31 de julio de 2015

MIENTRAS LLEGA MAÑANA 53


Me pidió que ya que la canela era afrodisíaca, los hiciese también para él. Le miré de reojo. Y le contesté que no pensaba que él necesitase afrodisíacos, aunque si quizá tomarse una tila o algo que le quitase los malos humos. Sonrió, imperturbable, pero siguió mirando a la carretera sin decir nada. Mentiría si no confesase que estaba algo enfadada por su salida de tono después de comer, aunque le entendiese. Pero me había tratado como si fuese una niña caprichosa que tiene una pataleta, cuando lo único que me pasaba es que estaba superada por el miedo, por la desgana y el desánimo de saber que me enfrentaba a una batalla ya perdida de antemano. ¿Cuántas personas en mi situación lo único que habían conseguido era alargar unos meses el proceso final? Intenté explicárselo de nuevo, pero me frenó en seco, aunque esta vez sin gritar.
-No voy a permitir que te regodees más en tu propia desgracia, querida. Vamos a actuar con lógica: primero hay que saber cual es el problema, y eso tu hermano te lo dirá; segundo, también el te dirá cómo solucionarlo, y tercero, harás lo que te diga. Y yo estaré contigo, te apoyaré en todo. Es decir, en todo menos en locuras como quedarte sin hacer nada, esperando que suceda un milagro. Los milagros no existen, solo la voluntad de no dejarse vencer.
Chasqué la lengua, cansada de discutir y no me digné a contestarle. Llegamos a la clínica en un enfurruñado silencio, al menos por mi parte. Él, después de soltar la adrenalina, parecía extrañamente relajado. Pregunté a la secretaria de Diego si ya había terminado de operar, y me dijo que si, que estaba en su despacho. Toqué a la puerta, y se mostró sorprendido de vernos.
-¿Qué hacéis aquí? Habíamos quedado mañana con Lasarte, ¿no?
Daniel se adelantó, y no me dejó que hablase. Le explicó a Diego lo que había pasado, sin obviar mis comentarios de la noche anterior sobre los aullidos y la misteriosa luz, a pesar de las miradas, primero de advertencia y luego de franca hostilidad, que le estaba lanzando desde el principio. Diego le escuchó, al principio con cara de preocupación, pero ahora con una risa burlona.
-Así que te duele.
-Si, mucho, además.
-Bien, estupendo. Pues quítate la ropa para que pueda verlo. Supongo que no quieres que Daniel se vaya, ¿no?
Les miré a los dos, aviesamente.
-No, no va a descubrir nada que no haya visto antes.
Me quité la ropa y quedé vulnerablemente expuesta a la mirada de estos dos hombres, que cada uno a su manera, eran los más importantes de mi vida. Diego se acercó, y me palpó el único pecho que me quedaba; y a mi pesar, me encogí de dolor. Pero él pareció no darse cuenta o si lo notó, le daba igual, porque siguió tocando y palpando sin piedad; y me mandó levantar varias veces los brazos. Palpó también la zona de la axila y el inicio del brazo.
-Bien, vístete.
Le obedecí, y temblando ante la expresión de su cara, le pregunté qué me pasaba; si había empezado de nuevo en este pecho.
Pasó un tiempo hasta que me contestó. Permaneció con la cabeza gacha, dibujando tonterías en su bloc de notas. Daniel y yo esperábamos impacientes.
-No te pasa nada, Elena. Estaba casi seguro cuando Daniel me contó los síntomas, pero al examinarte te lo puedo decir con absoluta seguridad; no tienes nada.
-¿Y por qué me duele tanto y está dura toda la zona, como inflamada?
-Tú lo has dicho, está inflamada. El cáncer, por desgracia, es muy raro que duela. Tal vez si a las mujeres les doliese, vendrían antes y los oncólogos tendríamos más éxitos. Lo único que te pasa es que el nervio y los músculos están inflamados, por eso lo notas duro y te duele. Y te dolerá durante unos cuantos días, pero no te pasa nada.
Fue tal mi alivio que no pude decir nada, me quedé callada, pegada a la silla. Daniel se levantó y fue hasta la ventana y allí se quedó un rato. Pero por el ligero movimiento de sus hombros, supe que estaba llorando, y me acerqué a él. Le abracé desde atrás y esperé unos minutos a que se diese la vuelta. Le entendía bien; a menudo cuando estamos expuestos a una enorme tensión, todo aflora cuando ha pasado el peligro. Nos recompusimos y volvimos a sentarnos enfrente de Diego.
-Ahora bien, me vas a contar qué demonios has estado haciendo para provocar eso. Y a ti-le dijo señalando a Daniel-¿no te dije que la mantuvieses vigilada?
-He estado siempre con ella-se excusó, encogiéndose de hombros. Únicamente se quedó sola ayer por la tarde, no más de media hora, el tiempo de ir a la farmacia.
Y los dos se volvieron hacia mí, como si fueran jueces de un tribunal de la Inquisición. Me encogí en mi silla, preguntándome qué podía haber hecho; hasta que recordé. Y pensé que era mejor contarlo de una vez.
- No lo se, creo que no hice nada especial. Excepto que cuando Daniel salió decidí que sería buena idea pasar la aspiradora por la alfombra de la sala.
Diego se puso furioso. Y Daniel echaba chispas por los ojos.
-Claro, me voy media hora y a la señora no se le ocurre más que aspirar la jodida alfombra; que por cierto estaba limpia. A partir de ahora habrá que vigilarte las veinticuatro horas del día para que dejes de hacer estupideces y nos lleves a la tumba a los dos antes de tiempo.
¿Qué podía decir? Estaba tan avergonzada, pero tan aliviada a la vez que hice lo que mejor podía hacer: callarme y aguantar el chaparrón. Durante más de diez minutos se turnaron para sermonearme y me llamaron inconsciente, egoísta, desconsiderada y unas cuantas lindezas más. Yo soy de la firme opinión que cuando ocurre algo así, lo mejor que se puede hacer es dejar que el ofendido se desahogue cuanto quiera, y pensar en otra cosa. Y yo me puse a pensar en la entrevista de mañana con el cirujano plástico y en cual sería una fecha buena para entrar de nuevo en quirófano. Cuando se cansaron de despotricar en mi contra, de nuevo se hizo el silencio y la calma. Les miré con aire inocente y le dije a Daniel que se estaba haciendo tarde, y mañana tendríamos que venir a la consulta del doctor Lasarte.
-Quedaos en casa, así os ahorráis un viaje-ofreció mi hermano.
-No sé. Sólo si prometes que se acabaron por hoy las broncas. Hasta mi paciencia tiene un límite.
-Vale, prometido.
Salimos los tres a la vez de la clínica, y mientras yo me fui a la casa de Diego, porque estaba cansada, ellos dos se acercaron a comprar algo para la cena. Mi hermano vive en una urbanización a las afueras de la ciudad, muy tranquila y rodeada de árboles y vegetación. Un remanso de paz, que ahora a la luz del atardecer se me antojó lo ideal para descansar de la tensión que había soportado. Me senté en el sofá del salón y me entretuve mirando las fotos que estaban sobre la mesita. Una de ellas era de mi padre, aquel padre al que nunca conocí y del que sólo sabía lo que Diego me había contado. En esta foto tenía cincuenta años, la misma edad que mi hermano en la actualidad, y eran bastante parecidos, aunque la tez del hijo fuese más oscura que la del padre. ¿Cómo habría sido mi vida si mi madre me hubiese contado la verdad? ¿Habría podido conocer a este hombre del que lo desconocía todo? No podía evitar pensar que me habían robado una parte importante de mi vida; y que ya era demasiado tarde para recuperarla. No sabía cuanto de mi carácter era de mi padre, ni cómo era su voz, ni si nos habríamos llevado bien o no. Dejé la foto en su sitio y me dije a mi misma que al menos había podido recuperar a mi hermano, y que debía conformarme, porque en cualquier caso, ya no había remedio.
Sonó el teléfono y dudé antes de cogerlo, pero pensé que era mejor contestar, y en todo caso, siempre podía darle a quien llamase el número del móvil de Diego. Me quedé sorprendida al escuchar la voz de Elia, pero juraría que otro tanto sintió ella cuando supo que era yo.
-¿Qué haces ahí?-me preguntó en tono de maestra de escuela enfadada.
-Buenas tardes. Pues dado que es la casa de mi hermano, no es tan raro, ¿no? Nos quedaremos aquí esta noche, mañana temprano tengo cita con el cirujano plástico, para hablar sobre la reconstrucción.
Se quedó callada, creo que pretendía darme unas explicaciones que desde luego yo no le había pedido, pero no sabía como hacerlo. Decidí cortar su sufrimiento, hablando de otra cosa.
-¿Y tu padre? ¿Cómo está?
-Bien, como siempre. Oye-dudó. Te preguntarás por qué llamo.
-No, Elia, ya sabes que yo tengo la buena costumbre, a diferencia de otras, de no hacer nunca preguntas. Suelo esperar a que me cuenten, si es que quieren contar, los propios interesados.
-Bueno, que no estamos cometiendo ningún crimen. Solemos hablar un rato todas las noches, o por lo menos cuando él no tiene guardia. El próximo fin de semana es posible que venga a verme.
-Vaya. Parece que la cosa toma un rumbo más serio de lo que yo pensaba. ¿Qué te puedo decir? Que me alegro mucho, por los dos. Y que espero que las cosas marchen según vuestros deseos.
-¿Lo apruebas?
Me eché a reír. ¿Quién era yo para aprobar nada?
-Yo no soy vuestra madre, guapa. Ya sois lo bastante mayorcitos para saber qué queréis y lo que os conviene. Yo tomé mi decisión cuando me tocó, y bastante duro que fue, así que ahora veré los toros desde la barrera, que es más divertido. ¿Quieres que le diga a Diego que has llamado? Ahora mismo deben de estar a punto de llegar, Daniel y él han ido a comprar unas cosas para la cena.
-No, no le digas nada. Ya le llamaré más tarde. Y tú llámame mañana para contarme lo que te hayan dicho de la operación.
Nos despedimos, y apenas había colgado el teléfono cuando aparecieron mis dos abroncadores, aunque ahora, aparentemente, venían en son de paz.








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