5 de julio de 2015

NOVELA 59


Casi a la misma hora Michael estaba en una oficina, dando cuentas del trabajo de las últimas semanas. Era consciente de que su vida era escudriñada de vez en cuando, por sus propios compañeros. Aquí no existía la confianza, porque eso significaría peligro, y en algunos casos, la muerte. No se confiaba en nada ni en nadie, tan sólo en uno mismo. La mujer que tenía enfrenta ya no cumpliría los sesenta pero su piel todavía conservaba algo de la tersura de la juventud y en sus ojos todavía había una llama viva como una piedra preciosa. Era su superior, a quien rendía cuentas y quién lo sabía casi todo de él.
-Sabemos de tu relación con la muchacha del hotel
-Somos socios-respondió él, sabiendo que era una perogrullada, pero quizá por ganar tiempo.
Ella encendió un cigarrillo, a pesar de que allí estaba prohibido fumar. Pero se había ganado a pulso su autoridad y podía hacer lo que le viniese en gana. Paladeó el humo con deleite. Su médico no estaría de acuerdo y sus pulmones tampoco lo estaban, pero su vida ya era demasiado complicada para no permitirse los pequeños placeres.
-Hazme el favor de no decir tonterías en mi presencia. Te acuestas con ella, y eso a mi comprenderás que me da igual. No será la primera ni la última. Pero creo que con ésta es diferente y quiero que sepas que no consentiré que pongas en peligro nuestro trabajo. No conoces ese refrán español que dice que donde tengas la olla no metas la polla?
Michael se rio a carcajadas, sin poder evitarlo, aunque tampoco lo intentó. La conocía desde hacía muchos años y sabía que ella era así, descarada, irreverente y sincera como sólo una mujer excepcional puede serlo.
-Hazme el favor, chico-siempre le llamaba así, a pesar de que le sacaba, como mucho, veinte años. Te conozco desde que llevabas pantalones cortos, y conozco tus genes. Eres igual que tu padre, en lo bueno y en lo malo. Como él eres inteligente, valiente y decidido. Pero también como a él te pierden los sentimientos. No cometas sus errores. Sufrió mucho y por descontado no hizo feliz a nadie.
Ella siguió apurando su cigarrillo hasta consumirlo. Lo aplastó despacio en el cenicero que tenía encima de su mesa, contraviniendo todas las normas.
-Si quieres continuar aquí y escalar puestos…deja el corazón en el bolsillo y limítate a disfrutar de tu ego de machito. Pero no comprometas tus sentimientos o estarás perdido.
-¿Hablas por experiencia?-le preguntó Michael, mirándola a los ojos con toda desfachatez. Quería provocarla y que le echase con un exabrupto del despacho. No sería la primera vez. Pero para su sorpresa, no lo hizo.
-Sí, jovencito. Hablo por experiencia. Aunque no lo creas, yo fui joven y sentí, y amé. Ese amor casi me cuesta el puesto y la vida. Pero pudo más mi cabeza y me mantuve firme. No he llegado hasta donde estoy por ser una romántica. Mi corazón quedó enterrado hace mucho tiempo y desde entonces lo único que hice fue trabajar para conseguir más poder. Amar no sirve para nada, excepto para sufrir. Espero que te quede bien claro.
Michael asintió, y se levantó para marcharse. Cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta, ella le llamó. Se dio la vuelta despacio y la miró a los ojos.
-Espero por tu bien y por el nuestro en general que no le hayas dicho nada de todo esto. Ella sigue creyendo que eres un hombre de negocios, más o menos honrado… ¿O no?
-Por supuesto que sí. No soy un novato
Cuando salió ella pensó que mentía bien, pero no lo suficiente, o al menos no para ella, que había sido una de sus maestras. Levantó el teléfono y con voz apagada dio orden para que le vigilasen de cerca y grabasen todas sus conversaciones y mensajes.


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