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MIENTRAS LLEGA MAÑANA 46



Elia también se apuntó a la excursión, y no me extrañaba nada. Hasta yo misma estuve a punto de escaparme de esta hidra venenosa en que se había convertido mi hija. Pero me quedé e intenté, valientemente, hacerle frente. Cuando ya estábamos las dos solas, sentadas ante otro café, me faltaron las palabras. Lo que me apetecía era abrazarla, preguntarle por su vida, contarle yo la mía; en definitiva, hablar como se supone que lo hacen una madre y una hija que se quieren. Pero, en el caso de que pudiésemos volver a hacerlo, desde luego no sería en este momento.
-No te entiendo, Mamá. ¿Cómo has podido dejar a Papá por ese barbudo maleducado y pelirrojo? Es un gañán; y Papá es perfecto.
-Quizá como padre lo sea, Úrsula. Pero yo tenía con él un tipo de relación distinta a la tuya. Y no era feliz, ni tampoco lo era tu padre. Sé que me echas la culpa del divorcio, y aunque no es verdad, porque en estos casos no hay culpables, sino situaciones, me da igual. Puedo cargar con ella. Pero no he dejado a tu padre por Daniel. Le conocí cuando ya había tomado la decisión de separarme. Él no ha tenido nada que ver.
-Apenas hace unos meses que te has separado y ya le has metido en tu cama. Me dais asco-me repitió, por segunda vez ya en aquella mañana.
Empecé a recoger la mesa; no se si quería oír más de lo mismo.
-¿No te importa cómo se sienta Papá?
-No querida, en absoluto. Porque creo que a tu padre le da igual que yo me acueste con un hombre o con veinte. Y déjalo ya; no seguiré hablando contigo de mi vida sexual. Igual tendría yo que preguntarte por la tuya. Al fin y al cabo soy tu madre. ¿Tienes novio?
-Digamos que hay un chico que me gusta. Salimos bastante, pero no hay nada formal. Pero no desvíes la conversación.
-Te equivocas, nena. No la estoy desviando; es que el hablar de a quien meto yo en mi cama se ha terminado. No es de tu incumbencia.
-Si que lo es. Aquí están pasando cosas muy raras. ¿Y ese hombre que me has dicho que es tu hermano? ¿Desde cuándo tienes tú hermanos?
-Desde que nací, porque Diego es mayor que yo; pero lo he sabido hace año y medio. Y si me vas a echar en cara que lo haya mantenido en secreto, tienes razón, pero los dos pensamos que era preferible que nos acostumbrásemos primero el uno al otro. Mi enfermedad precipitó las cosas.
Seguimos hablando mientras yo preparaba la comida y ella me ayudaba.
-Eres muy extraña, Mamá. Nunca entenderé como te callaste lo del cáncer. Cuando nos vimos en Navidad ya lo sabías, y no me dijiste nada.
Seguí removiendo para que la crema no se me pegase. Tener algo en las manos en aquel momento me ayudaba a pensar, a elegir las palabras de manera que mi hija pudiese entenderme. ¿Cómo lograría llegar hasta ella?
-Verás hija; cuando te dan una noticia de ese tipo, al principio no lo crees. Te parece que te están hablando de otra persona. Y cuando ya lo asumes, te rebelas, te enfadas, porque lo primero que piensas es que tú no lo mereces. Y es verdad, nadie lo merece; pero es algo que nos puede tocar en cualquier momento. Y cuando ya lo asumes, hay dos maneras de enfrentarlo; luchando o dejándote ir. Yo al principio confieso que elegí la segunda. El tumor era maligno y ya había avanzado bastante; no quería oír hablar de operarme. Lo único que deseaba era marcharme de Madrid y venir aquí, a esta casa que me había servido de refugio cuando era pequeña. Pero Diego es oncólogo; uno de los mejores de España, y me exigió que fuese a verle antes de tomar una decisión. Me convenció para que me operase, casi me obligó. Y hoy le estoy agradecida, porque me salvó la vida, al menos de momento. Mañana, ya se verá; pero mientras llega ese mañana, yo estoy viva; salgo a pasear, como, duermo, me canso, río, lloro, me enfado, y amo de nuevo. Pero contestando a tu pregunta; en Navidad no quise contártelo porque ya era bastante penoso que te enterases del divorcio. Preferí ir poco a poco, y que lo supieses después de la operación. ¿Qué objeto tenía preocuparte antes?
-Pero sabes que yo me hubiese quedado a tu lado.
-Pues quizá por eso lo hice. ¿Qué hubiera cambiado que te quedases aquí? Estuve bien cuidada.
-Si, por el de las barbas-bufó, pasándose las manos por el pelo para alisarlo.
-Si. El de las barbas, como tú insistes en llamarle, aunque su nombre es Daniel, junto con mi hermano, fueron mi apoyo en ese momento. El único que tuve y que me bastó, porque nadie podría haber hecho más por mí. Me mimaron, me cuidaron, me obligaron a vivir de nuevo. Y si me quieres, deberías estarles agradecida.
-Papá hubiese hecho todo eso y más.
-Papá me llamó solo una vez, y luego se limitaba a mandarme algún correo electrónico, de vez en cuando. Por favor, Úrsula, deja el tema. Nunca te hablaré mal de tu padre, Dios me libre, pero te ruego que no me lo presentes como si fuese San José. Solo te diré que no tiene nada que ver su papel de padre con el de esposo. Puede haber sido buen padre para ti, pero no ganará el premio al marido del año.
-Tampoco tú eres perfecta.
-Y no lo pretendo, cariño. Lo que intento explicarte, porque creo que ya eres una mujer y debes saber distinguir, es que un hombre puede ser un héroe para sus hijos, y un villano en otros aspectos de la vida. Con esto no estoy llamando villano a tu padre-la corté cuando empezaba de nuevo a sacar las uñas. Intento que entiendas que desde hacía tiempo yo estaba atrapada en una relación que no me hacía feliz, y cuando supe que estaba enferma, que me podía morir, decidí que no me apetecía hacerlo estando todavía casada. Porque mi matrimonio era una enorme mentira que los dos alimentábamos por comodidad, por pereza, por costumbre. Y tú no tienes nada que ver en ello. Tienes que mantenerte neutral e intentar no tomar partido; entre otras cosas, porque te faltan elementos para hacer juicios y porque no eres nadie para juzgarnos.
Cuando nos sentamos a comer los ánimos no estaban tan soliviantados como durante el desayuno, pero tampoco se puede decir que estuviésemos en paz y armonía. Úrsula seguía dirigiendo miradas asesinas hacia Diego, pero sobre todo al pobre Daniel; que ni siquiera parpadeaba e incluso se atrevió a guiñarle el ojo, lo cual la enfureció un poco más, si cabe. Carlos y Elia intentaron iniciar una conversación que no conllevase peligros de acabar en batalla, pero era complicado, porque cualquier tema servía para que mi hija lo enlazase con lo que le interesaba: la tremenda infamia que yo le había hecho a su padre. Me notaba agotada; me había acostado tarde y el despertar no había sido agradable, así que ahora me dolía cada hueso y cada músculo de mi maltrecho cuerpo. De vez en cuando Daniel estrechaba mi mano bajo el mantel, y creo que era su cálido contacto el que evitaba que me rindiese a la evidencia de que todo estaba saliendo peor que mal.
-Aunque tenía pensado quedarme cuatro o cinco días si el barbas no se va me iré yo-dijo Úrsula, mirándonos a todos con soberbia.
-Úrsula, ya basta-le dije sin levantar demasiado la voz. Si lo que pretendías era molestarnos a todos, lo has hecho; ya te puedes dar por contenta. Se llama Daniel, ya te lo he repetido muchas veces; y no se va a marchar. Esta es su casa; y la tuya. Hay sitio para todos.
-Yo no tengo nada que ver con él.
-Pero yo si, y como eres mi hija, supongo que si tienes algo que ver con él, por más que te pese.
Me miró, desafiante, desde el otro extremo de la mesa.
-Pues tendré que pedirte que elijas entre él o yo.
Suspiré, cansada, agotada, enfadada al comprobar que su egoísmo era ilimitado.
-Hija, no me provoques. Cuando se quiere a alguien nunca se le da a elegir, porque eso es señal de soberbia, de egoísmo y de que la persona a la que pones en ese aprieto te importa muy poco. Eres mi hija, y te quiero más de lo que te puedas imaginar, pero ni siquiera por ti voy a renunciar a Daniel. Estaré con él hasta que me muera o hasta que él quiera-dije agarrando su mano entre las mías. Si me quieres, Úrsula, no me pidas eso nunca. ¿No estás contenta de que sea feliz, de que haya encontrado a un hombre que me ama?
-Tenías a papa, y le abandonaste.
Elia, que se había mantenido callada, intervino.
-Niña, no sabes de la misa la media. No juzgues sin conocer y deja en paz a tu madre. Ya ha sufrido bastante, déjala que sea feliz.
Mi hija se levantó y tiró al suelo la servilleta, enfurecida. Tenía el pelo revuelto y los ojos le echaban chispas.
-No os reconozco. Papá solo en Madrid, sufriendo y vosotros aquí bailándole el agua a mi madre, que debe de estar trastornada por lo que este imbécil-dijo señalando a Diego-le haya dado, y no hace más que comportarse como una buscona y una puta con el cerdo de las barbas. Asco es lo que siento-gritó.
Todos nos quedamos callados, alelados ante su estallido. Menos Daniel, que dio un tremendo golpe en la mesa. Se volcaron las copas de vino y todos los platos se tambalearon. Nos miramos, sorprendidos. Nunca se enfadaba, siempre mantenía la calma e incluso se mostraba irónico; pero ahora estaba enfurecido, y más que nunca parecía un vikingo a punto de entrar en la batalla. Tenía las venas del cuello y de los brazos hinchadas y los ojos le brillaban de pura rabia.
-Basta ya, estúpida mocosa. Eres solo una niñata engreída. A mi me da igual como me llames, no llegas a importarme tanto como para que me duelan tus insultos. Pero a tu madre no te atrevas a decirle nada ofensivo porque te juro que yo mismo, aunque acabe esta noche en el calabozo, te daré la paliza que tu padre debió haberte dado hace muchos años, cuando empezaste a faltarle al respeto a tu madre. Deberías besar por donde ella pisa, porque ni en cien años le llegarás a la suela de los zapatos, mocosa. Es una mujer valiente, que ha sufrido lo indecible sin quejarse, que incluso cuando estaba peor solo pensaba en ti, y mira como se lo pagas. ¿Te has dignado a preguntarle cómo se encontraba? ¿Sabes lo que le hizo la quimioterapia? ¿Has visto con que dignidad lleva su cabeza calva, los ojos enrojecidos, la piel descamada y las demás molestias, incluidas nauseas y mareos? Nunca, ¿lo oyes? Nunca se ha quejado. ¿Has visto su cicatriz? ¿Te has molestado en preguntarle cómo se sentía cuando le sacaron el pecho? Me da asco verte y darme cuenta de que solo piensas en ti misma. Y a tu tío tampoco voy a consentir que le faltas al respeto, porque le ha salvado la vida a Elena, la ha cuidado, la ha mimado y le ha devuelto la confianza en que todavía le quedan muchos años por delante. Así que pídeles perdón a los dos.
-Nunca. Sigo pensando que mi madre ha actuado como una zorra y le ha hecho mucho daño a mi padre. La odio. Os odio a todos.
Antes de que Daniel pudiese contestarle, Carlos se adelantó. Me dio miedo ver su cara; nunca le había visto de esa manera. Tomó a su nieta del brazo y la obligó a que le mirase. Mi suegro era un anciano, pero seguía emanando de él una autoridad que obligaba a la gente a respetarle.
-Eres sangre de mi sangre, te quise desde antes de que nacieses, cuando sólo eras un proyecto de persona. Pero ahora me avergüenzo de ti. Todo lo que ha dicho Daniel es verdad, y más. Porque no te ha contado que él también contribuyó a que Elena esté hoy bien. ¿Fuiste tú quien sostuvo la cabeza de tu madre mientras vomitaba? ¿Acaso tu padre dejó su trabajo para llevarla a sus sesiones de quimioterapia y se quedó con ella sosteniendo su mano? ¿Quién le quitó los miedos y la animó en cada momento? Yo te lo diré, Daniel y Diego. A ellos les debemos que tu madre esté ahora entera. Tu padre, que es mi hijo, no se molestó en preguntar como estaba. Y aunque tu madre probablemente se enfadará conmigo, te diré que la única persona infiel y desleal fue tu padre, que engañaba a su mujer con una compañera de despacho. ¿Te acuerdas de Paula? Si, aquella chica rubia que parece una modelo. Pues viven juntos.
-Eso es mentira-silbó entre dientes Úrsula. Estuve con papá y estaba solo.
Elia se echó a reír, con una risa falsa y estridente.
-Pobre boba. En cuanto supieron que llegabas, ella hizo la maleta porque no quería problemas con la niña. Y tu padre encantado, colaboró en el engaño. Ellos dos no han tenido la valentía de Elena y Daniel. Todo lo que te ha dicho tu abuelo es cierto. Y si no lo supiste antes fue porque tu madre no quiso que sufrieras ni que dejases de respetar y admirar a tu padre.
Se me partía el alma al ver como del orgullo, de la bravuconería y la ira desenfrenada de mi hija no quedaba nada. Se había dejado caer en la silla, y estaba con la boca entreabierta, como si no le alcanzase el aire para respirar. Negaba con la cabeza.
-No es verdad. Os lo estáis inventando todo para hacerme daño.



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