12 de julio de 2015

NOVELA 67



A la mañana siguiente Amanda desayunó con Vera en el saloncito que daba al jardín. Ahora ya se podía mantener la puerta abierta y entraba el aroma de las flores mezclado con la brisa marina. Vera se había puesto un traje lila con flores llevaba en la mano unos guantes que Amanda sabía que se pondría luego, cuando saliese al jardín. Nunca había conocido a una persona que usase pamela y guantes para salir a dar un mero paseo entre árboles y plantas, pero Vera era…ella misma.
La anciana le sonrió mientras untaba su tostada con una ligera capa de mermelada de naranja. Como no había ninguna mermelada que fuese de su gusto Amanda decidió prepararla ella misma y a Vera le encantaba. Había sido una gran suerte que su madre le enseñase a cocinar desde niña y que a ella le gustase la cocina. Desde hacía quince días estaba empezando, poco a poco, a dar algunos almuerzos y los huéspedes se mostraban encantados con los platos sencillos y caseros que ella les ofrecía. Cocinar siempre era un bálsamo que la hacía olvidar las preocupaciones. Cuando amasaba la base de una tarta o hacía un guiso los problemas se iban a medida que los buenos olores inundaban la cocina. Todas las mujeres de su familia cocinaban bien y de ellas había aprendido ella.
-Hay algo que le quiero preguntar-le dijo mientras le servía la segunda taza de té.
-Siempre tienes preguntas, Darling, lo cual es bastante lógico, dadas las circunstancias.
-Usted conoce a Michael desde hace mucho tiempo
Amanda no estaba preguntando, sino afirmando.
-Ya te conté que había coincidido con él alguna vez mientras estaba con Irene.
-No me refiero a eso y lo sabe. No se haga la boba, que ese papel no le va nada. Lo que quiero decir es que le conoció cuando era niño. Michael es hijo de Paul. Usted lo sabía, y no me dijo nada-terminó con un tono de acusación que en principio no había querido dar a sus palabras.
Vera manoseó su camafeo unos segundos y después se encogió de hombros en un gesto de resignación o tal vez dando a entender que se rendía y no iba a seguir disimulando.
-Bueno, es más que evidente el parecido con su padre. Sí, es hijo de Paul. Lo has descubierto al ver alguna foto, me imagino.
-Sí, pero no de Paul, sino una que tal vez usted haya visto también. Michael y Elena, cuando ella era un bebé y él un niño de unos diez u once años. Es evidente que a pesar de los cambios de la edad, está muy reconocible.
-Recuerdo bien esa foto. Se la hizo Irene un día que salimos a pasear con los niños. Ella estaba muy contenta de que Michael hubiese aceptado tan bien a su hermana. Y mi pobre baby…quería mucho al chico. Con él se calmaba.
-¿Y se puede saber por qué me lo ocultaron, tanto Michael como usted? A él ya le ajustaré las cuentas cuando le vea…
Vera se rio a carcajadas y pensó en cómo se parecía esta chica a su tía. Las dos eran igual de vehementes y de irascibles, aunque sus enfados durasen lo que dura un suspiro. La pobre Irene había sufrido los engaños de Paul con explosiones de ira que se aplacaban en cuanto él llegaba y le hacía un arrumaco. Mucho temía que en el caso de esta pobre inocente las cosas iban a transcurrir de la misma manera.
-No es que yo te lo ocultase, Darling, pero la verdad es que no pensé que fuese mi papel contarte esas cosas. Pensé que era él quien debía decírtelo, aunque por lo visto tu Michael no es de la misma opinión. Ay, ese chico es igual a su padre, para lo bueno y para lo malo.
Amanda se dio cuenta perfectamente del gesto interrogante en los ojos de la anciana, pero se hizo la inocente y le ofreció más zumo de naranja. Vera quería saber cuánto sabía ella acerca de Michael y su vida. Y no estaba dispuesta a decir nada, porque ignoraba si Vera estaba al corriente de su trabajo. Era realmente incómodo para una persona clara y transparente como ella nadar entre dos aguas y medir cada palabra y cada frase que decía. Lo suyo nunca sería el mundo del engaño y la mentira en el que tanto Vera como Michael, y antes Paul, se habían movido siempre. Su madre solía decirle que ella pensaba tan fuerte que la gente oía sus pensamientos, con lo cual era muy predecible y no podía engañar a nadie. Sin embargo…estaba segura de que pocas cosas en Michael eran las que parecían ser. Tenía muchas caras y demasiadas aristas y se preguntaba si iba a ser capaz de entenderlas todas, y sobre todo de amarlas. Había ciertas cosas que apenas vislumbraba pero que no le gustaban. Aun así, en ese momento no concebía la vida sin él, a pesar de que era como una estrella fugaz. No había vuelto a tener más noticias suyas desde el poema que le envió y cuando se desesperaba, intentaba recordarse a sí misma y sobre todo convencerse, de que no podía ponerse en contacto con ella pero a pesar de todo la recordaba y estaba bien. No había rezado tanto desde que a los años hizo la primera comunión y durante una época le entró una vena mística y se ponía a rezar el rosario ella sola cuando estaba aburrida. Por fortuna, le duró poco y sustituyó el rezo por las aventuras de Sandokán y los Tigres de Mompracen.



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