9 de julio de 2015

NOVELA 64




Amanda se rio a carcajadas. Estaba tan contenta que nada podía molestarla. De repente se dio cuenta, como si no la hubiese visto en muchos días, aunque compartían la misma casa, que Inma se había puesto enorme. Parecía un balón a punto de estallar. Y le remordió la conciencia pensar que no había estado a su lado de la manera que ella merecía. La ayudó a que se sentase y preparó té para ambas. Ya más tranquilas se sentaron en la cocina. Estaba declinando el día y por la ventana entraba un halo de luz que se estrellaba en la madera del suelo y de los armarios. La porcelana de la tía Irene parecía dotada de luz propia y por un momento Amanda pensó que la vida era agradable, aunque nos diese alguna bofetada de vez en cuando.
-Perdona lo de antes. Estaba muy contenta-se disculpó.
-Prefiero verte así que como un alma en pena vagando por la casa. Y egoístamente me conviene que estés de buen humor. Tengo que decirte algo y no sé cómo te lo vas a tomar.
Amanda la miró, esperando que continuase. No le gustaban los circunloquios y sabía que a su amiga tampoco.
-La semana que viene me mudo.
De todas las cosas que podía esperar escuchar, esta no era una de ellas. No supo qué decirle. Quizá lo justo sería pedirle perdón por haberla dejado de lado, por no prestarle la atención debida o por estar demasiado inmersa en sus propios problemas. Pero a la vez que culpable también se sentía algo molesta porque bien pudo Inma decirle que se encontraba incómoda o hablarle de sus necesidades. Ella no tenía una bola de cristal para adivinar el estado de ánimo de cada persona.
-Pudiste haberme dicho que no estabas bien, pudiste haber hablado conmigo antes de tomar esa decisión. ¿Puedo saber a dónde te vas? Me imagino que vuelves a la ciudad.
-No. Me voy a vivir con Miguel. En cuanto nazca el niño y yo me haya repuesto nos vamos a casar. Mi hijo será de los dos. Ha sido decisión suya y a mi me hace muy feliz.
Inma se quedó callada. Aunque casi nunca solían faltarle las palabras ahora no sabía qué decir. A ella le parecía una decisión muy precipitada pero desde luego Inma era una mujer adulta y perfectamente capaz de llevar su vida como mejor le pareciese. Sin embargo había un detalle que sí le preocupaba, aunque no fuese asunto suyo. Y no sabía si debía preguntárselo o no.
-¿No te alegras por mí?-le reprochó Inma, mirándola fríamente.
-Claro que me alegro, me alegro mucho.
-Pues por tu cara…cualquiera lo diría. No me vengas con tus monsergas de que es demasiado pronto y esas cosas. Tú en dos días te encamaste con el rubio.
-No estaba pensando en eso, Inma. Y además, sabes que no te juzgo, no soy nadie para hacerlo. Tampoco quiero que tú opines sobre la rapidez o lentitud con que me acosté con Michael. No es cosa tuya. Soy una mujer adulta y hago lo que me da la gana. Exactamente como tú. Si quieres a Miguel y él te quiere a ti, yo estoy encantada por los dos. Es un buen chico y creo que te hará feliz.
-Entonces… ¿a qué viene esa cara de amargada que se te ha quedado? ¿Es por qué no quieres quedarte sola? Estaré a menos de cinco Kilómetros y te prometo que nos verás con frecuencia. Y el que no quieras saber nada de Javier y que él sea tan amigo de Miguel tampoco es un problema. Él es el primero que lo entiende.
Amanda sacudió la cabeza con incredulidad. Le parecía imposible que su amiga, tan inteligente a veces, pudiese ser ahora tan obtusa. Quizá fuese verdad eso de que el enamoramiento nubla el entendimiento. Ni por un minuto se había parado a pensar en la enormidad de lo que iba a hacer ni las consecuencias que le podría traer en un futuro. Decidió que se lo diría. Las cosas que se dejan sin decir acaban oliendo mal, como el agua estancada, o enquistándose, y apreciaba demasiado la amistad con Inma para quedarse callada.
-Voy a decirte algo que no te hará ni pizca de gracia, pero yo necesito hacerlo.
-Pues nada…no te contengas-le contestó ella, con algo de amargura en la voz.
-Supongo que Lucas sigue sin saber que va a tener un hijo.
Inma se puso lívida de rabia. Aquel tema ya lo habían hablado y ella pensaba que había quedado debidamente cerrado.
-Sabes que no. Y nunca lo va a saber.
-Y ahora-prosiguió Amanda-además de ocultarle que va a ser padre, pretendes colocar a otra persona en su lugar. ¿No te das cuenta de que estás siendo injusta con tu hijo, con Lucas y también con Miguel?
De buena gana Inma le hubiese arrojado a la cara el contenido de la taza de té, tal era su enfado.
-Yo no veo la injusticia por ninguna parte. A mi hijo le estoy dando un buen padre, que le querrá de verdad y me ayudará a educarle. Miguel quiere hacerlo, es él quien me lo ha pedido y ha insistido mucho en ello. Y en cuanto al otro desgraciado…no creo que tenga derecho a nada.
-La verdad es que no estoy de acuerdo.
-Pero si a ti Lucas nunca te gustó.
-Y sigue sin gustarme, Inma. Creo que es un cabrón, pero eso no tiene nada que ver. Por muy mal que se haya portado contigo y aunque sea un perfecto gilipollas, que lo es, tiene derecho a saber que ese hijo que está ahí- dijo dándole un toque en la enorme tripa-es suyo. Las mujeres no tenemos la primacía absoluta en este tema, los hombres también tienen el derecho a ser padres. Según mi criterio, que ya sé que te importa tres pimientos, deberías decirle la verdad y darle la oportunidad que sea un buen padre para vuestro hijo, independientemente de la existencia de Miguel, que también será importante en la vida del niño, pero de otra manera. No puedes robarle a tu hijo lo que por derecho le pertenece. Imagina que en el futuro la verdad sale a la luz. Tendrás reproches por todas partes.
Inma se asustó y enfadó, a partes iguales.
-¿Y por qué va a salir a la luz la verdad? Tú eres la única que lo sabe. ¿Es que me estás amenazando? ¿Cómo puedes ser tan envidiosa y mala persona?
Las dos se quedaron calladas, mirándose como si nunca se hubieran visto. Amanda solo se dio cuenta de que estaba llorando cuando las lágrimas le mojaron las manos, colocadas encima de la mesa como en un ofrecimiento de paz.
-No me ofendas, Inma, te lo ruego-pidió con un hilo de voz. Sabes que yo nunca diré nada. Es tu secreto y conmigo está seguro. También es tu vida, tú decides; yo solo intentaba hacerte ver el peligro que puede haber. Pero quédate tranquila, por mi nunca se sabrá nada que tú no quieras que se sepa. En cuanto a lo de la envidia…nunca ha sido uno de mis defectos y bien sabe Dios que tengo unos cuantos. Yo…creo que será mejor que vuelva al hotel. Ahora mismo cualquier cosa más que se diga solo empeorará la situación. Trataré de olvidar esta conversación y las cosas de las que me has acusado. Prefiero pensar que no las sientes y que solo son fruto de los nervios. Ya sé que las hormonas os juegan malas pasadas a las embarazadas.
Se marchó despacio, como si de repente estuviese muy cansada. Y lo estaba. Estaba cansada de tener que lidiar con tanta gente que lo único que hacían era juzgarla, ponerle trabas, contarle secretos que nunca querría haber sabido.
Inma se quedó sentada en el mismo sitio, con las manos apoyadas en la taza de té, ya fría. Aún permanecía la sensación de enfado, pero se iba mezclando ya con otra de pena y quizá de arrepentimiento. Quizá no hubiese sido del todo justa con su amiga. Ella le había ayudado cuando lo necesitaba, la había cobijado en su casa, le había dado apoyo en todos los sentidos. Pero a veces Amanda era de una franqueza que asustaba, sobre todo cuando nadie le pedía que fuera sincera. ¿Por qué la gente no aprendía a guardarse su opinión? Razón tenía su madre cuando decía que las opiniones eran como los ombligos, que todo el mundo tenía uno.

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