20 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 44


Era ya hora de volver a casa; empezaba a refrescar y además no era muy correcto dejar solos a los invitados demasiado tiempo. Pero me gustaba saborear nuestros momentos a solas y aproveché el camino de vuelta para preguntarle algo que me preocupaba desde hacía unos días.
-¿Cuándo calculas que acabarás el libro?
-De escribirlo en dos meses, a lo sumo, aunque creo que antes. Pero luego queda releer, corregir, volver a corregir. Y eso lleva bastante tiempo. No lo sé, pero en total creo que podemos calcular cinco meses, más o menos. ¿Por qué me lo preguntas?
-Sé que no tengo derecho
-Tienes todo el derecho del mundo-me interrumpió. Creo que eres la única que me lo puede preguntar, además de los editores, claro.
-Es que me ha dado por pensar si cuando lo acabes te vas a marchar de nuevo por ahí.
-Cuando dices por ahí, supongo que te refieres a cubrir de nuevo alguna zona en conflicto.
-Si. Eso es lo que quería decir.
Me paré un momento, porque habíamos caminado demasiado y estaba empezando a notar cansancio, a pesar de que me apoyaba en Daniel.
-¿Quieres que vaya a casa a buscar el coche, o que llame a Diego?
Le hice un gesto negativo con la mano. Si mi hermano me viniese a buscar, vendría en plan médico abroncador, y era lo que menos necesitaba en este momento.
-Déjame que descanse un poco; no necesito nada más. Y contéstame.
-Pues no, Nefertiti, no voy a volver a eso. Por muchos motivos; y uno de ellos es que con la fama que me he creado, pocos periódicos me contratarían. Ya sabes que soy un rebelde y digo lo que me parece. Y está el ligero problema de mi salud. Estoy bien, pero necesito cuidarme y llevar una vida más o menos ordenada. En esos lugares se come y se duerme cuando se puede y como se puede, a veces las condiciones higiénicas no son las mejores. Y yo estoy muy expuesto a infecciones de todo tipo. No-repitió-eso se acabó para mí.
Me quedé callada; aliviada pero también con miedo de que pasado un tiempo se aburriese conmigo. Estaba acostumbrado a una vida llena de aventuras, de novedades, de días distintos unos de otros. ¿Cómo llevaría el día a día cotidiano? Creo que él también se dio cuenta de lo que pensaba, porque me tranquilizó diciendo que no echaría de menos esa época.
-No soy de los que miran atrás continuamente. Fueron veinte años buenos, haciendo un trabajo que me gustaba; pero también muy duros. Vi morir a unos cuantos compañeros, a bastantes soldados, a civiles. Me tocó contar cosas horribles, y francamente, ya estoy cansado de barbarie. No tendré nostalgia. Y de todos modos; hay más proyectos. Tenía pensando contártelo cuando estuviésemos más tranquilos, pero este es un buen momento. La colaboración semanal que hago está gustando; me han pedido que sea diaria; y la editorial quiere un segundo libro.
-Eso es estupendo, ¿no?
-Si, significa trabajo. También me han ofrecido unas clases, dos días por semana, en la Facultad de Periodismo de Santiago, este próximo curso. Creo que aceptaré. Es poco más de una hora de carretera, y aunque nunca he enseñado, puede que me guste colaborar a que las nuevas generaciones aprendan algo.
Se me había quitado un peso de encima. Porque la gente que ha sido siempre muy activa no lleva bien estar mano sobre mano. Quizá tuviese que reconocer que Daniel conocía a Diego mejor que yo, o que mi hermano había cambiado, porque cuando le propusimos salir a cenar y luego a bailar, estuvo de acuerdo. ¿Diego bailaba? Ni en sueños lo hubiese pensado. Le dejé a Carlos la cena preparada y nos despidió en la puerta, recomendándonos que tuviésemos cuidado en la carretera, como un padre a sus hijos adolescentes.
-Tranquilo, suegro. Conduce Daniel. No vamos a dejar que tu alocada hija nos empotre contra un árbol.
Pero su alocada hija estaba como flotando en una nube. No sé de que hablaron el tiempo que estuvimos fuera, ni que pasó entre los dos, pero tanto mi hermano como ella tenían una expresión un tanto estúpida y bobalicona en la cara. Les eché miradas furtivas simulando que me miraba en el espejo del quitasol, y aunque no estoy segura, me pareció ver en un momento que se cogían de la mano. Pero seguro que eran figuraciones mías. Ninguno de los dos era el prototipo de persona que cae víctima de un amor impetuoso. De Elia diría incluso que era tan irreverente y en cierto modo estaba tan pagada de si misma, que se me hacía difícil imaginarla enamorada. Y Diego estaba absorbido por su trabajo; su vida era la de sus pacientes.
Cenamos estupendamente, hablamos, lo pasamos bien. Daniel y yo bailamos hasta caer agotados, mientras los otros dos se dedicaban a charlar en voz baja, con las cabezas juntas. Me moría de ganas de saber de qué hablaban, y aunque fuese ir en contra de todas las normas de educación, al día siguiente tenía pensando tomar por mi cuenta a Elia e interrogarla sin piedad. Con Diego sería tiempo perdido. Eran las cuatro de la mañana cuando llegamos a casa. Llevaba los zapatos en la mano, porque no podía más. Daniel y yo nos fuimos directos a la cama, y por lo que se, la parejita se quedó en la cocina, tomando un chocolate. Hice el enorme esfuerzo de limpiarme la cara y ponerme las cremas, y trastabillando llegué a la cama. Amenacé a Daniel con todos los tormentos del infierno si me despertaba antes de las doce. Nos abrazamos y no recuerdo nada más, supongo que caí rendida. Pero soñé con mi hija. Me llamaba. Oí su voz horrorizada gritando mi nombre, y Daniel también hablaba. A lo lejos se oía a Carlos diciendo algo de que esperase un momento. Quería dormir, no era capaz de abrir los ojos, pero la voz de Úrsula era cada vez más aguda e insistente.




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