30 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 52



Yo soy y he sido siempre muy supersticiosa, pero no el sentido en que la gente lo es. Es decir, no me asustan los gatos negros y me encantan los martes y trece; pero hay pequeñas cosas que me llenan de pánico y me hacen totalmente irrazonable, sin que sepa expresar por qué. En los momentos en que todo va bien, cuando estoy en paz conmigo misma y me digo que soy afortunada, empiezo a pensar si de verdad lo merezco, y que quizá después del goce venga el castigo. Creo que me ocurre porque cuando era pequeña y me reía mucho por algo, mi madre siempre decía la misma frase lapidaria: “veremos si tantas risas no traen llantos”. Esa sensación la tuve al final del día, cuando con todas las luces apagadas y solo con el resplandor del fuego, estábamos juntos Daniel y yo, él con la cabeza en mi regazo, tomando los dos una copa de vino. Estaba acariciándole el pelo, pensando en lo afortunada que era de haber conseguido, cuando menos lo pensaba, encontrar a la persona adecuada, cuando vi un resplandor fuera, como una luz intermitente que se encendía y se apagaba, al tiempo que se oía aullar un perro. Se me heló la sangre en las venas; me puse rígida de pánico. Daniel se dio cuenta y me preguntó qué me pasaba.
-Parece que has visto un fantasma-me dijo.
-No un fantasma, pero esa luz, ¿Qué puede haber sido?
-Muchas cosas; desde los faros de un coche hasta alguien que salió a pasear y lleva una linterna.
-A estas horas y con la que está cayendo, ¿No?
-Ay, no seas pesada, cariño. ¿Qué más da?
-¿Y el perro?
-Pues el perro saldría a pasear con el de la linterna, mujer. Qué manía de buscar problemas en donde no los hay.
-Mi abuela decía que el aullido de los perros era un mal presagio.
-Déjate de bobadas de malos presagios. Y digo yo, con lo miedosa que eres, ¿Qué harías tú sola en este sitio dejado de la mano de Dios? Menuda suerte has tenido de alquilar la casa y dar conmigo.
Él lo decía para embromarme, pero no sabía hasta que punto era la verdad. Y quizá por eso, desde que oí aullar al perro y vi la luz fuera, tuve la sensación de que algo nos amenazaba.
Aquella noche no dormí bien, di vueltas en la cama sin parar y Daniel me preguntó varias veces qué me pasaba. No podía decirle nada; porque yo misma no estaba segura; solo sabía que me encontraba extrañamente desasosegada y nerviosa. Cada vez que conseguía cerrar los ojos tenía sueños extraños que me hacían despertar sudando y atemorizada. Ya de madrugada me levanté despacio, intentando no despertar a Daniel y fui hasta la cocina, para prepararme leche caliente. Cuando ya me la estaba tomando y me había tranquilizado algo, al coger de un armario el bote de las galletas, cuando estiré el brazo, sentí un dolor lacerante en el único pecho que me quedaba, cerca de la axila. Era como un calambre, como si nada más moverme, me recorriese una corriente eléctrica que me dejaba sin aliento. Temblando de miedo me llevé la mano al pecho, temiendo lo que iba a encontrar; recordando la sensación de pánico de cuando me descubrí aquel bulto, antes de Navidad.
Vacilé antes de tocar, pero no tenía sentido dar la espalda a la realidad. Aunque no fue un bulto como el de la vez pasada lo que me encontré, sino que todo el lateral del pecho estaba endurecido y muy sensible y doloroso al tacto. Era como si un calambrazo me recorriese toda la zona. Me temblaban las manos y las rodillas, y me senté. No había pensado que tendría que empezar de nuevo tan pronto y dudaba de que me quedasen fuerzas. Intenté sobreponerme al enorme miedo que me atenazaba la garganta. La primera vez estuve tentada de dejarme ir, de no luchar; pero ahora mi vida tenía mucho valor, porque por primera vez en mucho tiempo tenía con quien compartirla.
No oí llegar a Daniel, no sentí su presencia hasta que le vi delante de mí y quizá por eso, porque me pilló desprevenida, no pude enmascarar el pánico que sentía.
-¿Qué pasa?-me preguntó, arrodillándose delante de mí. ¿Por qué te has levantado de la cama? Todavía no son ni las seis de la mañana.
No sabía que contestarle; y como muchas veces me arrepentí de haber iniciado una relación en mis condiciones. Si no eran suficientes mis padecimientos, ahora había otra persona implicada. ¿Tenía yo derecho a meterle de lleno en esta vorágine de dolor que me esperaba?
-Nefertiti, me estás asustando. Contéstame-me exigió.
-No me encuentro bien. Por eso me levanté.
-¿Qué te pasa? Vamos, dímelo.
-Tengo dolores en el pecho.
-¿Te duele la cicatriz? Es raro, después de tanto tiempo.
-No, me refiero al otro pecho. No puedo ni tocarlo. Y hay una zona que está endurecida. Es distinto a la vez anterior; entonces no me dolía, y podía palparme perfectamente el bulto; pero ahora no.
Creo que tampoco él sabía qué decir. Me abrazó; nos quedamos así un buen rato, hasta que se separó un poco de mi para mirarme a los ojos y me dijo que estábamos juntos, que lucharíamos contra lo que fuese.
-Yo ya no se si me quedan fuerzas, Daniel. Apenas empezaba a encontrarme bien después de acabar el tratamiento, y de nuevo estaba volviendo a ser la que era; y ahora empezar de nuevo me aterra.
-Ya lo se, lo entiendo, pero si hay que hacerlo, lo haremos. De entrada, déjame que llame a Diego; le diré que vamos hoy a la consulta.
-No, no le llames, hoy tiene que operar hasta las cinco de la tarde. Iremos después de comer. Unas horas más no variarán en nada lo que me tenga que decir.
-Está bien, como tú quieras. Pero entonces acuéstate de nuevo e intenta descansar. Te llevaré un vaso de leche caliente.
-¿Y te quedarás conmigo?
-Siempre.
De alguna manera conseguí pasar la mañana. Lo mejor cuando ocurre algo que nos asusta o nos preocupa es mantenerse entretenido, así que me puse a hacer bollos de canela para llevar una bandeja a las enfermeras que me habían cuidado. Sabía que les vendría bien para acompañar el café, sobre todo en las largas guardias nocturnas. Me costaba mover el brazo, porque cada vez me dolía más, pero de todos modos solo el roce de la ropa en el pecho también me molestaba. No quise que Daniel estuviese conmigo en la cocina; le pedí que escribiese como todas las mañanas, que cumpliese su horario de trabajo. Era una manera de fingir que no pasaba nada, que era una mañana normal y que no estaba muriéndome de miedo e impaciencia por saber a qué tendría que enfrentarme esta vez.
Nos sentamos a comer en silencio. Me di cuenta de que Daniel espiaba mi más mínimo movimiento y cada uno de mis gestos. Estaba preocupado, y yo sentía que no era justo hacerle pasar por todo esto; ni a él ni a los demás. ¿Merecía la pena someterse otra vez a nuevas torturas que no me llevarían a nada positivo?
-No has llamado a la clínica, ¿verdad?
-No, nos iremos dentro de un rato, y cuando Diego acabe en el quirófano te verá.
Tomé aliento, porque sabía que acabaríamos discutiendo.
-Es que creo que no quiero ir.
-Espero no haber oído bien; y en todo caso olvidaré que has hablado.
Se levantó para recoger los platos, pero yo le agarré de la camisa y le obligué a que se sentase de nuevo.
-Escucha, Daniel, no se si tengo ganas de someterme de nuevo a todo ese calvario. Ya lo pasé una vez, y por lo que se ve, no sirvió de nada. Sé que voy a morirme, lo sabía ayer, aunque no quisiera aceptarlo, cuando el ladrido del perro y la luz.
Se levantó de la silla y vino hacia mí. Me agarró por los hombros y me sacudió ligeramente, aunque con la suficiente fuerza como para que dejase escapar un gemido de dolor. Estaba tan alterado que ni se dio cuenta.
-Déjate de decir estupideces. Y no acabes con mi paciencia. Si piensas que voy a seguir escuchando tonterías me conoces poco. Irás a la consulta de tu hermano aunque te tenga que llevar arrastrando; y te someterás a todos los tratamientos que él te mande. Me lo debes.
Quise responder, pero no me dejó. Siguió hablando, o mejor gritando. Nunca le había visto así, ni siquiera cuando se enfadó con Úrsula.
-Si, me lo debes. Yo no te busqué. Fuiste tú la que llegó aquí, donde yo estaba más o menos tranquilo, lamiéndome las heridas, y me envolviste con tus palabras dulces, con tus cuidados y tus mimos. Me acostumbré a tener a alguien con quien desayunar, con quien almorzar y cenar, con quien hablar. Y cuando volviste a casa, enferma, te llevé de la mano, te ayudé a recuperarte, a perder tus miedos. Así que me lo debes, porque me acostumbré a ti, y ahora no te voy a permitir que tires la toalla y arrojes por la borda lo que hemos conseguido juntos. Tienes que seguir viviendo, tienes que hacerlo porque yo te necesito a mi lado, porque quiero que seas mi mujer, y porque no te dejaré que te quedes de brazos cruzados.
Se sentó de nuevo. Respiraba como si hubiese estado corriendo, y sus ojos echaban chispas.
-¿Lo has entendido? ¿Te ha quedado claro? No te vas a morir porque no me da la gana; porque no te lo permitiré. No vas a dejarme solo porque estés demasiado cansada para seguir luchando. Aunque tenga que llevarte a rastras irás a ver tu hermano, ya te lo he dicho. Y ahora, arréglate, nos vamos.
¿Qué podía hacer? Solo lo que me había ordenado. Tuve el buen sentido de callarme durante el viaje. Fue él quien rompió el silencio.
-¿Se puede saber que llevas ahí?-preguntó señalando las galletas, en el asiento trasero.
-Son bollos de canela, para las enfermeras.



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