6 de julio de 2015

NOVELA 61



Cuando pasaron tres días sin tener noticias de Michael Amanda empezó a preocuparse. Daba gracias por su trabajo, porque la mantenía con la cabeza ocupada gran parte del día. Pero las noches eran una tremenda tortura. No lograba conciliar el sueño y miraba su móvil mil veces. Rogaba, suplicaba, hacía promesas a todos los dioses para que le llegase un mensaje, aunque fuese breve. Solamente quería saber que seguía vivo. Su estado de ánimo empezó a reflejarse en su cara, sobre todo porque llevaba esos tres mismos días sin probar bocado, alimentándose de café y té. Una tarde en que volvió a casa un poco antes de lo acostumbrado se encontró con Inma que estaba llegando también. Se sentaron juntas en el banquito del jardín antes de entrar en casa. Hacía una tarde espléndida y era una pena meterse entre cuatro paredes. Amanda apoyó la cabeza en la pared, agradablemente cálida por el sol de la tarde, y sintió que la jaqueca que la estaba martirizando remitía un poco. Sin darse cuenta suspiró demasiado fuerte y su amiga la miró con detenimiento.
-Amanda, seguramente me vas a decir que me ocupe de mi vida, pero tú no estás bien. No sé lo que te pasa pero no estás bien. ¿Es por el rubio? ¿Lo habéis dejado?
Amanda la miró con desagrado.
-No le llames el rubio, tiene nombre. Y no, no lo hemos dejado. Todo está bien.
-No, no puede estar bien porque pareces una zombi. ¿Tú te has visto esas ojeras? Y has adelgazado. Ese vestido te sienta como un saco.
-Gracias. Es agradable tener amigas que le levanten el ánimo a una.
-La verdad es la verdad. Y me tienes muy preocupada. Yo creo que el tal Michael no te conviene. ¿Qué necesidad tienes de estar ahí como una pazguata esperándole cuando puedes tener a todos los hombres que te dé la gana?
-Le quiero a él-respondió con un mohín, como una niña pequeña.
-Ya… ¿Y él te quiere a ti? Porque eso también es importante.
Amanda se irguió y pasó las manos por la desordenada melena. De repente sintió ganas de echar de su casa a Inma y también a Vera. No dudaba del cariño de ninguna de las dos, pero lo que menos necesitaba en ese momento era que sembraran más dudas en su interior. ¿Ellas qué sabían? Le corroía por dentro el deseo de decirles a ambas toda la verdad para que dejasen de hablar mal de Michael. Pero no podía hacerlo y tenía que tragarse en secreto su miedo y su dolor.
-Claro que me quiere. No quiero ser grosera, Inma, pero al igual que cuando le ocultaste a Lucas lo del bebé y no me permitiste juzgarte, no te voy a dejar que hables mal de Michael o que opines sobre nuestra relación.
Inma acusó el golpe, pero no dijo nada. En el fondo tenía razón. Cada uno era libre de cometer sus propios errores y ella no era nadie para juzgarla. De repente ya no sintió ganas de contarle que Miguel le había propuesto que se mudase a su casa ahora que todavía faltaban un par de meses para el parto. Estaba muy ilusionada con hablarlo con Amanda pero se dio cuenta de que no era el momento adecuado. Su amiga lo estaba pasando muy mal aunque no quisiera contarle el motivo y ella no podía darle la noticia justo cuando ella estaba sufriendo. Se levantó despacio y antes de entrar en la casa le acarició levemente el pelo.
Ese pequeño gesto hizo que Amanda, al quedarse sola, se derrumbase y las lágrimas que había contenido durante esos tres días salieron como si se le hubiesen derrumbado las compuertas del alma. Para que nadie la viese en ese estado salió por la cancela trasera y se internó en el bosque, recorriendo exactamente el mismo camino que había hecho con Michael el día que él se lo confesó todo. O lo que quiso confesarle; estaba segura de que había callado muchas cosas. Caminó hasta que le dolieron las piernas y sólo entonces se sentó sobre el tocón de un árbol. Miró hacia la iglesia, con el cementerio al lado, justo enfrente de ella, en la colina gemela. Y de repente tuvo ganas de visitar la tumba de Irene. No había ido al entierro y desde que estaba en el pueblo tampoco se había acercado a dejar ni unas simples flores. Quizá era un gesto poco cariñoso por su parte, pero nunca lo había pensado y además, en vida no quiso a su tía. Había aprendido a admirarla y a encariñarse con ella a través de las cartas. Aunque ya faltaba poco para que anocheciese, tomó un atajo y en diez minutos estaba ante la verja del cementerio. La empujó despacio y chirrió de una manera desagradable. No se acordaba muy bien de dónde estaba la tumba de la familia, pero creía recordar que se encontraba en el otro extremo. Anduvo despacio, leyendo los nombres y edades de la gente enterrada. Le dio un vuelco el corazón al ver que había un espacio del cementerio dedicado a los niños. Se detuvo un instante, leyendo las lápidas. Había muchos bebés que se habían muerto antes del año. Recordó a su madre cuando decía que antes la mortalidad infantil, sobre todo en los pueblos donde la atención médica era escasa, solía ser alta. Se detuvo ante una de las tumbas en la que había flores frescas y un osito de peluche que por su aspecto alguien debía de haber colocado recientemente. Era la tumba de esa prima que nunca conoció. No sabía que Elena estaba enterrada allí. Siempre supuso que había muerto en el extranjero. Tocó la fría piedra durante un momento y se le llenaron los ojos de lágrimas. Era casi como estar inmersa en la lectura de una novela y darse cuenta de que los personajes son reales.
Siguió caminando hacia el otro extremo del camposanto y no le hizo falta buscar mucho. Enseguida vio una figura familiar de pie ante una tumba; y sabía que ahí era en donde estaba enterrada Irene. Vera estaba dejando un ramo de rosas rojas delante de la tumba y como ella acababa de hacer, acariciaba la piedra con ternura.





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