8 de julio de 2015

NOVELA 63


Michael tampoco llevaba bien no poder comunicarse con Amanda; y fundamentalmente su malestar era por ella. Él era perfectamente capaz de sobrellevar la situación, pero sabía que ella lo estaría pasando muy mal, y aunque nunca le había pasado antes, su sufrimiento le hacía daño. No era una situación que le agradase. Nunca había estado enamorado, o por lo menos él nunca había sido consciente de ello. Ahora la añoranza de Amanda le hacía más vulnerable y eso era algo que en su trabajo no se podía permitir. En ciertos momentos tenía ganas de dejarlo todo y crearse una nueva vida, más normal. Pero era algo complicado. Los servicios secretos habían invertido en su formación tiempo y dinero, y no dejarían que se marchase así, de rositas. Y por otra parte, siendo totalmente sincero consigo mismo, él tampoco resistiría demasiado tiempo fuera de la vorágine y del peligro al que siempre se había visto sometido. No se veía como simple hombre de negocios o en una oficina de ocho a tres. Estaba acostumbrado a mentir, a engañar, a esconder su verdadero yo, a vivir dando la mano al peligro, a no saber si ese sería el último día de su vida. Sólo estaba tranquilo cuando sentía en su mano la seguridad del peso de su pistola, y ponerse un chaleco antibalas era para él lo más normal del mundo; como para los ejecutivos llevar maletín y corbata. A los quince años descubrió la verdadera vida de su padre, y no porque él se lo contase, sino de manera accidental. Y en cuanto pudo, trató de entrar en ese oscuro mundo del que luego es muy difícil salir. Pero lo cierto es que nunca pensó en arrastrar a nadie consigo. Y Amanda era un ser tan puro, tan inocente y tan llena de amor que le dolía en el alma mantenerla engañada o que se preocupase por su seguridad.
Mientras actuaba como supuesto empleado de una empresa de telefonía, con el preceptivo mono de trabajo y en realidad se dedicaba a pinchar los teléfonos de cierto edificio, pensaba en la manera de hacerle saber a Amanda que estaba bien. Quedaba descartado enviarle un mail o un whatsapp. En la central sabrían en un minuto que se había puesto en contacto con ella. El trabajo que estaba haciendo para él era pura rutina mecánica y le dejaba la mente libre para pensar en alguna solución. Y de repente dio con ella. Sería más sencillo de lo que pensaba.
Al día siguiente Amanda recibió la llamada de Magdalena desde la conservera. Le pedía que se acercase allí en cuanto pudiese para recoger un paquete que había llegado para ella de una empresa de publicidad. Quedaron en que se pasaría a las tres, antes del cambio de turno.
Aparcó el coche delante de la puerta del almacén y entró en la oficina. Magdalena tenía el paquete ya en el mostrador, y Amanda mostró su extrañeza.
-¿Hemos tenido contactos antes con ellos?
-No, al menos que yo recuerde. Tu tía no era muy partidaria de campañas publicitarias. Pensaba que era mejor el boca a boca. Ya sabes, la gente de cierta edad…Y Michael le dejaba hacer, sobre todo porque las ventas y los beneficios siempre han ido en aumento. Pero bueno, será una empresa nueva que quiere darse a conocer.
-Bien, en todo caso le echaré un vistazo y cuando Michael vuelva lo comentaremos. Gracias por avisarme.
Dejó el paquete descuidadamente en el asiento trasero del coche y se puso en marcha. Era un día ajetreado en el hotel; entraban varios huéspedes y tenía que estar en la recepción. Hasta las siete de la tarde no tuvo tiempo de mirar el paquete, y lo cierto era que tampoco le picaba la curiosidad. Su mente estaba totalmente absorta en el trabajo pero sobre todo en Michael. Llevaba cinco días sin noticias y aunque pretendía mantenerse tranquila, cada hora que pasaba estaba más angustiada. Mientras se tomaba el cuarto té de la tarde abrió la correspondencia atrasada de dos días y por último el paquete que Magdalena le había entregado. Contenía lo esperado; folletos publicitarios, una amable carta ofreciendo sus servicios, un estudio del tipo de publicidad que la conservera necesitaría…lo típico. Iba a guardarlo todo en el cajón de su mesa cuando descubrió entre los últimos folletos lo que parecía una hoja arrancada de un libro. Le llamó la atención y la tomó para verla con detenimiento, pensando que a alguien se le había traspapelado.

THE year 's at the spring,
And day 's at the morn;
Morning 's at seven;
The hill-side 's dew-pearl'd;
The lark 's on the wing;
The snail 's on the thorn;
God 's in His heaven—
All 's right with the world!


Lo leyó de nuevo y de repente sintió que las mejillas le ardían y los ojos se le llenaban de lágrimas. Era “La Canción de Pipa” de Robert Browning, y solo Michael se lo podía haber enviado. Los dos lo habían recitado muchas veces juntos; les gustaba el significado de los versos y sobre todo el ritmo. Amanda recordó alguna noche en que Michael se lo recitó al oído. Sabía que era una manera de decirle que estaba bien y que se acordaba de ella. “Dios está en su Cielo y en el mundo todo marcha bien”. No sabía por qué motivo no podía ponerse en contacto con ella, pero había querido que estuviese tranquila. Apretó el papel contra su pecho como si fuera el propio Michael a quien estaba abrazando, y se sintió tan contenta que dio unos pasos de baile por la recepción sin mirar antes si había gente o no. Nada le importaba en ese momento. Y de repente cayó en la cuenta de que tenía hambre, mucha hambre. Hacía cinco días que no comía decentemente. Le pidió a Carmen que se hiciese cargo de la recepción durante una hora y se fue a casa para dar cuenta de un enorme bocadillo de queso, tres yogures y dos naranjas. Estaba tan contenta que cuando llegó Inma la agarró de las manos e hizo que diese unos pasos de baile, con lo cual su amiga pensó que definitivamente se había vuelto loca perdida.
-Esta bipolaridad tuya me está resultando ya insoportable-le espetó cuando pudo parar a tomar aliento. Deberías medicarte.




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