15 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 41


Nefertiti:

Nos queda solamente un día para vernos de nuevo, y estoy deseando que llegue mañana. ¿Recuerdas la primera vez que te besé? Te juro que no fue algo planeado, sino que de repente, en lo alto de la torre, me pareció que era lo natural, que ese era el momento. Por eso no me costó la decisión de afeitarme, porque el sacrificio de mantenerme alejado de ti era mayor que exponer al mundo mi cara marcada. Sin embargo, ha tenido que pasar tiempo para que pudiese mirarme al espejo sin sentir yo mismo algo de repulsión; y es por eso por lo que siempre entendí tu actitud. Nadie es capaz de ponerse en el lugar de otro, por más empatía que tenga o por más que le quiera. Sólo alguien que ha tenido un sufrimiento parecido está capacitado para entenderlo. Resulta curioso pensar que cuando tuve el accidente llevé mejor haber perdido el bazo, aún con las consecuencias que eso conlleva, que saber que me habían quedado cicatrices en la cara. Estuve tres semanas en el hospital, y aunque muchos compañeros y amigos me visitaron, me sentía profundamente solo. Quizá fue ese sentimiento el que me empujó a buscar el refugio de un lugar apartado. No era necesario aislarme tanto para escribir el libro; podía hacerlo perfectamente en Barcelona, que ha sido desde hace muchos años mi punto de referencia cuando no andaba de viaje por lugares dejados de la mano de Dios. Pero preferí ir a un lugar en donde nadie me conociera ni supiera de mi vida. Y fue inevitable pensar en Galicia, porque mi madre era gallega, y recuerdo haber pasado muchos veranos en Orense, con mis tíos. Sin embargo, elegí un sitio distinto, donde nadie me conociese. Ví el anuncio de tu casa en Internet y no tardé ni dos minutos en llamar a la inmobiliaria. Me gustó la casa, pero sobre todo los alrededores y saber que estaba cerca del monasterio. Antes de que tú llegases, solía ir de vez en cuando a la iglesia, cuando no había nadie, y pasaba luego al interior de las ruinas. Quizá por eso aquel domingo que te escapaste pensé que te podría encontrar allí.

Creo que me gustaría quedarme por una larga temporada en este lugar, incluso para siempre. De todos modos, eso ya lo hablaremos, porque tenemos tiempo. Pero si quiero pedirte algo. Supongo que pronto empezará a crecerte de nuevo el pelo, y me alegro, porque tú te encontrarás más cómoda. Pero por favor, no te lo dejes largo, o no demasiado. Quiero seguir sintiendo tu nuca en la palma de mi mano, como si fuese el tallo de una flor a punto de quebrarse, y recorrer cada milímetro de tu cráneo, sintiendo bajo mis dedos la forma de tu cabeza. No quiero que dejes de ser mi Nefertiti. Compláceme; yo he dejado de afeitarme y empiezo a parecerme de nuevo a un vikingo.
Y el que ahora debe apresurarse soy yo. Si quiero marcharme mañana todavía me quedan unas cuantas cosas que arreglar antes.
Piensa en mí, aunque sea un poco.

Me hizo gracia su despedida, porque prácticamente en todo el día no se alejaba de mi mente. A veces me ensimismaba en mis recuerdos, en mis pensamientos, y Elia, que siempre ha sido muy impaciente, se enfadaba porque estaba distraída y tardaba en contestarle. Aquella noche después de cenar, cuando ya estaba en mi cuarto, tocaron a la puerta. Era mi cuñada, que pasó y se sentó en el borde de la cama. Quería charla, y yo estaba dispuesta a dársela. Siempre nos habíamos llevado bien, y de hecho, era mi mejor amiga, quizá la única persona con la que me sentía lo bastante libre para hacerle confidencias. La puerta del armario estaba entreabierta y vio el kimono dorado.
-Vaya, te lo has traído-me dijo levantándose para sacarlo de la percha y ponérselo delante del cuerpo, mirándose al espejo. Después de habértelo dado, pensé que quizá nunca te lo pusieras. Como tú eres tan clásica vistiendo. Pero veo que te lo has puesto, ¿no?
Siempre he sido una inepta para esconder o disimular lo que siento, y al oírla hablar recordé la primera noche con Daniel y noté como mi cara se iba encendiendo. Y Elia, que es rápida en captarlo todo, se echó a reír.
-Vaya por Dios. He aquí el cuerpo del delito. No me digas que usaste mi regalo para seducirle. La verdad, no pensé en eso cuando lo compré.
-No digas bobadas, Elia. ¿Crees que yo estoy para seducir a alguien?
-Bueno, no se como se dirá ahora. Pero en definitiva, que te vestiste para pecar…
No pude evitar reírme, con ella siempre pasaba lo mismo.
-Y dime, ¿cómo fue? ¿Hubo magia, fuegos artificiales?
-Pero, ¿a ti que demonios te importa?-le dije dándole un golpe con la almohada. Si crees que te voy a contar como fue la noche, estás lista. ¿No sabes que hay cosas que son privadas?
-No quiero detalles, solo lo esencial.
-Ah, gracias, que considerada-dije mientras me limpiaba la cara con la leche desmaquillante y el algodón. Lo único que te voy a decir es que lamento no haberle conocido muchos años antes. Y ahora, lárgate. Mañana tendrás que acompañarme a la compra, no puedo cargar demasiados pesos. Y como de noche llega Daniel, quiero hacer una cena espléndida.
-Está bien, ya veo que sigues siendo la de siempre; todo el rato pensando en cocinar para un montón de gente.
-Cállate, mal agradecida. Has sobrevivido en épocas de mucho trabajo gracias a la comida que te dejaba en tu casa. Si por ti fuera, comerías siempre bocadillos.
Pasé el día siguiente en una especie de arrebato, contando cada minuto que pasaba, porque me quedaba menos para ver a Daniel. La mañana se pasó rápidamente; Elia y yo nos fuimos a la compra, callejeamos un poco y nos tomamos un par de cafés. Carlos desistió de acompañarnos, dijo que daría un paseo y haraganearía un poco en el jardín. Y la tarde la dediqué a la cocina, a preparar una cena para los cuatro. Elia me ayudó, o puedo decir que me incordió, porque la cocina no le gusta nada y más bien lo que hizo fue cotillear sin parar e intentar sonsacarme cosas de Daniel que yo no pensaba contarle ni muerta.
-Venga, no seas así-me dijo por enésima vez. ¿Acaso no soy tu mejor amiga? Cuéntame, ¿cuándo os enamorasteis? ¿Cómo fue?
-Que me dejes en paz, pesada. ¿Acaso te pregunto yo a ti algo?
-Pregunta, pregunta. Para lo que hay que contar-dijo mordisqueando una de las galletas que acababa de sacar del horno, y tirándola luego sobre la mesa. Quemaba, claro. Pero esa era Elia, siempre la eterna impaciente.
-No te preguntaré, porque no soy tan cotilla como tú. Y ahora, cambiando de tema, ¿crees que me llamará Úrsula?
Ella se encogió de hombros, y puso los ojos en blanco.
-Tu hija sigue siendo un misterio insondable para mí. Ya sabes como es su carácter; unas veces resulta un ángel, y al minuto siguiente es un demonio. Creo que más bien se presentará aquí sin decir nada, aunque, ¿quién sabe? Y también depende de lo que mi hermano le cuente. De lo que si estoy segura es que no le dirá nada de su novia.
-Eso me da igual. Es su vida. Él verá cuando se lo cuenta o incluso si lo hace.
De lo que si estoy segura es de que yo no esconderé a Daniel.
-Y me parece bien. Esa niña tiene que crecer. La habéis mimado demasiado, aunque ya sé que en este tema el principal culpable ha sido Arturo.
-Puede que tengas razón-le contesté, quitándome el delantal. Era hora de que me arreglase. Quería llegar al aeropuerto con tiempo.
-¿Te encargarás de hacer la ensalada y poner la mesa?-le pedí a Elia.
-Si, mujer, no te preocupes. Ah, me olvidaba-dijo dándose una palmada en la frente. Antes llamaron a tu móvil, y como no te encontraba, contesté yo. Era un hombre, un tal Diego. ¿Es tu hermano?
-Si. Es mi hermano. ¿Qué te dijo?
-Que le llames. Solo eso. Oye, tiene una voz preciosa. ¿Cuántos años tiene?
-Cincuenta-le contesté.
-Ah, como yo-dijo atusándose el flequillo negro ante el espejo de la entrada. ¿Y está casado?
-Soltero y sin compromiso, que yo sepa. ¿Pretendes que volvamos a ser cuñadas?
-No seas majadera-me contestó, con una sonrisa algo falsa. Ya sabes que soy curiosa.
-Si, lo se, desde luego.





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