3 de julio de 2015

NOVELA 58



Javier fue a lamerse las heridas de la mejor manera que sabía hacerlo; corriendo. Era la medicina que se recetaba a sí mismo desde la adolescencia y casi nunca le fallaba, aunque en esta ocasión, a pesar de que corrió ocho kilómetros y llegó a casa sudoroso y cansado; seguía viendo de igual manera el problema de Amanda. Ante sí mismo reconocía que se había comportado con ella como un verdadero troglodita y cuando quiso arreglarlo tampoco estuvo muy despierto. Aunque tenía cuarenta años y se había acostado con innumerables mujeres, había sido solo eso; sexo, sin ningún tipo de compromiso. Nunca había sentido lo que ahora sentía cada vez que veía a Amanda. Estaba equivocado cuando pensó que podía ser una más, y el peor error fue precisamente haberla tratado así. Amanda no era una más; era Amanda, única, y sabía que nunca le perdonaría su torpe reacción aquella única noche que pasaron juntos. Mientras se duchaba llegó a pensar que tal vez era un egoísta, porque si la amase de verdad estaría contento de que ella fuese feliz al lado de ese maldito inglés, o lo que fuese. Pero no podía remediar sentir deseos de estrangularle cada vez que les veía juntos. Había algo en ese tío que no le gustaba ni lo más mínimo y además de sus propios celos también estaba el temor de que le hiciese daño a Amanda.
Había alguien que pensaba exactamente igual que Javier. A Vera Ravenscroft tampoco le gustaba Michael y de hecho se marchó al día siguiente de su llegada y volvió cuando una discreta llamada a Inma la convenció de que ya se había ido. Le había tomado mucho cariño a Amanda porque le recordaba a su querida Irene, y a veces pensaba que realmente esa chica a la que acababa de conocer era la única persona que tenía en el mundo. Y Michael se parecía demasiado a Paul. Cuando le vio la primera vez el parecido físico le llamó la atención, pero luego, en las pocas conversaciones que habían tenido se dio cuenta de que como Paul era egoísta y aunque pareciese estar muy pendiente de Amanda, en realidad pensaba antes que nada en sí mismo. Y la pobre muchacha era tan boba y estaba tan enamorada como lo había estado su tía.
Tan ensimismada estaba en esos tristes pensamientos que no se percató de que Amanda acababa de llegar al jardín. Se sentó a su lado en el banco enfrente del pequeño estanque y tomó su mano.
-¿Cómo no me dijo que venía? Hubiese ido a recogerla a la estación.
-No, Darling, ¿Para qué? Un taxista muy amable me trajo sin problemas. Yo sé que tú siempre estás muy ocupada y no tenía sentido hacerte perder el tiempo.
Amanda se toqueteó el pelo, como solía hacer cuando estaba nerviosa. Le molestaba preguntar, pero tenía que hacerlo. No era de las personas que se quedan con las dudas.
-Vera, quiero hacerle una pregunta, pero de antemano le ruego que no se moleste.
-No creo que nada que venga de ti me pudiese molestar, Darling.
-¿Se ha ido unos días porque de verdad tenía cosas que hacer en la ciudad o porque le molesta la presencia de Michael?
La anciana se colocó de nuevo la pamela, esta vez blanca, a juego con su bolso y sus zapatos. Aquella chica era tremendamente inteligente y no se la podía engañar fácilmente. Pensó que cuarenta o cincuenta años atrás, de haberse encontrado con alguien así, Paul la hubiese reclutado.
-Pues, hay algo de ambas cosas, Darling-le contestó con una franca sonrisa. Podría decirte que me fui porque había asuntos muy urgentes que me reclamaban, pero estaría mintiendo. Y a ti no quiero mentirte. Es verdad que tenía que hacer cosas en la ciudad, pero no era urgente. Cuando llegó tu amigo-Amanda se dio cuenta de que evitaba llamarle por su nombre-la verdad es que sentí que era el momento de marcharme unos días.
-¿Por qué no le gusta? Él siempre es muy cortés con usted y yo creo que la aprecia sinceramente.
-No lo dudo, Darling. Tu Michael es una persona de mundo y un caballero, mucho más amable que el arquitecto. Sin embargo, yo creo que ese pobre muchacho es bruto pero sincero, y el otro…
-No siga, Vera, por favor, sabe que le amo.
-No, no la haré, niña. La verdad es que no tengo nada en contra de él, no me ha hecho nada ni tengo pruebas de que no sea un hombre honorable. Es tan sólo algo que me nace de dentro. Le veo y…
-Le recuerda demasiado a Paul-sentenció Amanda. Lo sé, no me lo niegue. Y no la culpo porque hasta a mí, que no he conocido a Paul, Michael me lo recuerda cuando leo las cartas de mi tía. Y sin embargo, lo que no entiendo, es que usted apreciaba a Paul.
-Sí, mucho. Pero la vida tiene esas incongruencias. Tu muchacho es también, como Paul, un tipo encantador. Y eso es lo peor.
Y con esta frase Vera dio por zanjada la conversación pidiendo a Amanda que fuesen a la casita para darle a Inma un regalo que había comprado para el bebé.




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