22 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 45


Cuando al fin conseguí mantener los ojos abiertos me quedé horrorizada al ver a mi hija en el quicio de la puerta, mirándonos a Daniel y a mí, en la cama. Tenía una mirada tan torva, tan llena de odio, que pensé que seguía soñando.
-¿Nadie le ha enseñado a esta niña a tocar a la puerta antes de entrar?-me preguntó Daniel, evidentemente enfadado.
-Lo siento, cariño. No sé que decir. Déjame que hable con ella.
Me eché una bata sobre los hombros y seguí a Úrsula, que se había refugiado en la cocina. Ni me molesté en taparme la cabeza, sin pensar en que le estaba ofreciendo mi peor aspecto. Se había sentado con los brazos cruzados, enfurruñada como una niña pequeña a la que han quitado su juguete.
-¿Te he estropeado tu noche de pasión?-me preguntó mirándome con los ojos entornados, llena de rencor.
-Me alegro de verte, hija-le contesté con la mayor calma de que fui capaz. Podías haber avisado.
-¿Para esconder a tu amante?
-No, para ir a buscarte al aeropuerto, por ejemplo. Y Daniel no es mi amante, es el hombre al que quiero; y al que, desde luego, nunca esconderé. Estoy muy orgullosa de él, y estaba deseando presentártelo.
-Me dais asco, los dos. Revolcados como cerdos, mientras el pobre papa sufre por la separación.
Me agarré al borde de la mesa y me mordí los labios para no contestarle. Pero de las dos, se supone que yo era la adulta, y debía mantener la cabeza fría. No caería tan bajo como para acusar a Arturo delante de su hija. Que él mismo le contara, si quería, sus aventuras amorosas.
-Hija, las cosas son distintas a como tú las ves. Daniel me quiere y yo le quiero a él. Me ha cuidado con abnegación después de la operación y durante mi tratamiento. Queremos estar juntos, porque nos amamos. ¿Qué tiene eso de malo?
-Que has engañado a mi padre.
-Eso no es verdad. Mi relación con Daniel empezó cuando ya había dejado a tu padre. En cualquier caso, no creo que mi vida amorosa y sexual sea cosa tuya. Soy tu madre, pero no tengo por qué rendirte cuentas. Podrías empezar por preguntarme como estoy, tal vez. Al fin y al cabo me han sacado un pecho, me han llenado el cuerpo de veneno y todavía estoy bajo vigilancia médica. ¿Tan poco te importa la salud de tu madre?
Se echó a reír, llena de soberbia. A pesar de su actitud, no pude menos que observar lo guapa que estaba mi hija. Se había cambiado el pelo; ahora lo llevaba en un corte asimétrico y del lado derecho le caía por delante de los ojos, dándole un aspecto más duro, pero también más sofisticado. Ya no era la dulce pequeña que se subía mi regazo para que le contase un cuento, sino una mujer joven y llena de ira, que me miraba con desprecio.
-Se ve que estás de maravilla cuando te llevas a ese barbudo asqueroso a la cama.
La agarré por el brazo y le hablé en voz baja, pero con dureza.
-No te atrevas a faltarle al respeto a Daniel. Te puede caer bien o mal, eso será cosa tuya, pero delante de mí le tratarás siempre con el respeto que se merece.
-Le trataré como me de la gana.
Iba a contestarle a gritos, porque ya estaba acabando con mi paciencia, cuando entró Diego y se quedó mirándonos, perplejo. Mi hija también le miró, y después a mi.
-¿Y este quien es?-me preguntó, señalándole con el dedo índice, como una reina condenando a muerte a un esclavo.
-Se llama Diego Montes. Es el médico que me ha operado, que me ha salvado la vida-le contesté, tomando a Diego de la mano y acercándome con él hacia donde estaba Úrsula. Y además es tu tío.
-¿Mi tío? La única tía que tengo es Elia.
-Y Diego. Es mi hermano, aunque yo lo sepa desde hace poco tiempo.
Su respuesta fue salir corriendo de la cocina. Diego se encogió de hombros y me interrogó con la mirada. Me tapé la cara con las manos. ¿Podían ir peor las cosas?
Daniel entró en la cocina cuando Diego y yo todavía estábamos allí. Se sentó a mi lado y me tomó de la mano. No suelo ser demasiado llorona, pero me refugié en sus brazos con los ojos anegados en llanto. La situación me superaba. Lo que esperaba que fuese un reencuentro con mi hija se había convertido en una batalla campal. Oía la voz de Úrsula interrogando a su abuelo, y como éste intentaba tranquilizarla. Daniel me palmeaba la espalda como se hace con los niños pequeños cuando se han caído y están más asustados por el golpe que por el dolor.
-Vamos, tranquila. Todo esto pasará. Dale tiempo. ¿Quieres que me marche unos días a un hotel?
Le agarré con fuerza de la camisa.
-No, ni se te ocurra. Por favor, no me dejes sola. Tendrá que entenderlo. Si no lo hace, no se, prefiero no pensarlo.
Ese fue el momento que escogió Elia para sumarse a la fiesta.
-Mi encantadora y ruidosa sobrina ha llegado, por lo que veo. Me ha visto en el salón, pero estaba como un toro bravío a punto de embestir y no me ha dicho nada. Madre del Amor Hermoso, que carácter. Mi padre está intentando calmarla, pero ella no deja de decir que matará al asqueroso barbudo. Y no es por señalar, pero creo que va por alguien medio pelirrojo que anda por aquí.
-Elia, cállate ya, no seas pelmaza-le dije, enfadada. No entendía como todavía le quedaba ánimo para bromear. Pero Daniel se lo estaba tomando con calma.
-El asqueroso barbudo tiene hambre. La tita graciosa, el tito despreciado y la madre casquivana ¿me acompañarán?
Al final los cuatro nos echamos a reír, sin poder evitarlo. Tal vez era la mejor manera de tomarse las cosas, con humor. Daniel se encargó del zumo, yo hice las tostadas y mientras Elia ponía la mesa, Diego preparó café. En poco más de cinco minutos estaba todo preparado, y para mi sorpresa Daniel se acercó a avisar a la nieta y al abuelo.
-Buenos días. Soy Daniel Mendoza, o el asqueroso barbudo que se acuesta con tu madre, como prefieras. Porque me imagino que tú eres Úrsula, ¿no?
-No entiendo como puedes tener la poca vergüenza de hablarme-le contestó, alzando la barbilla con desprecio.
-Por eso, porque soy un sinvergüenza. Pero no he venido por un especial interés en hablar contigo, preciosa, sino para deciros a los dos que el desayuno está preparado. Carlos, ¿nos acompañas? He pensado que luego podremos ir al río del que te hablé ayer. Le echas un vistazo, y si te gusta otro día vamos a pescar.
Supongo que Úrsula pensaba que él entraría en su juego de provocaciones e insultos, y cuando la dejó con la palabra en la boca, también ella se acercó a la cocina y se sentó a desayunar.
-Hola, tita-le dijo a su tía. Se parecían bastante las dos, ahora que me fijaba. Pero mi cuñada era más suave, la edad le había dado una sabiduría de la que mi hija todavía carecía.
-Hola, nena. Ya veo que sigues teniendo el mismo carácter. ¿Has conocido a tu otro tío?
Miró a Diego con aire de desprecio, pero no se dignó contestar.
-Si, puede decirse que hemos sido oficialmente presentados-dijo mi hermano. Aunque creo que el nuevo tito no le gusta demasiado.
-Abuelo, no se como lo soportas
-Pues la verdad es que no me cuesta nada, cariño-le contestó Carlos. Diego, ¿te apuntas a una excursión al río con Daniel y conmigo?
-Abuelo, ¿vas a ir con el barbudo? Por favor, piensa en papá.
-Niña, come y calla. Luego tendrás que ayudar a tu madre con la comida-le dijo Daniel.
-Tú a mi no me das órdenes, cretino.
Y se marchó de la mesa con aires de reina ofendida. Todos nos miramos, pero nadie dijo nada. Creo que pensábamos si saldríamos enteros de la comida.




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