27 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 49



Me acerqué a ver a Daniel y como todavía dormía le dejé descansar. Pero mi hija si tenía que levantarse para almorzar. Toqué a su puerta, y al no contestarme entré despacio. Estaba dormida y el sueño hacía que pareciera todavía la niña que yo tanto añoraba. Cuando Úrsula nació me propuse que como madre sería todo lo contrario de lo que la mía había sido. Nunca le escatimé mi tiempo ni mis caricias, y cuando ella llegaba a casa del colegio dejaba en el momento lo que estuviese haciendo para darle la merienda, hacer con ella los deberes o para que jugásemos juntas. A veces he llegado a pensar que quizá la agobié demasiado con mis atenciones, porque los padres a menudo intentamos ser tan perfectos con nuestros hijos que acabamos estropeando la relación. ¿Puede el amor ser excesivo? Siempre pensé que no, pero ahora me lo estaba planteando. Me senté en la butaca al lado de la cama de mi hija, y en el silencio y la penumbra de este cuarto que con tanto cariño preparé para ella, y que había sido el mío hacía tantos años, recordé a mi madre. Como tantas veces me asaltó la pena del tiempo desperdiciado entre nosotras dos. En el fondo de mi alma sabía que nunca había la había perdonado del todo. Es verdad que la atendí en su enfermedad y que le procuré todas las comodidades posibles. Y es cierto que la lloré de verdad, que su muerte me dejó una herida que todavía no había cicatrizado; pero me quedaba un resquemor del que no estaba todavía curada. Cuando somos niños nos cuesta entender que nos dejen de lado, y eso fue lo que mi madre hizo durante toda mi infancia. Me alimentaba, me compraba la ropa con la que le parecía que estaría mejor y se preocupaba de mis notas, de mis enfermedades y de las niñas con quienes jugaba; pero en sus manos nunca había caricias para mi, ni veía en sus ojos el amor desinteresado que siempre vi en los de mi abuela. Con el paso del tiempo entendí que mi madre nunca me había perdonado, aunque yo fuese la menos culpable, ser el producto de una relación clandestina. Aunque quizá el problema era que no se perdonaba a si misma y mi presencia era el perenne recordatorio de su flaqueza. En cualquier caso, su indiferencia me había dejado profundamente marcada, y todavía no había podido quitarme ese yugo que me oprimía.
Úrsula abrió los ojos y se sorprendió de verme sentada al lado de su cama.
-¿Qué haces ahí mirándome?
-Pues eso, mirarte. Entré para despertarte, pero se me fue el tiempo recordando tu infancia, y como este cuarto antes era el mío, recordé también mi niñez. Será que me estoy haciendo vieja. Venga, levántate, están esperándonos para comer.
Estaba ya saliendo de la habitación cuando Úrsula me pidió que volviese a sentarme a su lado.
-Ayer hablé con Papá, e intentó mentirme. ¿Por qué lo hace?
Me encogí de hombros. Confieso que me pasó por la cabeza que era mi oportunidad para quedar por encima de Arturo, pero no quería recuperar de esa forma el cariño de mi hija, porque sería como perderme el respeto a mi misma.
-No lo sé, hija. Tu padre te quiere mucho, eso no debes dudarlo, y posiblemente te mienta porque teme perderte.
-Tú también me quieres y no has escondido al barbas, bueno, a Daniel-rectificó.
-Tu padre y yo somos muy distintos, aunque eso no significa que uno de los dos sea mejor que el otro. No se lo que Paula representa para él. Si sé que Daniel es mi vida entera, y quería que tú lo supieses. Y te ruego, te suplico, que le llames por su nombre. ¿Tanto te molesta que tenga barba?
Se echó a reír. Esta era la niña que yo conocía, con la que me gustaba caminar de la mano por las calles, riéndonos juntas de tonterías, y haciendo planes.
-No me molesta; es más, le queda bien. Y creo que él lo sabe, por eso la lleva.
-Te equivocas, la lleva porque la necesita. Pero en fin, que eso es cosa suya. Dejemos en paz su barba. Ven a la mesa. Si Daniel sigue dormido comeré también con vosotros.

Me preocupaba que Daniel durmiese tanto, pero Diego me dijo que le dejase, que la mejor medicina era el descanso. Hasta las cinco de la tarde no se despertó y fue entonces cuando tomó algo de sopa. Estaba bastante mejor, la fiebre le había bajado, aunque seguía tosiendo. Se aburría y empezaba a ponerse pesado, y después de discutir un rato accedí a llevarle su ordenador. Le acomodé con un par de almohadas y le llevé las gafas que me pidió.
-No hace falta que te quedes aquí-me dijo. ¿No quieres estar con tu hija?
-Se ha ido con sus tíos. Ahora que ha descubierto a Diego parece que le cae estupendamente. Y además, ¿no quieres que esté aquí?
-Sabes que si, pero ella se irá pronto y tampoco quiero quitaros tiempo de estar juntas.
Le dije que no se preocupase. Y también me puse a escribir mi historia, porque a este paso nunca iba a terminarla

Querida Úrsula:

Tal vez te hayas hecho una idea equivocada de mi infancia y pienses que fui una niña desgraciada. Si es así, no es verdad, fui bastante feliz, pues aunque mi madre era dura conmigo, los demás me compensaban con creces. Lo único que echaba de menos era un hermano. Todas las niñas de mi colegio tenían hermanos, mayores o pequeños, pero no estaban solas cuando volvían a casa. Cuando sacaba la conversación, mi madre me mandaba callar y los demás se quedaban con unas caras muy serias. Yo no sabía por qué nadie me explicaba el motivo por el cual no era posible que mamá tuviese otro bebé, e incluso mi padre, que era el hombre más paciente del mundo, se enfadaba cuando le insistía. Por eso me prometí a mi misma que cuando fuese mayor, yo tendría varios hijos. Y tampoco eso pude conseguirlo. Tu padre se negó en redondo, después de que tú naciste, a tener más hijos. Nunca quiso explicarme el motivo, y hoy, después de tantos años, y a la vista de las cosas que han pasado, creo que era porque en el fondo de su corazón sabía que nuestro amor no era lo suficientemente fuerte.
Ahora ya es demasiado tarde para tener más hijos y supongo que es otra de las cosas a las que he tenido que renunciar en mi vida. Por eso quiero que tú intentes hacer siempre realidad tus sueños, porque solo se vive una vez, y si no intentas luchar por aquello que deseas, te arrepentirás siempre. Ese es el motivo principal por el que decidí separarme de tu padre. El día que me dijeron que padecía un cáncer, pensé, por primera vez en mi vida, que podría morirme, y me entró un enorme pánico. Pero no a la muerte, sino a la manera en que había echado a perder mi vida, junto a un hombre a quien ya no amaba y que no me hacía feliz, y añorando cosas que se habían quedado en el camino. Fue entonces cuando recordé las vidas tristes y vacías de tu abuela y de tu bisabuela, cada cual a su manera. Y juré que su sufrimiento me serviría de lección. Un día de diciembre, en una de las calles más céntricas de Madrid, con una casi sentencia de muerte en mi bolso, me juré a mi misma que tal vez moriría, pero a mi manera, luchando por la felicidad y viviendo la vida que siempre había querido vivir, y no una existencia prestada.
Y es por eso por lo que hoy estoy en esta casa, aunque evidentemente en aquellos momentos no pensaba en que llegaría una persona especial a mi vida. Quizá con todo esto que te he contado puedas entender mejor por qué cuando me pediste que renunciase a Daniel te dije que nunca lo haría. No es porque tú no seas importante para mí, sino porque no quiero culparte el día de mañana de mis errores y de haber tomado un rumbo equivocado en mi vida. El corazón humano es muy grande y hay en él mucha capacidad de amar. Creo firmemente que cuanto más amamos, más amor nos cabe dentro, y cuanto más felices somos, en mayor medida nos podemos dar a los demás y hacerles felices. Así que te pido, por favor, que me entiendas y que aceptes en tu vida a la persona que ahora forma parte de la mía, porque con eso la primera beneficiada serás tú misma. Si me dejas que sea feliz y le ame a él, te amaré a ti un poco más, si cabe.
Cuando llamaron a la puerta esperaba que fuese Diego y confieso que me sorprendió ver aparecer a mi hija con una bandeja.
-¿Molesto?-preguntó, apoyada en el quicio.
-No, pasa-le dijo Daniel, sacándose las gafas y frotando los ojos. Me imagino que estaría cansado porque llevaba más de dos horas escribiendo. Afuera ya estaba oscuro, el día tocaba a su fin y parecía que había refrescado.
-He traído café para nosotras, Mamá, y para Daniel leche caliente con miel. ¿Te acuerdas que me la dabas cuando estaba acatarrada? Era un remedio de tu abuela. –Si, y muy bueno-le contesté cogiéndole la bandeja.
Ella y yo nos tomamos los cafés en la mesa del escritorio y Daniel siguió apoyado en las almohadas. La miró, sonriendo aviesamente.
-¿Debería tomarlo o lleva cianuro?
-He venido en son de paz, Barbas-le contestó levantando la mano derecha, como si estuviese jurando ante un tribunal. Mamá, no se lo llamo con mala intención-se disculpó al ver mi cara de enfado. Pero Barbas le pega más que Daniel. ¿Puedo?-le preguntó.
Él se encogió de hombros y bebió un sorbo de leche.
-Después de todo lo que me has insultado, puedes llamarme como te de la gana. Esto está bueno-dijo, señalando el vaso. Y al menos esta vez has llamado a la puerta, lo cual dice mucho de tu educación.
-Pensaba que Mamá estaba sola-dijo, haciéndose la melindrosa. No me imaginaba que una mujer recuperándose de un cáncer se dedicase a darse revolcones con quien para mi era simplemente su inquilino.
Yo me tapé la boca, asombrada de semejante lenguaje, pero Daniel se echó a reír. Creo que le gustaba la franqueza de esta muchacha irreverente y deslenguada en que se había convertido mi hija.
-Te pareces mucho a tu tía, ¿Sabes? Pero quiero aclararte algunas cosas. El que tu madre haya tenido cáncer no quiere decir que tenga que estar llorando y lamentándose todo el día. Y no nos dedicamos a darnos revolcones; nos queremos. Y por supuesto, si, nos acostamos juntos, para alegría de los dos. Y espero que no tengas nada que oponer, porque desde luego seguiremos haciéndolo.
Úrsula le miró mientras masticaba una galleta, y le dijo, entornando los ojos:
-No, a mí en el fondo me da igual, siempre que quieras a Mamá y la trates bien, porque ella vale mucho y no se merece que le hagan daño. Simplemente, armé todo ese alboroto porque pensé que las cosas eran de otra manera.
-Ya. Supongo que esas son todas las disculpas que recibiremos de tu parte, ¿no?-le preguntó Daniel.
Ella se sacudió las migas del pantalón y en un gesto muy suyo se colocó el pelo detrás de las orejas.
-Tenía pensado pediros perdón a los dos, y a ti darte las gracias por salir a buscarme. No sabía que tenías que cuidarte tanto, y siento mucho que te hayas enfermado por mi culpa.
Daniel se revolvió, inquieto, en la cama, y me interrogó con la mirada, pero yo le hice un gesto negando que le hubiese contado nada.
-Bueno, tampoco es que tenga que cuidarme tanto, no tiene importancia. Ya estoy bien y de hecho me levantaré dentro de un rato para cenar con todos vosotros.
-Mamá, de la cena quería hablarte. Quédate con él, ya la preparo yo. Ya sabes que la Tita es bastante inútil y nos haría algo intragable.
Asentí con la cabeza, demasiado sorprendida para decir algo. No sabía si tenía que estar preocupada por el cambio de mi hija; me parecía demasiado bonito para que fuera verdad. Cuando ella se marchó de la habitación y le confesé mi extrañeza a Daniel, él no se asombró tanto, quizá porque siempre tiende a pensar que las cosas acaban solucionándose solas y no hay que darles tanta importancia.
-Ven aquí, Nefertiti-me llamó, abriendo los brazos. ¿Por qué siempre estás pensando que va a pasar lo peor? La niña ya no es tan niña y se le han olvidado las rebeldías. Carlos te ha hecho un inmenso favor al contarle la verdad.




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