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NOVELA 66


Y aquel niño de la foto, alto y espigado, en ese mismo momento viajaba en un avión cruzando el Atlántico y pensando en cómo se había complicado su vida desde hacía unos meses. Cerró los ojos, no porque pensase dormir, sino porque necesitaba pensar y lo hacía mejor de esa manera. Recordó a Irene Cuesta y su boca se curvó en una ligera sonrisa. A pesar de la existencia de su madre nunca pudo sentir por ella más que cariño. Desde niño supo que sus padres no estaban hechos para ser felices juntos y le alegró ver que al menos su padre había encontrado a alguien que le daba lo que nunca había tenido. También recordaba con cariño no exento de pena a su hermana; esa niña de la que pudo disfrutar tan poco tiempo. El día de su muerte él estaba allí, tomando su mano; mientras Irene sostenía la otra. Elena tenía diez años, él era un muchacho de veinte y era la segunda vez que se enfrentaba a la pérdida de un ser querido. Su madre se había muerto dos años atrás, pero aquello no tenía nada que ver. Esta era una vida que apenas estaba comenzando y era muy duro dejarla ir. Su padre estaba a los pies de la cama; con todo lo valiente que era para muchas cosas, no soportaba ver cómo se moría su hija. Él si lo soportó; por Elena pero también por Irene. Cuando la niña respiró por última vez Paul se acercó por fin a la cabecera de la cama y lo último que hizo por su hija fue cerrarle suavemente los ojos. Irene, pálida y erguida, se mantuvo con los ojos secos y le pidió a Vera que buscase el vestido rosa con lazos para vestirla. Aquella noche les cambió la vida a todos, empezando por él. Elena era una parte pura de su vida, alguien a quien había querido con toda el alma, quizá porque sabía que esa niña a la que era tan difícil llegar se sentía del todo segura a su lado.
Parte del amor que le había dado a su hermana, ahora que ella faltaba, pasó a Irene. Sabía que podía confiar en aquella mujer callada y serena, que siempre tenía una palabra amable y a la que nunca vio de mal humor, aunque muchas veces sus ojos estuviesen irritados de noches pasadas con el llanto por compañero de cama. Con su padre tenía una extraña relación de amor-odio. Le admiraba, quería parecerse a él y que se sintiese orgulloso, pero quizá porque siempre había sido una figura que aparecía y desaparecía en su vida, nunca llegó a tener la confianza que desarrolló con Irene.
Recordaba como si fuese hoy la conversación que mantuvieron poco después de la muerte de Elena. Estaban en ese momento en un pueblo perdido de la montaña cántabra. Paul había pensado que la soledad y un sitio distinto les ayudarían a remontar la pérdida. A pesar de que ya era primavera todavía hacía frío y Michael había encendido la chimenea del salón. Irene se acomodó en un sillón cerca del fuego y se arrebujó en su chal de lana. Había perdido mucho peso en los últimos meses y sus ojos se veían enormes y desamparados en medio de un rostro demasiado pálido. Le miró fijamente durante unos minutos y luego le hizo una pregunta que le dejó desconcertado.
-¿Por qué eres tan bueno conmigo? No lo merezco.
-¿Por qué no? –le rebatió él, acercándose y tomando su mano. Tú has formado parte de mi vida desde hace diez años y siempre me has tratado bien, me has dado tu cariño, tu tiempo, has estado pendiente de mí.
-Pero… ¿no tienes resentimiento? Por tu madre, quiero decir.
Michael se ajustó las gafas. Era miope, como su padre, y también como él, cuando estaba pensativo, se tocaba las gafas.
-No, ninguno. Mis padres no estaban hechos para ser felices juntos y creo que si no fuese por mí y por el accidente de mi madre, Paul se hubiese divorciado de ella. Tú no sabías nada de esa vida oculta. Si en mí hubiese algún tipo de reproche, que no lo hay, sería para mi padre. Nunca para ti.
Ella había cerrado los ojos y apoyado la cabeza contra el respaldo del sillón. Últimamente siempre estaba cansada y las palabras de Michael fueron como una especie de bálsamo para unas heridas que llevaban muy poco tiempo abiertas.
Y ahora, en medio de la noche, del océano y de la incertidumbre que era siempre su vida, Michael se preguntó por qué tenía la sensación de que Irene, de alguna manera, movía los hilos en su relación con Amanda. Se frotó las sienes en un intento de frenar el dolor de cabeza. ¿Sería capaz de contarle toda la verdad? Lo dudaba. Quizá hubiese heredado de su padre no sólo el aspecto físico, sino también la cobardía. Porque Paul había sido un cobarde siempre en cuanto a los sentimientos. Poco importaban sus hazañas y valentonadas con un arma en la mano; no había sido capaz de hacer feliz a la mujer que le amó por encima de todas las cosas, y a la que él también amó de la mejor manera que supo. No dudaba de que Amanda era igual que Irene en su manera de amar y sacrificarlo todo por ese amor. Sólo esperaba poder ser distinto de su padre, aunque en el fondo sabía que para ciertas cosas también era muy cobarde, y no importaba que pudiese disparar y acertar con los ojos cerrados o vencer a cualquiera en una pelea cuerpo a cuerpo. Desistiendo ya de dormir, encendió la luz de su asiento y empezó a redactar el informe que tenía que presentar al llegar a Madrid. No era nada bueno, pero a él, por fortuna, no le tocaba decidir. Solo ver y contar.


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