10 de julio de 2015

NOVELA 65



Parte de la alegría y del alivio que Amanda había sentido al tener aquella breve noticia de Michael se esfumaron después de la escena con Inma. Se marchó a ocuparse de su trabajo con la sensación, ya tan familiar, de ser una persona demasiado vulnerable a la que todo el mundo podía dañar. Menos su madre, todas las personas que habían pasado por su vida le habían hecho daño. Si hacía un repaso, ¿a quién tenía a su lado? Su padre vivía su propia vida y solo se llamaban por Navidad. No había tenido hermanos y la relación con sus primos era escasa. Siempre había pensado que Inma era un puntal en su vida, pero tal vez estaba equivocada. Sí la conocía tan poco como para pensar de ella esas cosas horribles, tal vez no valiese la pena luchar por esa amistad. Contaba, aunque de manera reciente, con Vera, y estaba segura de que la anciana era de fiar.
Michael…le amaba con toda su alma pero estaba segura de que en algún momento, antes o después, le partiría el corazón. El amor no la cegaba, o al menos no del todo. Michael era una especie de iluminado que libraba sus propias batallas y aunque apreciaba sus gestos, había una parte de él, oculta e inaccesible, que nunca le pertenecería.
Mientras echaba una ojeada a las próximas reservas y hacía la lista para la empresa que le suministraba los artículos de baño, le vino a la cabeza un pensamiento que la heló por dentro, como las nevadas inesperadas que llegan ya avanzada la primavera. Se dio cuenta de que, en ese momento de su vida, la persona más real y más cercana a ella era la tía Irene. Y estaba muerta. Se abrazó a sí misma para darse calor y se le llenaron los ojos de lágrimas. Eran lágrimas de pena y de autocompasión; un sentimiento que raras veces se permitía. Igual Inma tenía razón y era bipolar, dada la facilidad que tenía para estar en lo más alto y bajar a los infiernos en cuestión de minutos. O quizá el problema era que ponía demasiadas expectativas en los demás y esperaba que le diesen tanto como ella daba.
Cuando se acostó, pasada la medianoche, decidió leer otra de las cartas de su tía para sentirse menos sola, aunque fuese patético buscar compañía de esa manera. Compañía de un fantasma, de hechos del pasado que le parecían más cercanos que muchos momentos de su vida presente.
Querida Inés:
No te molestes porque te escriba menos. Tú que también tienes una hija sabrás el enorme trabajo que representa criar a un niño. Es verdad que tengo ayuda, pero prefiero ser yo la que esté siempre con Elena. Y además…si tengo que ser sincera, es un bebé muy difícil y sólo está tranquila conmigo o con Vera. Cuando viene Paul apenas la toma en brazos, y en justicia no puedo culparle. La niña es muy llorona; se oyen sus gritos por toda la casa día y noche y a veces Paul se exaspera. La he llevado a varios médicos y cada uno me dice una cosa distinta. Unos, que tiene gases, otros que es su manera de llamar la atención y que debo dejarla llorar, y yo me pregunto qué tipo de monstruo puede hacer eso con su propia hija. De cualquier manera, sé en lo más íntimo de mí que algo le pasa. Ya tiene nueve meses y no gatea como los demás niños. Le cuesta fijar la atención en algo y solo le sienta bien el pecho. Cada vez que he intentado empezar a darle algo de fruta o de verdura, la ha rechazado.
No sé qué sería de mí si Vera no estuviese a mi lado. Paul suele impacientarse cuando le cuento estas cosas y me dice que son manías de madre primeriza. Puede que tenga razón, no lo sé. Igual es que soy muy exagerada, como casi siempre lo he sido y que me preocupo demasiado por la gente que quiero.
Seguimos en Inglaterra, y como novedad, y no pequeña, he de decirte que en este momento el hijo de Paul está aquí, de visita. Tiene diez años, y desconozco cómo le ha explicado su padre las cosas pero el caso es que lleva con nosotros dos semanas y ha aceptado a su hermana, y creo que también a mí. No sé lo que Paul le ha contado, pero el niño habla de Elena como de su hermanita y pasa tiempo con ella. Curiosamente la niña está tranquila cuando están juntos, y en sus brazos suele estar tranquila, algo nuevo, porque no le agradan los desconocidos. Será la llamada de la sangre, no lo sé. Tampoco sé cómo puede este chiquillo aceptar la situación, sea cual sea la explicación que su padre le haya dado. ¿No sentirá dolor por su madre o es demasiado pequeño para darse cuenta de la realidad? No lo creo; hemos dado algunos paseos juntos, él empujando el cochecito de Elena y yo vigilándoles, y al hablar con él me he dado cuenta de que es muy maduro y muy inteligente. En todo caso, no pensaré más en ello. Eso es cuestión de Paul; yo ya no puedo con más.
Te envío una foto de los dos niños juntos. Yo les encuentro cierto parecido, ¿tú no? Siempre pensé que sería difícil conocer al hijo de Paul, pero le he tomado mucho cariño. Se parece tanto a su padre que sería imposible no quererle.
Te abrazo, hermana.
Irene
Amanda tomó la descolorida foto en la mano para verla de cerca. Elena estaba sentada en su carrito, apoyada en un enorme almohadón con puntillas y aparecía sonriendo, con dos dientes que asomaban. A su lado se veía, tomando la mano del bebé, un niño alto y espigado, rubio y con el pelo ligeramente ondulado. A pesar de los años transcurridos Amanda se llevó una mano al pecho al encontrar un parecido que no podía negarse. Aquel niño…tenía una gran similitud con el hombre que ahora era Michael. Además…acercó más la foto y se fijó en una pequeña cicatriz encima de la ceja derecha, exactamente igual a la que él tenía. Le había contado que se debía a una caída cuando tenía cinco años. Se levantó de la cama como empujada por un resorte y se puso a pasear por la habitación. ¿Sería posible que Michael fuese el hijo de Paul? No llevaban el mismo apellido, pero él mismo había dejado entrever que no se apellidaba Field. ¿También en eso le había mentido? Tuvo que hacer un enorme ejercicio de voluntad para no levantar a Vera de la cama e interrogarla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario