29 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 51


Al día siguiente, después de comer, se marcharon Carlos y Elia. Les despedimos todos en la puerta y yo le recomendé mil veces a mi cuñada que condujese con cuidado, pero sabía que era tiempo perdido. Correría como una loca y sólo me quedaba rogarle a Dios que llegasen a casa bien. A Carlos le abracé y le dije que les esperábamos en verano, como todos los años. Nada había cambiado, y en todo caso, si lo había hecho, era a mejor. Diego y Elia se dieron un beso formal en la mejilla, pero estaba segura que la verdadera despedida había tenido lugar antes, y a solas, como tenía que ser. Era pronto para aventurar nada, pero les quería mucho a los dos, y me llenaría de dicha saber que podían ser felices juntos. También Diego se marchaba, pues al día siguiente tenía consulta y quería estar en la clínica desde muy temprano. Antes de irse le hizo recomendaciones a Daniel, para que siguiese tomando los antibióticos, y a mi me citó para dentro de tres días, para hablar con el cirujano plástico acerca de la reconstrucción. Úrsula le despidió con la promesa de mantenerse en contacto por medio del teléfono y del mail hasta el verano. Yo sabía que mi hermano estaba muy contento de haber establecido una buena relación con ella; al fin y al cabo, era la última de su familia y de la mía; la que nos sobreviviría y daría fe de nuestro paso por el mundo.
Entramos en casa los tres y me dio la sensación de que el silencio se me echaba encima. Añoraba ya las bromas de Elia, su espíritu provocador y al mismo tiempo su generosidad; y también la serenidad que Carlos nos transmitía a todos. A Diego, por suerte, le veía con mucha más frecuencia. Y lo peor estaba por llegar, porque al día siguiente se marchaba mi hija, a quien ya no vería hasta el verano. Se me hacía especialmente duro ahora que había habido un acercamiento entre las dos, que nos separásemos de nuevo.
-¿A qué hora tienes que estar mañana en el aeropuerto?-le preguntó Daniel.
-A las ocho de la mañana. ¿Me vas a llevar tú?
-Si, y tu madre, claro.
-Eso seguro que es para asegurarte de que embarco y no estaré más tiempo dándote la lata.
-También. Aunque creo que cuando me quede solo con tu madre echaré de menos tus malos modos y los berrinches. Ella es muy tranquila y apenas se mete conmigo.
Mientras ayudaba a mi hija a preparar la maleta le pregunté si había llamado a su padre para despedirse de él. Y por la cara que puso, supe que no lo había hecho.
-Llámale. No dejes que el enfado os separe. Es tu padre.
-Y yo su hija, y me ha mentido.
-Ay, nena. Ya te he explicado que no lo hace con mala intención. Él es así y a la gente hay que aceptarla como es. Quiere quedar bien con todo el mundo, y al final lo único que logra es crear malestar, pero no lo hace por maldad, sino por incapacidad para afrentar la realidad tal y como viene.
-Bueno, pues ya lo haré.
A la mañana siguiente estábamos en el aeropuerto con la suficiente antelación para facturar las maletas con tranquilidad. Siempre me prometo no llorar en estas circunstancias, pero acabo haciéndolo. Le hice a Úrsula mil recomendaciones y le pedí que me llamase nada más llegar. Ella me escuchaba pacientemente, y cuando nos abrazamos antes de que entrase hacia las puertas de embarque, las dos llorábamos. Se acercó a darle un abrazo a Daniel.
-Barbas, cuida bien de Mamá; no la dejes que se pase llorando todo el viaje de vuelta, que ya se como es. ¿Puedo visitaros en verano?
-¿A mi me lo preguntas? Es tu madre quien debe contestarte.
-Te lo pregunto a ti-insistió mirándole fijamente.
-Pues entonces te contesto que si, por favor, que pases con nosotros todo el tiempo que quieras. Es tu casa.
-¿Y si vengo con alguien?
-¿Con alguien masculino?-quise saber.
-Si.
Daniel se me adelantó.
-Si es importante para ti, supongo que es justo que al menos tu madre le conozca.
-Quiero que le conozcáis los dos, Mamá y tú.
-Le conoceremos cuando quieras traerle.
Nos dimos el último abrazo y la vorágine del aeropuerto engulló a mi niña. Aunque intenté no hacerlo, ¿Cómo evitar no llorar? Apenas estábamos en abril, me quedaban tres meses sin verla, aunque ahora al menos se habían aclarado muchas cosas entre nosotros. Y se llevaba las páginas que había escrito sobre las mujeres de nuestra familia, que esperaba que le ayudasen a entenderme mejor, y quizá a conocerse también un poco más a si misma.
Intenté serenarme y dejar de lado las lágrimas. No era la primera vez que despedía a mi hija, pero siempre resultaba duro. Esta vez especialmente porque quizá, después de los enfados del comienzo, era cuando más cerca había estado de mi. Puede ser que estuviese madurando y mi enfermedad le hiciese ver las cosas con más claridad. Pero sobre todo, creo que darse cuenta de que su padre no era el héroe maravilloso que había imaginado, la hizo poner los pies en la tierra. Estaba agradecida a Daniel por la paciencia que había mostrado; cualquier otro en su lugar se hubiese ido a la primera tontería de Úrsula. Se lo dije cuando íbamos de vuelta a casa, y se encogió de hombros, quitándole importancia.
-Es tu hija, y si para ti es importante, para mí también, ya te lo dije. Y te voy a confesar algo; aunque al principio me pareció una niña insoportable y consentida, acabó gustándome mucho. Se parece a ti en el carácter.
-Desde luego que no. Tiene muchas cosas de su tía y de su padre. Pero sobre todo ha salido a mi madre.
-Pues será que tú te pareces a tu madre.
Me horroricé de oír eso. ¿Yo me parecía a mi madre? No podía ser, siempre había intentado hacer todo lo contrario de lo que mi madre había hecho.
-Yo soy muy distinta de mi madre, o al menos eso espero.
-Pues no estés tan segura, Nefertiti. Por supuesto, como yo no la conocí, no te puedo dar o quitar la razón, pero te lo digo porque yo siempre me llevé fatal con mi padre; estábamos todo el día discutiendo, y ahora descubro que en muchas cosas, soy como él.
-Puede ser que algún día acabe reconciliándome con mi madre, no lo sé.
Parece que el fin de las cortas vacaciones significaba también que se había acabado el buen tiempo. El día había amanecido nublado y turbio, y amenazaba lluvia; aunque de momento sólo había una bruma húmeda que me producía dolor de huesos y pereza. Tenía ganas de encender la chimenea y arroparme en el sillón cerca del fuego. Fue un placer llegar a casa y saber que estábamos de nuevo los dos solos, y ahora libres ya de expresar lo que sentíamos. Apenas habíamos llegado a la cocina cuando nos abrazamos como si hubiésemos estado separados durante meses.
-Quizá sea egoísta, pero tenía ganas de tenerte para mi solo, sin compartirte con tanta gente.
-No, no es egoísta en absoluto. Desde aquella primera noche apenas hemos tenido tiempo de hablar: tu viaje, las visitas, la niña.
Fue un día extraño. Nos dedicamos simplemente a estar juntos, consolándonos ambos de todos los sinsabores, de tanta soledad acumulada, del hambre de amor que los dos teníamos desde hacía ya demasiado tiempo. Nos daba igual la hora, si era mañana, tarde o noche. Comimos cualquier cosa sobre la alfombra de la sala, al lado del fuego, sin mirar el reloj, simplemente cuando tuvimos hambre. Y hablamos, hablamos mucho, de sentimientos, del pasado, del presente, pero sobre todo del futuro que teníamos por delante. En ningún momento nos planteamos que los dos teníamos problemas de salud, ni que pudiese haber dificultades en nuestro camino. Simplemente nos habíamos encontrado gracias a esas casualidades que tiene la vida y ahora no renunciaríamos a estar juntos por nada ni por nadie.
Nunca había pensado en mi misma como alguien sensual ni había disfrutado demasiado de esta faceta durante mi matrimonio con Arturo; más bien me pareció una liberación cuando me di cuenta de que con frecuencia visitaba camas ajenas, el decirle que se fuese al cuarto de invitados. La primera vez que me quedé yo sola en la cama sentí el inmenso placer de estirarme en ella y no tener a nadie roncando a mi lado ni que me quitase las mantas. Pero ahora era muy distinto; porque gozaba de cada minuto que estaba con Daniel y confieso, con algo de vergüenza, que cuando había gente delante tenía que controlarme para no coger su mano, acariciar su cara, o recostar la cabeza en su hombro. Era como una necesidad permanente de contacto físico, de que me abrazase y de sentirle cerca.






No hay comentarios:

Publicar un comentario