18 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 42



Me arreglé y antes de salir, ya desde el garaje, llamé a Diego. Sólo quería saber si había cambiado de opinión, y prefería que él recogiese a Daniel. Le dije que ya estaba de camino, y le recordé que mañana habíamos quedado para comer. Llegué al aeropuerto con bastante antelación, así que me dio tiempo a tomarme un café con tranquilidad. Era el último vuelo y la sala de llegadas estaba llena de gente esperando a los viajeros. Comprobé en el panel de información que el vuelo ya había aterrizado, y me acerqué a la puerta. Empezaron a salir los primeros pasajeros, aquellos que no llevaban equipaje y por lo tanto no habían tenido que esperar junto a la cinta. En su mayoría eran hombres y mujeres de negocios, con sus maletines en la mano y cara de cansancio. A los cinco minutos empezó a salir más gente, los que arrastraban sus maletas, más o menos numerosas. Daniel fue uno de los últimos en aparecer. Destacaba entre los demás por su estatura y el color de su pelo. Comprobé que la barba, aunque no era como aquella que me había sorprendido cuando le conocí, estaba ya en proceso de serlo. Cuando traspasó la puerta se quedó un momento parado, mirándome, y ambos nos acercamos unos pasos. No dijimos nada, simplemente nos fundimos en un abrazo y luego caminamos de la mano hasta el coche. Le di las llaves.
-Conduce tú. Todavía me cansa algo hacerlo.
Puso las llaves en el contacto, pero no arrancó. Y sin decir nada, pero los dos a la vez, nos abrazamos de nuevo en la soledad del aparcamiento, casi vacío a esas horas. Tocar de nuevo su pelo, sentir su olor, el calor de sus brazos, el sabor de sus labios posándose cálidos sobre los míos, me daban una profunda paz. Esos pocos días de separación sólo habían servido para darme cuenta de lo importante que era para mí.
Daniel empezó a rebuscar en su equipaje de mano y me entregó un pequeño envoltorio.
-Para ti. ¿No lo abres?-me preguntó, cuando vio que lo miraba, alelada.
Le hice caso, y rompí torpemente la envoltura. Apareció ante mis ojos un precioso collar de ámbar, y unos pendientes haciendo juego.
-¿Te gusta?-volvió a preguntarme, ilusionado como un niño ante un juguete. Lo ví de casualidad en un escaparate y al instante pensé que tenía que ser tuyo. Va perfectamente con tus ojos.
-Claro que me gusta. Es precioso. Gracias, pero el mejor regalo es que estés de vuelta. Te he extrañado mucho.
Nos pusimos en camino y fui contándole las novedades que había habido en su ausencia. Le avisé también de que era una costumbre mía, y en cierto modo una manera de bromear, el llamar “suegro” a Carlos. Quise decírselo porque estaba segura de que se me escaparía, por más que intentase evitarlo; era una costumbre muy arraigada. Y no quería que se sintiese mal.
-Querida, no tienes que preocuparte tanto. Entiendo perfectamente que forman parte de tu vida, y eso no tiene que acabar porque yo haya llegado.
-Y hay algo que debes saber. Úrsula está en Madrid con su padre, con lo cual es posible que se acerque a verme.
-Bien, me gustaría conocerla.
-Me imagino que a ella no. Pero en cualquier caso, si viene os presentaré, y que sea lo que Dios quiera. Mi hija es una buena niña, pero admito que está algo consentida y en muchas cosas es demasiado inmadura. Si no me equivoco, intentará causar problemas.
Me apretó la mano cariñosamente.
-Bueno, pues los sortearemos, juntos.
Estábamos llegando. El sendero que llevaba a casa estaba iluminado y desde la ventana se apreciaban las luces del comedor, también encendidas. No pude evitar tomar aire, y Daniel sonrió. Aparentemente él no estaba nervioso. Yo, en cambio, temblaba como un flan. Guardó el coche en el garaje; pero entramos por la puerta delantera; me parecía de mejor augurio. Carlos y Elia estaban en la sala, sentados cerca de la chimenea. Los dos se levantaron cuando entramos y vinieron a nuestro encuentro. Intenté sonreír; quería dar la impresión de normalidad, pero de los cuatro estaba claro que era la más inquieta por la situación.
-Bueno, ya estamos aquí. Y quiero que os conozcáis. Él es Daniel Mendoza. Mi Daniel-dije estúpidamente. Y ellos son Carlos y Elia, el abuelo y la tía de mi hija, y una parte de mi familia.
Se dieron la mano, sonriendo. Y mi cuñada, como siempre, puso la guinda en el pastel.
-Qué presentación más rara. Mi Daniel. No te conocía tan posesiva.
Hizo que me sonrojase y mentalmente tomé nota para apretarle las tuercas cuando estuviésemos solas.
-No sabía muy bien qué decir. Novio es una palabra que no me gusta usar a ciertas edades, porque me hace pensar en adolescentes. Si digo mi hombre, puede sonar a tango arrabalero. Pero tienes razón, lo he dicho mal. Quizá debería decir que es el hombre más importante de mi vida-terminé, encogiéndome de hombros.
-No te preocupes, te hemos entendido-se apresuró a decir Carlos. Y no le hagas caso a mi hija, que ya sabes que le encanta incordiar.
Pasamos al comedor. Elia había puesto la mesa con esmero, y todo estaba muy bonito. Nunca podré agradecerle bastante a Carlos los esfuerzos que hizo porque todo fuese natural. Encaminó la conversación durante la cena, y cuando servimos el postre Daniel y él ya hablaban como si se conociesen de toda la vida. Tenían algunos intereses comunes, como los gustos en materia de libros o de deportes. No me había dado cuenta de lo tensa que estaba hasta que les vi hablar de manera distendida y yo misma pude relajarme. Cuando llegó la hora del café le pedí a Elia que me ayudase, no porque de verdad me hiciese falta, sino porque quería abroncarla, aunque solo fuese para desahogarme.
-A ti te mataré un día de estos, o te cortaré la lengua-la amenacé, apuntándola con una cucharilla de café.
-¿Por qué?-me preguntó en tono melindroso.
-Por hacer preguntas idiotas con el fin de dejarme quedar mal.
-Ay, hija, qué seria eres siempre, por Dios. Intentaba distender el ambiente.
Di un bufido para no contestarle lo que estaba pensando.
-De cualquier modo-me dijo, con aire ofendido-aunque seas tan insensible, te diré que tu chico me gusta. Tiene un aire interesante, y unos ojos preciosos. Habla poco, eso si. Pero es amable, y se nota que le has encandilado.
-Te falta decir “aunque no se por qué”-le dije, algo enfadada todavía por sus bromitas.
-No, mujer, eso nunca lo he pensado. Tienes el suficiente atractivo para que cualquier hombre se enamore de ti. Venga, vamos a llevar el café o sospechará que estamos hablando de él.
-No es idiota. Sabe que estamos hablando de él.
Al final, todo había salido bien; mejor de lo que yo esperaba. Pero cuando nos fuimos a nuestro cuarto estaba tan cansada como si hubiera corrido una maratón. Tenía mucho interés en que las cosas salieran bien, y había puesto mucho empeño en esta primera reunión. Daniel me abrazó, colocándose detrás de mi cuando me estaba poniendo la crema.
-¿Estás mejor?-me dijo, besándome en la oreja.
-Si. Más tranquila. ¿Tanto se notaba?
-Un poco. Pero es normal.
-¿Qué te han parecido?
-Me han gustado, los dos. Carlos es una persona muy inteligente y Elia es…simpática.
-Reconozco que es algo peculiar, pero cuando te acostumbras, resulta divertida.
-Bueno, déjales fuera de nuestro dormitorio hasta mañana. Quizá nos convenga seguir con lo que dejamos pendiente la mañana que me fui, cuando tu hermano tocó a la puerta tan temprano.
Me desperté varias veces durante la noche, pero me bastaba darme cuenta de la sólida presencia de Daniel a mi lado, abrazándome, para volver a dormir sin problemas. Él era mi mejor somnífero. Había perdido todos los miedos y la inseguridad que me acechó tras la operación. Yo estaba ya despierta cuando le noté rebullir a mi lado.
-Buenos días, dormilón-le dije, besándole el cuello.
-Perfectos días-me respondió. Si estuviésemos solos, sería buena ocasión para quedarnos en la cama hasta tarde, pasándolo bien y recuperando el tiempo perdido.
-Pero tenemos invitados, y en unas horas llegará Diego también.
-¿También él tiene que pasar examen?
-Si, pobrecillo. La verdad es que conmigo no os ha tocado ninguna lotería: os doy la lata, tenéis que curarme, calmar mis males, y encima, hago que os den un buen repaso. Pero les has gustado. Elia me ha dicho que eres muy guapo, aunque demasiado callado.
-Ella habla por todos. Qué mujer, debe ser agotador vivir con ella.
Me encogí de hombros. Como hacía tantos años que la conocía, yo la miraba de una manera distinta; puede ser que ya estuviese adaptada a sus excentricidades. Era muy vehemente, decía siempre lo que pensaba, sin medir las consecuencias, y actuaba sin atenerse a criterios impuestos. Pero por eso mismo la quería tanto, porque era, sobre todo, justa. Hasta su mismo aspecto era rompedor. Se parecía mucho a su madre, pero si en Leticia todo había sido comedimiento y normalidad, Elia era todo lo contrario. Hasta de sus defectos sacaba partido. Tenía la boca demasiado grande y cualquier otra la hubiese disimulado; ella, sin embargo, se pintaba los labios siempre de rojo brillante, como si fuese una herida abierta. Su pelo siempre había sido negro como el ala de un cuervo; aunque ahora sospecho que si lo era se debía a las ayudas químicas; y siempre lo llevaba a la altura de los hombros, en una melena completamente lisa y recta, con un flequillo que le caía sobre los ojos. ¿Y sus ojos? Sabe que son lo mejor de si misma: negros, grandes, almendrados, rodeados de espesas pestañas. Por eso se los maquilla con detenimiento, pero sin estridencias. Todavía me pregunto si sus pacientes en la consulta de odontología, cuando les va a hacer una endodoncia, no se quedan pensando si la mujer que les va a torturar no es el fantasma de Cleopatra. No es que sean iguales, pero se parecen bastante.


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