24 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 47



Se marchó corriendo del comedor y fue a encerrarse en su cuarto. Allí todos nos quedamos callados. Creo que Carlos temía que yo me enfadase por haberle contado lo de Paula. No, no estaba enfadada; tarde o temprano mi hija tendría que enfrentar la realidad de cómo era su padre. Se había hecho una idea de él que no era la real. Todos necesitamos héroes en los que creer, y ella había pensado que su padre era el hombre perfecto. En todo caso, era tiempo de que creciese, de que se diese cuenta de que Arturo era una persona llena de defectos y veleidades, como todos lo estamos, y de que debería amarle así, tal y como era.
Daniel volvió al poco rato de la cocina con una bandeja en la que llevaba café para todos.
-Nos hace falta, me parece.
Y fue entonces cuando oímos un coche que salía hacia la carretera general. Era Úrsula, había cogido mi coche. ¿Adonde podría ir? Me levanté, preocupada, y fui hasta la puerta, pero ya no podía detenerla.
-No te preocupes-me dijo Elia. Quizá le venga bien relajarse un poco fuera de casa. El ambiente está demasiado cargado.
No podía hacer nada, así que recosté la cabeza en el respaldo del sofá y dejé que Daniel me sirviese el café. Nos quedamos todavía un rato charlando, y luego Elia, Carlos y Diego salieron a estirar un poco las piernas. Yo agradecí la soledad en la que nos dejaban; no tenía ganas de hablar, pero con Daniel no tenía que esforzarme. Hablaríamos o no, en todo caso a los dos nos apetecía estar juntos para confortarnos mutuamente. Se sentó a mi lado y apoyé la cabeza en su hombro. Eran solo las cinco de la tarde, pero me parecía que había pasado un siglo desde que mi hija entró en mi cuarto dando gritos. Me dolía su sufrimiento, pero era algo que tenía que pasar ella sola. Cuando por fin entendiese sería el momento de hablar. Antes era perder el tiempo, porque pensaría que mi intención era indisponerla contra su padre.
-Perdóname por todo lo que te he hecho pasar-le dije a Daniel. Tú no te mereces esas horribles palabras.
-¿Qué palabras? Son insultos de niña pequeña. A esta muchacha le queda mucho por aprender y por madurar. Se nota que su vida ha sido siempre sencilla y que cuando quería algo no tenía más que pedirlo. Me da igual cómo me llame o la manera en que me trate, pero no voy a consentir que haga igual contigo; eres su madre. Igual he estado demasiado brusco, pero confieso que acabó con mi paciencia.
-No, creo que eso deberíamos haberlo hecho su padre o yo hace ya bastantes años. Reconozco que ha estado demasiado mimada; era hija única, nieta única por las dos partes, la única sobrina. Siempre tuvo a demasiada gente pendiente de sus menores caprichos. La única que imponía ciertas normas era yo, y por eso siempre me vio como la bruja del cuento. Arturo tampoco ayudó a que la situación fuese otra, si hemos de ser sinceros. Pero vamos a dejar el tema. Estoy agotada. Quisiera descansar un poco antes de que vuelvan. Seguro que a la hora de la cena Úrsula también estará en casa, y con el rabo entre las piernas.
Pero pasó la hora de la cena y mi hija no volvió. Empezamos sin ella, pero cuando pasaba de la medianoche y todavía no había regresado, empecé a preocuparme. ¿Adonde habría ido? La llamé varias veces a su móvil, pero lo tenía apagado, y solo pude dejarle el recado de que me llamase. Me estaba desesperando por momentos y sé que los demás también estaban inquietos.
-¿Tiene amigas en la zona?-me preguntó Diego.
-No, que yo recuerde. Ah, un momento. Había una niña de su edad con la que hizo buenas migas hace dos años, pero no es de aquí, simplemente venía a pasar el verano con su abuela. Ella vivía en Coruña, con sus padres. Podría ver si tenemos su teléfono.
Busqué en el cajón donde guardo las agendas telefónicas y me paré a pensar un momento, porque con los nervios ni siquiera recordaba el nombre de esa chica. Me vino a la mente, no sin esfuerzo; se llamaba Delia. Me molestaba llamar a la una de la madrugada, pero no tenía otra alternativa. Cuando ya iba a colgar, contestaron al teléfono. Era la madre de Delia. Me disculpé por la hora y en pocas palabras le expliqué que había discutido con mi hija y pregunté si había estado en su casa. Ella lo entendió al instante; supongo que todas las madres debemos pasar por lo mismo en algún momento, y por eso no hacemos preguntas cuando otra necesita ayuda. Me dijo que no había estado en su casa, pero que habían hablado las dos por teléfono y que había quedado en verse en la zona de copas. Me acerqué a la sala, donde estaban todos sentados, como en una especie de extraño consejo familiar, y les conté lo que sabía. Daniel fue el primero en reaccionar.
-Voy a buscarla, antes de que haga alguna tontería. Alcohol y carretera no es una buena combinación.
-Yo te acompaño, por si hay que traer el coche de Elena de vuelta. Os mantendremos informados de lo que haya-anunció Diego ya desde la puerta.
Carlos también se ofreció para ir, pero le pedimos que se quedase con Elia y conmigo. Era una manera de hacerle sentirse útil. No podíamos olvidar que aunque estaba muy bien de salud, era un anciano.
Despedí en la puerta, con un beso, a Daniel y a mi hermano. De nuevo eran mi salvación. A Daniel le acaricié la cara antes de dejarle marchar, y noté la superficie rugosa de las cicatrices por debajo de la barba. Le dije con la mirada cuanto le quería; no hacían falta las palabras.
Ninguno de los tres se acostó, aunque el pobre Carlos se quedó dormido en la mecedora, al lado del fuego. Quizá las emociones del día habían sido demasiado para él. Elia y yo nos miramos, las dos agotadas y superadas por los acontecimientos.
-Me voy a poner una copa-me dijo, levantándose hacia el mueble bar. No puedo más. ¿Tú quieres algo?
-No, copa no. Tal vez un poco de vino.
-Anda que la niña-me dijo, con su característica franqueza. Me parece que entre todos la hemos malcriado. No ha dejado títere con cabeza. El barbas tiene mucha paciencia.
-No le llames así-me enfadé. Él y Diego se han llevado la peor parte, aunque a mi también me ha dejado fina.
-Me gusta tu hermano-confesó, mirándome de frente. Lo bueno de Elia siempre había sido que llama a las cosas por su nombre y nunca esconde sus sentimientos, ni para bien ni para mal.
-Ya me he dado cuenta. Creo que a él también le gustas tú. Pero te pido por favor que no le hagas daño-le pedí.
Ella me miró sorprendida.
-¿Qué no le haga daño? ¿Es que soy una Mesalina, acaso? No se la idea que tienes de mí en cuanto a hombres, pero no me dedico a ir rompiendo corazones por ahí.
-Lo que quiero decir es que os conozco a los dos, y sé que en estas cuestiones tú eres más fuerte que Diego. Él ha tenido una mala experiencia hace tiempo y me consta que aunque la ha superado, en cierto modo se ha refugiado en el trabajo y ha dejado de lado las relaciones. No es que viva como un ermitaño, pero ha evitado comprometerse en serio. Quiere ocultarlo, como todos los hombres, pero es muy vulnerable. Y no quiero que sufráis, ninguno de los dos.
-Tranquila por esa parte. Me gusta pero tampoco quiero lanzarme al vacío. Hemos estado hablando y nos iremos conociendo sin prisas. No se trata de algo como lo tuyo con el…con Daniel.
Me eché a reír. Iba a decir el Barbas, lo sabía. Si al final el nombrecito tendría su guasa.
-Lo mío con Daniel, como tú dices, todavía no me lo explico ni yo misma. Luché contra esos sentimientos todo lo que pude, porque iba contra todo lo que siempre había pensado, pero no pude vencerlo.
-Ni tenías por qué-me dijo, sirviéndose otra copa. Una relación que empieza de esa manera es indestructible. Te ha conocido en tu peor momento y aun así se ha enamorado de ti. Ahora llega la niña, le arma la de Cristo es Dios, le desprecia, le insulta, y únicamente pierde los papeles cuando Úrsula se mete contigo. Está claro que te quiere de verdad. ¿Y tú a él?
-¿Hace falta que te lo diga? Por nadie más me enfrentaría con mi hija.
Hablando nos dieron las cinco de la mañana y seguíamos sin noticias. Daniel me había prometido que me llamaría en cuanto supiesen algo, así que no tenía sentido molestarles. Llevaba lloviendo dos horas, como si el cielo hubiese abierto las compuertas y no pudiesen echar el cierre. El sonido de los truenos había despertado a Carlos, que insistió en mantenerse levantado, a pesar de que le pedimos por activa y por pasiva que se acostase. El ambiente estaba más frío, así que para matar el tiempo, pero también porque me apetecía, me metí en la cocina y preparé chocolate caliente. Mientras nos lo tomábamos pensé que sería de mi vida si le había pasado algo a mi hija. Creo que el miedo se me debió de transparentar en la cara, porque Carlos, que estaba sentado a mi lado, me apretó la mano, para infundirme confianza.
-Ya verás como pronto sabemos algo.
Y como si estas palabras hubieran sido un revulsivo, sonó mi móvil. Era Daniel. Se oía mal, pero lo único que pude entender es que la habían encontrado y que la traían a casa. Suspiré, llena de alivio, y me relajé un poco. Ahora si que Carlos se marcho a la cama, al saber que su nieta ya venía de camino. Nos quedamos de nuevo Elia y yo. No sé que hay de extraño en la madrugada, que todos parecemos más vulnerables. No es solo el no haber dormido, sino un halo especial que nos envuelve y nos hace ser más propensos a las confidencias, a la verdad.
-Te envidio-me dijo Elia mirándome fijamente.
No pude menos que reírme.
-¿A mi? Estás loca. ¿Qué es lo que tengo que envidiar? Estoy enferma, me acabo de separar, tengo problemas con mi hija, se ha muerto mi madre dejándome en la ignorancia de los oscuros secretos de mi familia…
Me interrumpió, poniéndome una mano en el hombro.
-Si, es verdad todo eso. Pero eres valiente, eres mucho más fuerte de lo que te parece y estás rodeada de gente que te quiere. Has vivido media vida a la sombra de mi hermano, que te ha ninguneado a conciencia, y te ha bastado salir al mundo para enamorar a un hombre por el que muchas mujeres matarían.
-Venga, Elia, no te burles. Yo, por mi misma, y puede que por mi culpa, nunca he sido nada. Tú eres una gran profesional, con una carrera excelente, que nunca has necesitado a nadie a tu lado. Y de todos modos, siempre pensé que si estabas sola era por decisión propia.
-Y lo es. Pero eso no impide que desee encontrar todavía a alguien para compartir mi vida, y que al mismo tiempo lo tema.
Me dí cuenta enseguida de lo que estaba pensando y que era lo que intentaba decirme.
-Diego te interesa más de lo que me has dicho antes. Pero tienes miedo.
Asintió, simplemente. Y en ese mismo instante oímos que se abría la puerta. Entró Daniel, empapado como si hubiera salido de darse un baño en el río, llevando en brazos a mi hija, que a duras penas podía mantener los ojos abiertos. Me acerqué, y pude notar que apestaba a alcohol y a vómito.
-Está bien-me tranquilizó Daniel. Tan solo borracha como una cuba.
Diego venía detrás y entre los dos la llevaron a su habitación. Elia y yo les seguimos. Mi hermano me tomó del brazo y me llevó aparte.
-De la niña nos ocupamos nosotros. Tú ve con Daniel e insiste para que se de un baño y haz que tome algo bien caliente. Lleva dos horas mojado y temo que le cause problemas el enfriamiento. Si-asintió al ver mi cara. Se lo del bazo, y hemos de evitar una infección.




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