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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 43


Daniel, como un verdadero santo, se llevó a Carlos y a Elia a dar una vuelta en coche y me quedé en paz, sola en mi cocina, preparando la comida y relajándome antes de la presentación de Diego. Cuando ya casi estaba todo hecho salí al jardín y apenas llevaba allí unos minutos cuando llegó mi hermano. Como hacía buen tiempo esperamos sentados a la sombra de un árbol a que llegasen los demás. Miré a Diego con ojos distintos, como si yo fuese una extraña, y me gustó lo que vi. Mi hermano es alto, se mantiene delgado, y aunque tiene bastantes canas su pelo sigue siendo abundante y rizado, tal y como era el de nuestro padre en las fotos que él me mostró. Sus ojos son exactamente como los míos; de un color indefinido entre el dorado y el verde; pero él es mucho más moreno de tez que yo, con lo cual la combinación resulta perfecta entre el dorado verdoso y su piel. Me sentí orgullosa de presentarlo, porque a estas cualidades meramente físicas, y de las que él, en todo caso, no es consciente, se une que es una buena persona: íntegro, trabajador, honesto.
-¿Por qué me miras tanto? ¿Encuentras que voy mal vestido? ¿No me he afeitado bien?
-Te miro porque estoy orgullosa de ti y estoy deseando que te conozcan.
-Hablando de afeitados; ¿cómo está tu caballero andante? ¿Le ha ido bien en su viaje?
-Si, está muy contento. Ha dado dos conferencias y su trabajo en el libro está avanzando.
-Me ha contado su historia-me dijo, muy serio.
-¿Te refieres a su profesión y a lo que le pasó?
-Si. Como comprenderás, me llevé una enorme sorpresa cuando se afeitó la barba, ante lo que había debajo. Igual la gente corriente no se da cuenta, pero a los ojos de un médico aquella cicatrices sólo podían ser de metralla. Y las personas de a pie no suelen tenerlas.
-Y le interrogaste sin piedad-le acusé.
-No, no exactamente. Pero aproveché tu gloriosa escapada nocturna para cantarle las cuarenta por haberte llevado de fiesta y hacerte trasnochar; y si, se lo pregunté, sin rodeos. Quería sabe en qué andaba metido para evitarte complicaciones. Tenía que protegerte. ¿Lo entiendes?
-Si, supongo que si. ¿Y te lo contó?
-No se hizo de rogar, me puso al corriente de lo que le había pasado, y yo me quedé más tranquilo. Y he de decirte que puedes estar contenta y orgullosa. Debe de quererte mucho para haber hecho el sacrificio de exponerse de nuevo a algo que ya había superado simplemente para no dañarte.
Asentí, sin decir nada. Era plenamente consciente del amor de Daniel y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conservarlo. Temía que quizá en unos días mi relación con él se vería comprometida por la persona más importante de mi vida; por mi hija. Pero mi decisión era firme; a Úrsula le había dado todo lo que una madre puede dar, y ahora era mi turno. El amor a Daniel no significaba para ella una afrenta, y si lo quería ver así, sería su problema.
Decidí que tenía que poner a mi hermano sobre aviso.
-Diego, hoy vas a conocer a una parte de mi familia, pero puede que en unos días conozcas además a otra persona muy especial para mi. Úrsula está en Madrid y, aunque no lo se seguro, es probable que venga a verme.
-Bueno, yo encantado. Al fin y al cabo es mi única sobrina, estoy deseando conocerla. Pero no se como se tomará ella encontrarse de golpe con madrastra, padrastro y tío.
-De la madrastra no sabe nada. Arturo la ha escondido. Pero yo no pienso hacer eso con Daniel. Sería humillante para él y para mí. No hago nada malo.
-Claro que no. En todo caso, tú iniciaste una relación con otra persona cuando tu matrimonio ya había acabado.
Asentí con la cabeza. Cuando hablaba con otra persona lo veía todo muy claro; pero distinto sería explicárselo a mi hija.
Iba a comentar mis miedos con Diego, pero Daniel estaba aparcando el coche, así que nos acercamos y me dispuse a hacer las presentaciones.
-Os presento a Diego Montes, mi hermano. Ellos son Carlos y Elia, el abuelo y la tía de mi hija.
Se saludaron de manera cortes; y me di cuenta de la mirada entre Diego y Elia. A ella sobre todo la noté impresionada. Le saludó ligeramente con una inclinación de cabeza, pero no soltó ninguna de sus frases memorables. No quise adelantar acontecimientos; el papel de Celestina no se me daba bien y mi vida ya era bastante complicada. Agarré del brazo a Daniel y a Diego y entramos en la casa.
-Ya veo que has estado bien escoltada en todo este tiempo, Elenita-me dijo Carlos
-Si, estoy con los dos hombres más importantes de mi vida, pero después de ti, suegro. Tú serás siempre el primero, ya lo sabes.
-Bueno, siempre has sido algo aduladora, pero el ego de los viejos es enorme, y por eso he decidido creerte.
Poco a poco me fui relajando. Todo iba sobre ruedas, y parece que se llevaban bien entre ellos. Coloqué a Carlos presidiendo la mesa; Elia y yo a ambos lados y luego los chicos. La conversación fue haciéndose más amena en el momento en que dejaron de hablar del tiempo y de las procesiones de Semana Santa. Daniel no era demasiado hablador, pero con lo poco que decía era capaz de mantener el interés de la charla y desviar la atención hacia otro lado cuando se tocaban temas que podían ser problemáticos. Lo que me extrañaba era que mi cuñada estaba extrañamente callada; mientras que la noche anterior no paró de charlar ni un minuto y se pasó la noche intentando tirarle de la lengua a Daniel y sometiéndome a mí a sus implacables burlas. Al principio pensé que podía haber algo en mi hermano que la molestase; pero deseché la idea; más bien parecía lo contrario; porque la sorprendí varias veces mirándole a hurtadillas. Pocas veces había visto a Elia interesada en algún hombre; tenía un punto de egocentrismo que le impedía mirar hacia mucho más allá de si misma. Pero en los próximos días tendríamos ocasión de comprobarlo; porque Diego tenía una especie de vacaciones cortas en la clínica, y le había convencido de que las pasase con nosotros.
Después de tomar el café sentados en el jardín, Carlos dijo que estaba cansado y que dormiría la siesta un rato; así que les propuse que diésemos un paseo para bajar la comida. Pero todos empezaron a remolonear; la primera Elia. Y mi hermano, después de muchos rodeos, me dijo que había tenido guardia la noche anterior y que no le apetecía una caminata. Por lo tanto sólo fuimos Daniel y yo; y en mi interior lo agradecí; porque me apetecía estar un rato a solas con él. Apenas habíamos hablado desde la mañana.
Nos dimos la mano y caminamos despacio, hacia el río. Todavía no hacía demasiado fresco, pero por precaución Daniel cogió dentro ropa de abrigo, porque en este lugar el clima cambia enseguida.
-¿Te cansas?-me preguntó Daniel cuando habíamos caminado ya un buen trecho.
-No, no te preocupes. Estoy bastante mejor. Cada día que pasa me encuentro más fuerte. Mejor que no hayan venido, ¿no? Así tendremos algo de tiempo para nosotros.
-Creo que esos dos han preferido también quedarse solos.
Me eché a reír. Entonces no eran imaginaciones mías; él también se había dado cuenta.
-Pensé que veía visiones.
-No, nada de eso. Se han estado echando miraditas durante toda la comida. Es más, voy a proponerles que salgamos esta noche los cuatro, a bailar.
-Mi hermano nunca aceptará algo así. Es demasiado serio para esas cosas.
-¿Apostamos?
-No, nunca apuesto. Pídeselo si quieres, a ver que te dicen. A propósito, quiero pedirte perdón por las impertinencias de Diego. Ya me ha contado que te sometió a un tercer grado. ¿Por qué no me contaste nada?
-Pues porque yo no le di la menor importancia. Es más, me pareció natural. Primero me echó la bronca por haberte llevado de fiesta hasta altas horas de la madrugada, y luego me preguntó, sin mayores rodeos, si formaba parte de alguna banda de delincuentes.
Me tapé la boca con las manos, de puro asombro. No me lo podía creer.
-Pero no le culpes-me dijo Daniel con toda la tranquilidad del mundo. Me ve todas esas cicatrices, y siendo médico sabe perfectamente de qué son, ¿Qué quieres que piense? Se lo expliqué todo y ya está. No es un secreto, aunque naturalmente tampoco le cuento mi vida a todo el mundo. Pero pensé que él tenía derecho a saber que no era un mercenario dispuesto a matarte cualquier noche en este lugar dejado de la mano de Dios.








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