26 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 48


Le hice caso, y a pesar de sus protestas, conseguí que se metiese en la ducha. Me fui a la cocina y cuando volví con un chocolate que quemaba de tan caliente, le encontré en la cama. Le tendí la taza y bebió. Todavía le castañeteaban los dientes.
Le pasé la mano por el pelo.
-Gracias. Ya sé que es decir poco, pero es que no se como decirte cuanto significa para mi lo que has hecho.
-Lo que tenía que hacer. Es tu hija y si tú la quieres, para mi es lo más importante del mundo, después de ti. Ya conseguiremos, poco a poco, que cambie.
-¿Había hecho alguna tontería?
-Aparte de beber como un cosaco creo que no. Diego ha traído tu coche. Y ella mañana estará echa unos zorros. Antes de venir a casa le hicimos tomar dos tazas de café bien cargado y vomitó hasta la última papilla.
-Voy a ver como está y luego me acuesto.
-No tardes.
Úrsula estaba en la cama, durmiendo la mona. Sus tíos salían ya de la habitación. Diego me contó lo que ya sabía por Daniel, pero además me enteré de que cuando llamó a casa de su padre, se encontró con la sorpresa de que fue Paula quien atendió el teléfono y supongo que ese fue el detonante que le hizo salir a emborracharse. Como al parecer todo estaba bajo control, me despedí de ellos y me acosté yo también. Cuando me metí en la cama Daniel ya estaba profundamente dormido.
Pero a las nueve de la mañana me desperté porque le oí toser y al tocarle me di cuenta de que ardía de fiebre. Había pasado lo que nos temíamos. Sus defensas siempre estaban bajas y le había afectado llevar tanto tiempo la ropa mojada. Aunque no quería le puse el termómetro y me asusté al ver que marcaba 38º. Fui a avisar a Diego, que aún dormía.
Y él estuvo de acuerdo en que había una infección y teníamos que cortarla antes de que se convirtiese en algo peor. Sus defensas siempre andaban bajas y no convenía tomarlo a broma. La fiebre seguía subiendo, así que Diego pensó que lo primero era ir a una farmacia para traer antibióticos y una inyección para que bajase la temperatura. La habitación de Úrsula estaba al lado de la nuestra y supongo que la despertamos. Se asomó al pasillo en pijama, con el pelo revuelto y un aspecto horrible; clara señal de que la resaca era de las que hacen época.
-¿Qué pasa? Vais a hacer que me salte la tapa de los sesos.
-Daniel está enfermo, tiene mucha fiebre, y Diego va a salir a la farmacia.
La conozco demasiado bien y enseguida me di cuenta de que se quedaba preocupada. Se arregló el pelo con las manos y me dijo con algo de desgana, intentando parecer dura, pero sin conseguirlo del todo.
-Que él se quede aquí por si se pone peor y ya traigo yo lo que sea de la farmacia. Es la misma de siempre, ¿no? La del pueblo de al lado.
-Si, exactamente. ¿No te importa tener que salir ahora?
Se encogió de hombros.
-Después de todo, creo que esto ha sido por mi culpa. Es lo mínimo que puedo hacer. Dadme cinco minutos para ducharme y tomar un café.
-Extenderé las recetas-se limitó a contestar Diego. Pero cuando ella se metió de nuevo en su cuarto, me sonrió con aire triunfal. Y puede que tuviera razón; igual hasta la aventura de anoche le iba a enseñar algo a mi díscola hija.
Mientras mi hermano iba en busca de su talonario de recetas, yo entré de nuevo para ver como estaba Daniel. Seguía ardiendo de fiebre y estaba medio adormilado, así que dejé la puerta entreabierta para oírle si me llamaba y me acerqué a la cocina, donde Diego y Úrsula estaban tomando café.
-Mamá, ¿me prestas tus gafas de sol? Creo que las tuyas son más oscuras que las mías.
-Están en mi bolso, las puedes coger allí. Me alegro de que hoy te encuentres fatal, así aprenderás que emborracharse no lleva a ninguna parte.
-¿Me vas a soltar el sermón?
-No, nena, ya sabes que yo no soy de soltar sermones, y además, la resaca que tienes es penitencia suficiente a tus pecados de ayer.
-En la receta va también algo para la resaca-le dijo Diego extendiéndole el papel.
-Gracias-contestó ella en voz baja. Y quizá debiera añadir un perdón, ¿no?
-Bueno, no estaría de más-asintió Diego. Mejoraría algo la opinión que me he formado de ti.
-Que no ha sido muy buena-completó mi hija.
-No, pero todo puede cambiar. De todos modos, no es solo a mí a quien tienes que pedir perdón. Has ofendido también a tu madre, a tu abuelo y a tu tía. Por no hablar de ese pobrecillo que ahora está en la cama, por haberte ido a buscar, y al que has insultado cuanto te ha dado la gana. Que sepas que quien salió a buscarte fue él; yo me agregué después para no dejarle solo. Y también tienes que saber que Daniel está más expuesto a algunas enfermedades que todos los demás; le falta el bazo y eso le hace más vulnerable, tiene menos defensas que nosotros.
Úrsula se quedó callada, no se si por el asombro, la culpabilidad o porque no sabía que contestar. Pero en ese momento su cara era la misma que cuando era pequeña y se había portado mal, esperando el castigo que se merecía. Me produjo un sentimiento de ternura, acompañado de la sensación de que aquella niña ya no existía.
-Si, se que a él es a quien más disculpas le debo. Y se las daré, cuando esté mejor. ¿Por qué le falta el bazo? No sabía nada, y desde luego nunca quise que se enfermase por mi culpa.
-Ya me imagino que tu maldad no llega a tanto-le dijo mi hermano. Lo del bazo fue a causa de un accidente. En todo caso, eso pertenece a su vida privada, y si él quiere contártelo, que lo haga. Yo ya he hablado bastante. Venga, lárgate a la farmacia, hay que ponerle la inyección lo antes posible.
Se levantó, y noté como dudaba.
-Gracias, tío.
Diego la miró, sorprendido, pero sonrió. Y su sonrisa se ensanchó todavía más cuando Úrsula se acercó para abrazarle y darle un beso en la mejilla. Se llevó la mano a la cara y me dijo, cuando ella ya se había ido.
-El primer beso de mi sobrina.
-Y no será el último, ya lo verás. Úrsula tiene muchos defectos, pero ni es rencorosa ni se cierra en banda cuando sabe que se ha equivocado. Y creo que se ha dado cuenta de que ha metido la pata.
Preparé un vaso de zumo para Daniel, que tenía que hidratarse, y me llevé mi café a nuestro cuarto para tomármelo allí. No quería dejarle solo. Estaba despierto cuando entré con la bandeja. Le ayudé a que se incorporara y le puse una almohada más para que estuviese cómodo. Se tomó el zumo sin protestar y yo bebí ese café que tanta falta me hacía.
-Pronto estarán aquí las medicinas. Úrsula ha ido a buscarlas.
-¿Qué estás diciendo?-se sorprendió. ¿Bajo amenaza de muerte, o es que no sabe que son para mi?
-Si que lo sabe. Y ha sido ella quien se ha ofrecido. A pesar de que tiene un aspecto horrible; la resaca la ha dejado hecha polvo.
Sonrió, y me tomó la mano. La suya quemaba.
-Así aprenderá y antes de emborracharse de nuevo, se lo pensará dos veces. ¿Sabes que ayer habló con su padre?
-Sólo sé que cuando llamó le cogió el teléfono Paula, pero no sabía que también había hablado con Arturo.
-Él la llamó después y por lo que ella me dijo intentó contarle una milonga, pero tu hija no es tan boba. Creo que se le han caído de golpe unas cuantas cosas que daba por hechas. Ahora no es el momento de ser demasiado duros con ella. Tiene que estar pasándolo muy mal.
-Si, tienes razón. Pero lo principal en este momento es que te pongas bien. Diego te pondrá una inyección en cuanto la niña llegue de la farmacia, y te bajará la fiebre. Estás empapado en sudor, será mejor que te levantes para ducharte y cambiaremos la ropa de la cama. Esto parece una sauna.
Cuando acabó de ducharse ya tenía sábanas limpias en la cama. Y apenas se había acostado cuando entró Diego con las medicinas. Le puso la inyección e hizo que se tomase el resto de las cosas que Úrsula había comprado. No se si fue por la frescura de las sábanas nuevas o por la inyección, pero Daniel se quedó dormido como un bendito; aunque aún en sueños seguía tosiendo de vez en cuando. Me quedé un rato vigilándole, por si se despertaba. Pero aparentemente estaba tranquilo. Su respiración parecía menos agitada que antes. El descanso hacía que la cicatriz de la frente se le notase menos. Le acaricié la cara, y se movió algo, pero siguió dormido; así que me fui a la cocina para hacer la comida. Conociéndoles a todos, nadie movería un dedo y aún se asombrarían si a la hora de almorzar no aparecía nada en la mesa. Parece ser que mi reino de fogones y perolas no era deseado más que para centro de reunión, porque todos estaban sentados en torno a la mesa, tomando café y hablando amigablemente. Úrsula seguía teniendo un aspecto horrible, y le dije que hiciese el favor de acostarse hasta que fuese hora de comer, porque hasta a mi me daba dolor de cabeza verla delante con mis gafas de sol puestas. Se marchó, pero antes me preguntó como estaba Daniel. Elia, con su humor habitual se echó a reír con sorna, pero se mantuvo callada ante la mirada de su sobrina.
-Vaya, la niña ha entrado en razón por fin-me dijo cuando ella ya había salido de la habitación.
-Espero, por el bien de todos, que haya sido así. Creo que hemos tenido bastantes emociones ya.
-Y que lo digas-apostilló Diego. Vengo a descansar unos días y mira con lo que me encuentro.
Empecé a disponer la comida. De primero, pensando en Daniel, pondría una sopa de pollo, a él le sentaría bien. Y como no tenía ganas de perder el tiempo, metí en el horno un redondo de ternera; sólo había que vigilarlo de vez en cuando. Una ensalada como guarnición y arroz con leche de postre, que también podría tomar Daniel. Empecé a trabajar mientras oía la charla de los demás. Elia preguntó qué le pasaba a Daniel para que Diego se preocupase tanto por las infecciones. Me puse rígida, a mi pesar. Sabía que mi hermano, como médico, era discreto y no daría demasiadas explicaciones, pero Elia era como un perro ante la vista de un hueso cuando quería saber algo. Una vez que se ponía tras la presa, no la soltaba. Diego le dio la misma explicación que le había dado a Úrsula, y Elia no insistió; por lo menos con mi hermano. Sabía que cuando nos quedásemos solas, me perseguiría implacablemente hasta lograr enterarse de todo. Suspiré, pensando que aunque les quería mucho a todos, a veces era difícil guardar un equilibrio para contentar a unos y a otros.
-A ver, vosotros dos, ¿por qué no compráis pan y una tarrina de helado para el postre de la cena? Creo que estoy perezosa y no me apetece pasarme el día en la cocina. Y traéis los periódicos, que no nos enteramos de lo que pasa en el mundo. Carlos y yo nos quedaremos cuidando de los enfermos, ¿verdad?
Era lo que Elia estaba deseando; salir a solas con Diego; así que no puso impedimentos. Cuando nos quedamos solos, me senté al lado de Carlos y le palmeé el brazo.
-Suegro, ¿muchas emociones?
-Ay, Elenita, hija, y que lo digas. Ya estoy viejo para estos disgustos. Aunque parece que la niña se ha calmado algo, ¿no?
-Si, gracias a Dios. Hasta le ha pedido perdón a mi hermano, no te digo más.
-Oye, ¿Qué le pasa a Daniel? He visto a Diego muy preocupado y me digo que no puede ser que un simple enfriamiento sea tan grave.
Gané tiempo limpiando de la mesa unas migas imaginarias. No me gustaba mentirle a Carlos, pero tampoco quería hablar de algo que pertenecía a la vida privada de Daniel.
-Ya has oído a Diego, le falta el bazo y por eso tiene menos defensas. Un simple enfriamiento, si no se lo cura bien, podría convertirse en una neumonía o complicarse en algo más serio.
-Cuando habéis hablado antes de un accidente me pareció notar que tú estabas incómoda. ¿Qué es lo que le ha pasado?
-No hay nada secreto ni extraño, Carlos. Sólo que no se si a Daniel le gusta hablar de ello; pertenece a su intimidad. Sólo te diré que fue un accidente de trabajo, y que no creo que a él le haga mucha gracia recordarlo.
El anciano se quedó callado. Siempre ha sido un hombre muy discreto y estaba segura de que la conversación se quedaría ahí. Hablamos de cosas banales mientras cocinaba y un par de veces me asomé a ver si Daniel seguía durmiendo. Pero Carlos estaba pensativo, como cavilando acerca de algo, y cuando iba hacia el comedor para poner la mesa, me detuvo.
-He estado recordando y aunque al principio me costó, creo que ya sé que tipo de periodista es tu Daniel.
Me quedé mirándole, callada. ¿Qué podía decirle? Tampoco es que fuese un secreto.
-Soy muy malo para los nombres, pero ahora recordé de que me sonaba a mi Daniel Mendoza. Es corresponsal de guerra. Escribía unas crónicas muy buenas, pero de pronto dejó de hacerlo. ¿Tuvo algo que ver ese accidente? ¿O se trata de un eufemismo? ¿Le hirieron?
Asentí con la cabeza. Pero no le dije nada más. Carlos era bastante inteligente y no dudaba que a poco tardar buscaría la información que le faltaba. Y estaba en lo cierto, porque mientras yo daba los últimos toques a la comida, me pidió permiso para usar el ordenador. No se hasta que punto estar en la era de la información globalizada, donde basta teclear en el ordenador para entrar en la intimidad de la gente, me agradaba. En cualquier caso, yo no me sentía responsable. Lo que Carlos descubriese, era cosa suya. Y tampoco es que fuese motivo de vergüenza el haber sido herido, ni mucho menos. Pero me gusta respetar la intimidad de los demás, y creo que las cosas que le pasan a una persona sólo ella puede contarlas.







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