1 de julio de 2015

NOVELA 56


Al día siguiente a primera hora de la mañana la madre de Javier Valdés se acercó a la recepción. Era una mujer alta y majestuosa, con un enorme moño en forma de rodete y unos ojos oscuros y brillantes, muy similares a los de su hijo.
-Buenos días señora Valdés. ¿Puedo ayudarla en algo?
-Pues en realidad sí-le contestó ella. ¿Podríamos tomar un café juntas?
Amanda se sorprendió pero lo disimuló como pudo. ¿Iba a ser una norma tomar café con todos los huéspedes? Llamó a Carmen para que se ocupase de la recepción y acompañó a la señora a la salita que daba al jardín.
-¿Con leche y azúcar, señora Valdés?
-Por favor, llámame Ana. Y no me trates de usted. Yo demasiado vieja hasta para eso.
Ella asintió en silencio. Si Javier le había pedido a su madre que intercediese por él, le ajustaría las cuentas en cuanto le pusiese la vista encima. La anciana pareció leer sus pensamientos, pues mientras removía el café le dijo que su hijo no sabía ni debía saber que habían estado hablando.
-Seré una tumba-le prometió Amanda. Pues usted, tú-rectificó-me dirás que puedo hacer por ti. Espero que la estancia sea agradable, pero si hay algún problema…
-No es eso, querida-la atajó. Estamos muy cómodos. Quería hablarte de Javier.
Se detuvo para tomar un sorbo de café. Se sacó la alianza de casada y se la volvió a poner, empezando a darle vueltas en el dedo deformado por la artrosis. Amanda permanecía en silencio.
-Mi hijo es un chico muy especial-empezó ella. Aunque eso lo dirán todas las madres, supongo. Ya sé que a veces es demasiado callado y como la mayoría de los hombres, y especialmente los de mi familia, no sabe expresar muy bien sus sentimientos. Pero yo soy su madre y le conozco muy bien. En estos días me he dado cuenta de que, aunque él no se haya atrevido a decírtelo o no sepa cómo hacerlo, está enamorado de ti.
Amanda seguía callada, a la espera. Ana tomó su mano y la apretó levemente.
-¿Tú te has dado cuenta? Puedes llamarme vieja entrometida y tendrás toda la razón del mundo, pero creo que entre vosotros hay o al menos ha habido algo. ¿Tengo razón?-le preguntó en un tono en el que Amanda notó un cierto deje de súplica.
-No sé si Javier está enamorado de mí, Ana, esa es la verdad. Es cierto que hemos tenido algo, pero algo tan breve que ni siquiera sé cómo calificarlo. Y en cuanto al amor…sinceramente, no estoy segura de que tu hijo sea capaz de amar. Siento ser tan cruda-se disculpó al ver la cara de Ana. Pero tú me has preguntado y supongo que querrás la verdad; así que no te endulzaré la situación.
La anciana se enderezó y elevó, orgullosa, la barbilla.
-Soy hija y esposa de militar. Si algo tengo, quizá en demasía, es valor. Cuando una pregunta, a veces la verdad puede ser desagradable, pero yo siempre prefiero saber.
Se detuvo para beber café y luego siguió hablando en un tono algo más apagado que antes.
-Sin embargo, me gustaría saber por qué dudas de la capacidad de Javier para amar.
Amanda pensó la respuesta. No podía contarle la brusquedad con que la había tratado aquella única noche, después de hacer el amor, si aquello merecía tal nombre; ni siquiera hablarle de las numerosas chicas que formaban parte de una especie de harén o de ejército de salvación de su hijo. Así que se decantó por algo que era totalmente cierto y que le había dado, en su momento, la medida exacta de Javier.
-En una ocasión tu hijo me dijo que sólo había una mujer en el mundo a quien él estaba dispuesto a decirle “te quiero”. Ya te imaginas que esa mujer eres tú, su madre. Y también entenderás que eso me haga dudar de su capacidad para amar, pero sobre todo de la conveniencia de tener una relación con él. Es cierto que en estos últimos días está más cariñoso y atento conmigo, pero no puedo pensar en Javier de esa manera. Lo siento.





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