28 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 50


A la luz de lo que sucedió en la cena me hacía gracia pensar en las palabras que Daniel había pronunciado sobre Carlos. Nos quedamos un rato en nuestro cuarto, simplemente abrazados y disfrutando de un momento de soledad. Era agradable tener la casa llena de gente, pero también estábamos necesitados de algo de intimidad.
Una hora más tarde los seis nos reunimos en torno a una mesa primorosamente dispuesta por Úrsula. Había preparado una buena cena, señal de que cuando yo trasteaba en la cocina, aunque parecía no fijarse en nada, en realidad si lo hacía. Se esponjó ante las alabanzas que todo el mundo hizo de la comida y ella empezó a contar lo mal que se comía en América, y cómo no sabían hacer nada decente aparte de barbacoas y precocinados. Les miré a todos detenidamente y pensé que cada cual a su manera estaba intentado que las cosas fuesen por el buen camino. Se habían aceptado mutuamente los unos a los otros, e incluso algunos, como Elia y Diego, yo diría que lo habían hecho con sumo gusto. Desconocía cuanto habían intimado en estos días, pero era imposible no darse cuenta de que se intercambiaban miradas cómplices. Daniel todavía estaba algo pálido, pero sin duda se encontraba mejor, aunque siguiese tosiendo.
Cuando Úrsula sirvió el postre le pedí que sacase también el licor de guindas de mi madre. Formaba parte del lote que había hecho el año antes de morirse, y apenas quedaban dos o tres botellas. Era tan bueno que no me permitía ponerlo en la mesa más que en las ocasiones especiales; pero esta lo era; tenía a mi familia reunida, y dentro de dos días cada uno tomaría un rumbo distinto. ¿Cuándo mejor que ahora? Mi hija nos sirvió a todos, y cuando iba a proponer un brindis, Carlos se me adelantó.
-Quiero que brindemos por los héroes y las buenas personas, porque todavía quedan algunos, y justo hoy tenemos uno entre nosotros.
Yo no tenía ni la más remota idea de que podía estar hablando, pero me sorprendió ver que Daniel le lanzaba una mirada de soslayo. Carlos se levantó, y nos pidió que brindásemos.
-Por Daniel-dijo.
Todos nos quedamos sorprendidos; pero brindamos, y Úrsula, que era una de las más sorprendidas, no se quedó callada.
-Abuelo, ya le he dicho al Barbas que le estoy muy agradecida, y sé que ha tenido más paciencia que un santo conmigo estos últimos días, pero…¿un héroe?
Pero Carlos la detuvo, y a pesar de que me di cuenta como Daniel le rogaba con la mirada que no siguiese, él continuó hablando.
-Cuando Daniel tuvo que guardar cama por un ligero enfriamiento todos nos preocupamos y bombardeamos a Diego y a Elena con preguntas, porque había algo que ellos sabían y nosotros no con respecto a su salud. No se trataba de curiosidad, sino de preocupación por alguien a quien apreciamos. Pero ninguno de los dos se apartó de una explicación que, desde luego, es verdadera; le habían tenido que extirpar el bazo a consecuencia de un accidente y por tanto sus defensas siempre estaban algo bajas. Pero a Elena la conozco desde hace muchos años, y cuando le pregunté qué tipo de accidente había sido, me respondió con evasivas.
-Si, Mamá es especialista en eso-interrumpió mi hija. Todos la hicimos callar.
-Entonces-continuó Carlos-recordé que cuando nos presentaron su nombre me sonó de algo, pero en aquel momento no supe encajarlo. Esta mañana lo recordé: Daniel Mendoza era el nombre de un corresponsal de guerra cuyas estupendas crónicas llevo años leyendo. Y de repente, hace poco más de un año, ya no hubo más crónicas. Internet es un gran invento y los viejos tenemos tiempo de sobra y paciencia.
Daniel suspiró; sabía que se sentía incómodo, pero siguió sentado sin decir nada. Y mi suegro continuó hablando.
-Se que a él no le gusta que lo cuente, pero nos merecemos saber quien y como es este hombre con el que hemos compartido mesa estos últimos días. Me enteré de que en un ataque que sufrieron nuestros soldados, él estaba al lado y resultó herido; por eso perdió el bazo, y creo que por eso lleva barba, si no me equivoco.
-¿Por qué perdió el bazo? ¿Eso que tiene que ver con la barba?-volvió a interrumpir Úrsula.
Elia, que era una curiosa empedernida, la amenazó con taparle la boca si continuaba hablando y urgió a su padre para que siguiese.
-Le hirieron en la cara, y como me imagino que quedarían señales, nada más oportuno que taparlas con una barba. ¿Me equivoco, muchacho?
-No, no te equivocas-le respondió Daniel, resignado. Pero ha servido, además de para esconder unas cicatrices, bastante feas por cierto, para algo más; ha causado una enorme diversión a tu nieta y gracias a ella tengo un nuevo nombre; creo que ya pasaré a la Historia como el Barbas.
Nos reímos, Úrsula la que más. Pero Carlos siguió hablando.
-No se si pasarás a la Historia, pero quizá deberías, porque creo que ninguno de vosotros sabe que gracias a él dos soldados salvaron la vida. Tuvo el coraje de sacarlos de allí incluso cuando ya le habían herido; aunque nadie se lo reconozca, e incluso, según he podido averiguar, le hayan echado del periódico por no avenirse a contar la versión oficial de las cosas que a ellos les interesaba. Por eso hablaba de héroes.
Nos quedamos callados; creo que estábamos demasiado sorprendidos para decir nada; y yo era la que más. Sabía la historia que él me había contado, pero obvió lo más importante. No le dije nada, creo que con mi mirada se dio cuenta. Como siempre, mi cuñada se encargó de romper la magia del momento.
-¿Ves nena? No das una, y tú que te pasaste estos días llamándole asqueroso barbudo y mil infamias más. Ahora no creo que el Barbas te firme un autógrafo ni aunque se lo pidas de rodillas.
Todos, Daniel el primero, celebraron mucho la gracia, y yo le dije que ahora me explicaba de donde había sacado mi hija su cáustico humor.
Apenas cerramos la puerta de nuestro cuarto empecé a reprocharle su falta de confianza, pues me había contado las cosas a medias. Pero él se justificó diciendo que había contado lo que le parecía importante; es decir, porque se había cansado de ciertos aspectos de su profesión y el lastre que soportaba por aquellas cosas que le había tocado vivir.
-¿Y no te parece importante haberle salvado la vida a dos hombres?
-Bueno, tanto como salvarles la vida…les ayudé a ponerse a cubierto, más bien. Ellos hubieran hecho lo mismo por mí; en esos momentos no te paras a pensar, actúas por instinto.
-El instinto de muchos hubiera sido huir.
-Qué pesada puedes ser a veces, Nefertiti. Todavía estoy débil, para que lo sepas, y estás haciendo que me entre dolor de cabeza. Ven a la cama de una vez y mímame un poco, que te recuerdo que estoy enfermo por culpa de la cabra loca de tu hija.
-Yo seré pesada, pero tú sabes hacerte la víctima cuando te conviene, ¿no?
-Puede ser-aceptó. Pero ven ya y déjate de cuentos. Tengo frío; acuéstate a mi lado.
Pronto me di cuenta de que estaba bastante recuperado; según me demostró.








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