligó, y hoy me alegro de que lo hiciese, yo hubiese renunciado a luchar. Pero no me dejó, y si estoy viva es gracias a él. Me operó, se cuidó de mis sesiones de quimioterapia y está siempre pendiente de mí. Ahora se ha relajado algo, desde que ha aparecido Daniel en mi vida.
Los dos estaban sorprendidos, pero cuando se recuperaron me preguntaron cuando podrían conocerle. Quedamos en que le llamaría para que viniese a comer uno de estos días, cuando no tuviese guardia ni el día demasiado ocupado.
-Eres un saco de sorpresas. Menos mal que tengo el corazón fuerte-me dijo Carlos, palmeándome el brazo mientras nos disponíamos a comer.
Al día siguiente, durante el desayuno, me enteré de algunas novedades que también ellos me habían escondido. Elia me confesó que en aquellos momentos seguramente mi hija estaría en Madrid, con su padre. Confieso que me enfadó que no me lo hubiese dicho antes, pero todavía más que tuviese que enterarme por ella, y no por la propia Úrsula. No se en qué había fallado con esa niña o si es que verdaderamente su carácter era un compendio de todo lo malo de su padre y de su abuela. Carlos intervino para intentar calmar mi enfado.
-No sabíamos cómo decírtelo, ni siquiera si era conveniente que te lo contásemos. Ya sabes…
-Si, ya se-le interrumpí. Para que la pobrecita enferma no sufra más.
-Elena-me suplicó mi suegro.
Y su mirada me hizo entender que no debía pagar con ellos mi enfado. Aquello era tan solo culpa de mi hija y de su padre, que como siempre me apartaban de todo. Le pedí perdón a Carlos por mis anteriores palabras y a Elia le pregunté cómo habían solucionado el problema de Paula.
-Creo que ninguno de los dos, ni Paula ni Arturo, están por la labor de llevar las cosas demasiado lejos. En cuanto oyó que la niña venía a casa unos días, ella se apresuró a hacer las maletas. Parece ser que de momento no quiere ser la madrastra mala del cuento. Y de Arturo no te digo nada, porque ya le conoces. Con tal de dejar de lado los problemas, hará lo que sea.
-Si, tristemente, sé de que va el tema.
Pero tenía que preguntarle lo que me importaba
-¿Vendrá Úrsula a verme?
Mi cuñada se encogió de hombros y trazó imaginarias líneas en el mantel, evitando mi mirada inquisitiva.
-Francamente, Elena, no lo se. Me inclino a pensar que si vendrá, pero no lo se. En caso de que venga, ¿Qué harás con tu novio?
-No digas esa estúpida palabra, me hace rechinar los dientes. No tengo edad para noviazgos. Pero en cuanto a tu pregunta, desde luego no le esconderé ni haré que se vaya. Daniel es la persona más importante de mi vida y Úrsula tendrá que aceptarlo, le guste o no.
Carlos me tomó la mano.
-Sabes que nosotros estaremos a tu lado. Y apruebo por completo tus planes. Mi nieta es ya una mujer, debe aprender a aceptar las cosas como vienen.
Yo también pensaba lo mismo, pero no estaba muy segura de cómo se tomaría mi hija las cosas cuando se enterase. De cualquier manera, de lo que si estaba segura era de que los chantajes emocionales se habían acabado. Yo era madre, pero también mujer, y tenía todo el derecho del mundo a rehacer mi vida y ser feliz de nuevo. Si algo me había enseñado mi enfermedad es que la vida es demasiado corta para perder el tiempo intentando vivirla como los demás esperan que lo hagamos. No se cuanto de cuanto tiempo dispondría, pero de lo que si estaba segura, es que iba a pasarlo, si él quería, con Daniel. Lo único que me torturaba era robarle la esperanza de un hijo, pero por más que me doliese, eso era algo que nunca podría darle.
Mañana llegaría por fin y yo iría al aeropuerto a recogerle. Diego me había llamado para saber si quería que él le recogiese, pero me encontraba lo suficientemente fuerte para volver a conducir de nuevo. Ya no tenía nauseas, no había vuelto a vomitar y me encontraba más fuerte. Tenía que empezar a valerme de nuevo por mi misma. Aproveché para decirle a mi hermano que viniese a comer a casa pasado mañana. Así me daría tiempo a que primero conociesen a Daniel y luego a él. Cuando colgué el teléfono dejé caer la cabeza en el respaldo del sofá, agotada de lidiar con unos y otros, de intentar contentar a todo el mundo y de poner paz en mí alborotada familia. Les quería a todos, incluso sentía cierta piedad no exenta de afecto por mi ex marido, pero, para ser sincera, también tenía ganas de que me dejaran a solas con Daniel.
Entretanto me consolaría con sus mails. Cada día, puntualmente, me mandaba uno.



No hay comentarios:

Publicar un comentario