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NOVELA 62



Amanda pensaba que no la había oído llegar pero sin mirarla le hizo un gesto para que se acercase y la tomó de la mano.
-Me alegro de que hayas venido, Darling. Quizá era hora ya de que la visitases.
A pesar de sus palabras, no había reproche en su voz, sino algo tan simple como un hecho constatado. Amanda asintió en silencio y miró con detenimiento la sencilla lápida de mármol. Allí estaban también enterrados sus abuelos y bisabuelos. Cuando su madre murió ella habría querido enterrarla aquí, con su familia. Sabía que ella así lo hubiese deseado, pero su padre no lo permitió y legalmente era él quien podía decidir.
Estuvieron todavía allí de pie unos cinco minutos más, en completo silencio; hasta que la anciana pareció regresar de un viaje a dentro de sí misma y apretando la mano de la joven le dijo en voz baja que era hora de marcharse. Salieron en silencio y Amanda le preguntó si quería que avisase a uno de los dos taxistas que había en el pueblo.
-Por supuesto que no-dijo Vera con voz ofendida. Apuesto a que tú te cansas antes que yo. Sin embargo, déjame que me apoye en tu brazo. A veces mi pierna derecha no me responde como debería.
Estaba ya anocheciendo y hasta el cementerio llegaba el aroma del mar mezclado con el de los pinos. El sol se ponía lentamente dejando una estela dorada en el horizonte.
-Mañana hará buen tiempo.
-¿Por qué lo sabes? A ti no te duelen los huesos todavía…
-Mi madre siempre decía que cuando el sol se está poniendo y el cielo se ve dorado o anaranjado es que el día siguiente será bueno.
-Interesante-musitó Vera. Aunque a mí no me disgusta que llueva. Supongo que aunque no quiera tengo mucho de inglesa.
Amanda rio con ganas.
-Pues sí, sobre todo en la manera de vestir. Nadie más que usted podría ir siempre con pamelas, sombreros, guantes y bolso. Parece que la reina la ha invitado a tomar el té.
-No seas irreverente, Darling. A cierta edad hay que mantener siempre la compostura; es lo que nos queda.
Y de repente su tono de voz cambió y se le animó el semblante.
-Irene sí que era una mujer hermosa. No necesitaba gran cosa para estar deslumbrante. Daba igual que se vistiese con trajes de fiesta, pieles y joyas que se pusiese un simple vestido de estar por casa. Su belleza venía de dentro.
Amanda se quedó pensativa. Desde hacía unos días tenía ganas de hacerle a Vera una pregunta, pero era tan íntima y personal que le daba apuro y desde luego sabía que sería el colmo de la incorrección. Sin embargo, había una parte de diablillo en ella que siempre la llevaba por la senda que no debía recorrer. Vera se dio cuenta de su incomodidad y le preguntó qué le pasaba.
-Me muero por saber algo-suspiró Amanda. Pero tengo miedo de que si pregunto usted deje de hablarme para siempre.
Ella se rio de buena gana.
-No, Darling, no dejaré de hablarte, lo prometo. Todo lo más, no te contestaré sí creo que no es de tu incumbencia o la pregunta me disgusta.
Tomó aire y lo dejó caer al tiempo que pasaban por delante de la taberna donde alguna vez habían tomado café.
-¿Cómo es estar con una mujer?
Lo dijo rápido, sin mirarla. Y esperó su reacción, pero la cara de Vera no cambió. Siguió caminando a su lado, apoyada en su brazo, aunque ella era mucho más alta y a pesar de su edad se veía más fuerte que ella.
-No seas cursi, niña. No lo soporto. Si quieres saber, pregunta claramente.
-Lo he hecho.
-No. Puede que no hable español a la perfección, pero la pregunta correcta sería como es acostarse con una mujer. ¿No es así?
Amanda se ruborizó. Pero miró a la anciana a los ojos y asintió. De repente se sintió como una niña pequeña a la que pillan en una travesura o viendo algo que no debería haber visto. Le recordó a un episodio de su infancia; antes de su octavo cumpleaños. Sabía que su madre le había comprado el regalo y lo tenía escondido en casa. Tenía que ser una sorpresa. Pero tenía tantas ganas de saberlo que no paró hasta descubrir el escondite. Su madre la sorprendió mientras abría el paquete y aunque no le dijo nada, su cara de decepción por haberle robado la oportunidad de sorprenderla le quitaron toda la alegría del regalo.
-Quieres saber lo que se siente al hacer el amor con otra mujer. Pues siento decirte, Darling, que no le has preguntado a la persona adecuada. No lo sé. Me acosté con más hombres de los que puedo recordar. Con algunos fue estupendo, con otros…más bien un ejercicio gimnástico o una triste parodia…pero con una mujer…no lo sé.
-Pero yo pensé que…ya sé que mi tía amaba a Paul y no le gustaban las mujeres, pero usted…
Vera sonrió con un gesto rayano en la resignación.
-De qué simpleza nos viste la juventud, pequeña. La vida no es así, tan sencilla. Yo amé a Irene más que a nadie en el mundo, pero no me acosté con ella. Y no por eso la amé menos. Tampoco lo hice con otras mujeres.
-¿Por fidelidad a mi tía?
-Claro que no. Fidelidad es una palabra que no uso demasiado. Prefiero hablar de lealtad, que es más amplia. No, no fue por nada de eso. Simplemente, no me apetecía acostarme con ninguna mujer que no fuese ella. No me ha atraído nunca más mujer que Irene. Ya te dije una vez que pienso que la gente debe enamorarse de personas, sin que importe que sean hombres y mujeres. Yo nunca me enamoré de otra mujer ni sentí deseo carnal hacia ninguna. La amé a ella.
Amanda ya había ido tan lejos en sus preguntas que decidió que una más carecía de relevancia.
-¿Amó a algún hombre?
Vera se quedó pensativa.
-Tanto como a Irene no. Aunque es verdad que quise bastante a Paul.
-Pero…
Vera la interrumpió.
-Fuimos amantes mucho tiempo. Antes de que conociese a Irene. Y creo que en cierta manera le amé. Pero cuando terminó la novedad o la pasión se fue, aquello se convirtió en un sentimiento de amistad y de confianza mutua.
-Por eso cuando mi tía estaba embarazada Paul la dejó con usted.
-Así es, Darling. Me confió a alguien muy importante para él y yo no le defraudé.



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