2 de julio de 2015

NOVELA 57


Amanda dejó a la madre de Javier con un cierto sentimiento de culpa, quizá porque siempre se había echado la culpa de todo lo que pasaba a su alrededor, pero también porque había descubierto que era una mujer buena y valiente que amaba a su hijo. Y también porque en cierto modo ella había puesto mucho de sí misma en aquella noche y él la había defraudado. Y ahora se daba cuenta de que estaba intentado deshacer el entuerto pero ya no era posible. Amanda Navarro lo daba todo cuando quería a alguien pero de la misma manera se desencantaba cuando esa persona la defraudaba. Siempre le había pasado, hasta con las amistades.
Javier Valdés en aquel momento estaba en su casa, sentado en la pequeña terraza con su madre. Su padre estaba algo delicado de salud y solía dormir la siesta después de comer. Ana se alegró de poder estar un rato a solas con su hijo. No pensaba contarle la conversación que había tenido con Amanda, pero si intentaría sondearle para intentar saber algo más. No tenía el sentimiento de ser una entrometida; simplemente le preocupaba su hijo. Todos los demás estaban ya casados y eran padres; tan sólo Javier continuaba, según ella pensaba, echando a perder su vida. Para ella, que se había casado a los veinticinco años y había dedicado su juventud a traer hijos al mundo y criarlos le resultaba inconcebible que un hombre de cuarenta años no estuviese encaminado en la vida, con una buena esposa que le cuidase y al menos un par de niños. Se dio cuenta de que estaba más delgado.
-Hijo-le dijo, tomando su mano-¿estás comiendo bien?
Él suspiró. Adoraba a su madre por encima de todas las cosas, pero en ocasiones ella parecía olvidar que ya no era un niño.
-Sí, Mamá, como perfectamente.
-Entonces es que trabajas demasiado y descansas poco. Si tuvieses a tu lado a una buena chica que se ocupase de ti, las cosas serían diferentes.
Javier encendió un cigarrillo, a pesar del ceño fruncido de su madre, a la que no le gustaba el humo. Pero estaban al aire libre y él lo necesitaba.
-No quiero a nadie a mi lado, no sería capaz de compartir con otra persona mi vida. Ya estoy demasiado acostumbrado a estar solo.
-Tonterías-refutó ella firmemente. Mírate, con cuarenta años ya bien cumplidos, una carrera estupenda y un trabajo, una casa preciosa, y ¿para qué? De nada sirve todo eso si cuando acabas la jornada y llegas a casa no encuentras a nadie que te abrace, que te pregunte cómo ha ido el día, que te sirva la cena y con la que puedas hablar.
Javier se rio con una risa ronca que dejaba entrever algo de pena.
-Mamá, tienes unas cosas que me hacen pensar que no eres de este mundo. Eso sería en tus tiempos. Tú te has comportado siempre así con Papá, y fuiste una madre estupenda para todos nosotros. Pero hoy las chicas son distintas. Quieren otra cosa.
-¿Ah, sí?-preguntó la madre, mirando hacia el horizonte. Pues no sé qué más puede desear una buena muchacha que un hombre a su lado que la quiera y unos hijos. Esa es la sal de la vida.
Javier meneó la cabeza con algo de impaciencia.
-Déjalo Mamá, no nos pondríamos de acuerdo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué has hecho esta mañana antes de que os recogiese en el hotel?
-Ah, pues nada importante. He estado tomando un café y charlando con esa chica tan amable, la del hotel. No recuerdo su nombre-dijo, en el colmo de la desfachatez.
-Se llama Amanda, y se me hace raro que no lo sepas. Nunca olvidas nada.
-Ay, hijo, pero es que me hago vieja. Si, ahora lo recuerdo. Pues eso, que hemos estado desayunando juntas y hablando. Es una muchacha muy bien educada.
-¿Y cómo es eso de que habéis tomado café juntas?
Ana empezó a girar su alianza en el dedo.
-La verdad es que ella me invitó-ella misma estaba asombrada de su capacidad para mentir. Nos encontramos en la recepción, se acercó a saludarme y me pidió que tomase un café con ella. Yo creo que fue como deferencia hacia ti-terminó, con cara inocente.
Javier soltó un bufido.
-¿Deferencia? Por si no lo sabes, piensa que soy un gañán y un maleducado.
-No, hijo, no lo creo-contestó ella, conciliadora. Lo que pasa es que siempre has sido muy brusco, como tu padre, por cierto. Y esta chica se ve que es muy dulce y posiblemente estará acostumbrada a otras cosas. Deberías llevarla a cenar, enviarle unas flores, unos bombones, invitarla a ver una buena obra de teatro e la ciudad…
-Que no, Mamá, que no quiere saber nada de mi.
-¿Y tú de ella?-se atrevió a preguntar.
Javier dio una calada al cigarro y luego lo aplastó con furia en el cenicero.
-No sé para qué me haces preguntas tontas si sabes la respuesta. Nadie me conoce como tú. Si, si y sí. Estoy enamorado de ella, maldita sea una y mil veces.
Y se marchó de la terraza dejando a su madre desolada. Nunca le había visto así. Juraría que tenía los ojos llenos de lágrimas cuando se marchó. ¿Qué podía hacer ella por este muchacho?




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