5 de julio de 2015

NOVELA 60



Michael no había nacido ayer y ya llevaba mucho tiempo en aquel trabajo para no darse cuenta de que ahora mismo le tendrían vigilado. Lo sabía y actuaría en consecuencia. Le dolía no poder llamar ni enviar mensajes a Amanda durante un tiempo, pero era un daño colateral más con el que había de convivir. Y ella también, aunque le costase. Se imaginaba que pensaría lo peor, que sufriría viéndole herido o muerto, pero no podía arriesgarse ni arriesgarla a ella. Cuando salió de allí tomó el coche y se fue al destino que le habían marcado. Era relativamente cerca, a dos horas escasas. Se alojó en el hotel que se había previsto y a los ojos de todos ahora era un turista de vacaciones. Nada más llegar se duchó, se cambió de ropa y salió a la calle con la consabida cámara de fotos. Ante la recepcionista que le atendió solamente habló inglés, fingiendo no saber nada de español. Era la mejor manera de enterarse de todas las conversaciones. La gente se siente muy suelta hablando ante un supuesto guiri rubio de ojos azules que no entiende absolutamente nada de lo que se dice. Hizo su trabajo con la maestría de siempre, sacando las fotos adecuadas en el momento adecuado, escuchando las conversaciones que debía escuchar y representado a la perfección su papel.
Cuando volvió eran ya las nueve de la noche. Estaba cansado, pero no podía todavía irse a la cama. Lo primero era escribir y mandar el informe a la oficina central. Le llevó menos de una hora. Era un hombre de acción y de ideas claras. Luego decidió salir a cenar fuera del hotel, aunque lo que le apetecía era ordenar una cena ligera y que se la trajesen a su habitación. También le apetecía hablar con Amanda, y no podía.
Eligió un restaurante que estaba dos calles por detrás del hotel, muy frecuentado por los turistas que se alojaban en la zona. Pidió ensalada y una chuleta de carne roja que regó con una cantidad generosa de vino, a pesar de que no bebía. Pero era un inglés de vacaciones y se supone que en busca de alcohol y también de sexo. Sabía, aunque no los había localizado, que tendría a un par de compañeros vigilándole, y quizá por eso decidió darles carnaza. Al entrar se había fijado en una mujer de unos cincuenta años que cenaba sola. Era alta, morena y con un cuerpo y una cara que decían a gritos que no solo se debían a la genética, sino también al dinero y al buen hacer de un cirujano. La miró descaradamente y ella en lugar de bajar la mirada le correspondió con una sonrisa abierta e incitante. Se sentó en la mesa de al lado y comió con tranquilidad, aunque de vez en cuando la miraba y ella le correspondía. Pidió al camarero que llevase dos cafés a la mesa de su vecina y se sentó a su lado sin pedirle permiso. Era americana, como había supuesto; lo cual le venía bien porque no sería necesario desmontar su personaje. Después de dos cafés y una breve charla de menos de media hora ya sabía que se alojaba en un hotel a cinco minutos de allí. Pagó la cuenta y salió tomándola por la cintura y hablándole al oído. De reojo vio que un hombre que fingía estar inmerso en la carta de postres salía apresuradamente y les seguía.
No era la primera vez ni sería la última que Michael se acostaba con una mujer sin sentir nada por ella; y tampoco era la primera vez que lo hacía casi por deber, por su trabajo. En la mayoría de las ocasiones era para obtener información; en este caso trataba de lavar su imagen, de dar a entender que lo suyo con Amanda no era más que un mero pasatiempo.
Mientras la desnudaba, la abrazaba y hacía lo que se esperaba de él, pensó durante unos segundos en la diferencia de tener a Amanda entre sus brazos. Pero cerró los ojos a los sentimientos y a la imagen de la mujer que amaba y se limitó a actuar como un macho en celo, sin tener en cuenta nada más que satisfacer un ansia que en el fondo ni siquiera existía. Cuando terminó de buena gana se hubiera marchado corriendo a su hotel, se hubiese dado una ducha y tratado de olvidar. Pero sería un comportamiento injusto con aquella desconocida de la que solo sabía que se llamaba Ann, y sobre todo, deseaba pasar la noche con ella para que quienes lo vigilaban tomasen buena nota e informasen.
Tardó en conciliar el sueño a pesar de su cansancio. Se imaginó que a esa hora Amanda estaría también en aquella cama que habían compartido y que probablemente tampoco podría dormir; en su caso preocupada por su propia seguridad. Michael no creía en ningún Dios, pero pidió aún sin saber a quién que protegiese esa relación que tanto le aportaba. Era consciente de que Amanda podría cansarse de tanto misterio, de tenerle solo a ratos y de no saber nunca dónde ni con quien estaba. Ojala fuese tan fuerte como él creía que era y sobre todo ojala le amase por encima de todo para soportar los sacrificios que él tendría que infringirle, a pesar de que le dolía hacerlo como nunca hubiese imaginado.




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