13 de julio de 2015

NOVELA 68


Dos días después de la conversación con Vera despidió a los padres de Javier. Su madre se acercó a ella y le dio un apretado abrazo mientras le daba las gracias al oído. Amanda se sintió extraña; realmente no había hecho nada por aquella mujer; al contrario, le había dicho, más o menos, que su hijo era un bruto sin sentimientos.
El bruto había venido también a despedirles y Amanda se quedó sin saber qué hacer cuando se dio cuenta de que a medida que avanzaba el coche conducido por su padre las lágrimas iban aflorando a los ojos del arquitecto y sorprendentemente él no hacía nada por detenerlas. Al final despacio, como temiendo su reacción, le puso una mano delicadamente en el antebrazo y tiró suavemente de él hacia el saloncito de la planta baja, al lado de la cocina. Le instó a que se sentase y sirvió café para los dos. La mano de Javier temblaba ligeramente cuando se llevó la taza a los labios.
-¿Qué es lo que pasa, Javier?
Amanda no creía ni por un momento que esas lágrimas fuesen solo fruto de la despedida. Ni por un momento pensaba que fuese un hombre de lágrima fácil.
-No tienes por qué contármelo, pero a veces hablar con alguien ayuda. Y quiero pensar que a pesar de muchas cosas tú y yo somos amigos.
La miró y durante un momento ella vislumbró su alma, desnuda de tapujos y bravuconerías. Sintió que se le encogía el corazón ante tanto dolor.
-Mi madre-susurró él en voz baja, rota por los sollozos. Se muere. Le queda poco tiempo.
Amanda, instintivamente, sin pensarlo, se arrodilló en el suelo, a su lado, y le abrazó; o más bien atrajo la cabeza de él hasta su pecho y acalló sus sollozos. ¿Quién mejor que ella podría entender lo que significaba perder a una madre? Cuando estuvo más calmado se apartó, un tanto avergonzado, y tomó el pañuelo de papel que ella le ofrecía.
-Lo siento-masculló, un poco molesto. No suelo dejarme llevar.
-No seas idiota, Javier-le contestó, para aligerar un poco el momento. No se me va a caer la imagen de tipo duro y sin sentimientos que tengo de ti. Y ahora, en serio ya, ¿qué le pasa? ¿Ella lo sabe?
-Tiene cáncer, metástasis ya, y apenas le quedan meses. Sí, claro que lo sabe. Fue ella quien me dio la noticia y ni por un momento perdió la sonrisa. Me dijo que había vivido ya muchos años, y muy felices, y que estaba dispuesta a marcharse sin tristezas.
Se echó a reír, con una risa amarga y ronca.
-Lo único que la apena es dejarme sin colocar. Sin casar, vaya-aclaró, innecesariamente.
Amanda se sintió extraña, como pillada en falta, y todavía más cuando él le preguntó si su madre y ella habían hablado.
-Pues claro que hemos hablado. Han estado aquí casi tres semanas, era inevitable que hablásemos.
-No te hagas la tonta.
-No sé qué me quieres decir, pesado-le respondió, con un ligero manotazo. Ni por un momento había pensado en faltar a la palabra que le había dado a Ana. Ahora la entendía mucho mejor. Pobre mujer, al fin y al cabo actuaba simplemente como una madre.
-Eres tan bonita y tan delicada-le dijo él, rozándole ligeramente el pelo.
Amanda, para sorpresa de los dos, no se apartó, sino que se quedó quieta, a su lado, y le dejó hacer. Tampoco se separó cuando la besó en los labios. Fue un beso ligero, un mero roce. Más tarde, ya a solas, Amanda quiso convencerse a sí misma de que todo era fruto de la emoción del momento y que en realidad en ella solo había compasión por el dolor de Javier. Pero la sinceridad y honestidad que la caracterizaban, sobre todo consigo misma, le decían que había algo más. Cierto que amaba a Michael y esto no cambiaba nada, pero…también sentía algo por Javier. Pasó las manos por la cara, en un intento de refrescar las mejillas y las ideas, y se dijo que estaba loca, que no se podían tener sentimientos por dos hombres a la vez.
-Santa Madre de Dios-susurró para sus adentros-debo de ser una persona horrible. Me gustaría meterles en una máquina, sacar lo mejor de cada uno, hacer una mezcla y sacar un hombre nuevo, con cosas de ambos pero distinto. No puedo más, tengo que hacer algo con mi vida antes de que me vuelva loca por completo. Si mi madre me viese ahora mismo se moriría de la vergüenza y me diría que sentir cosas por dos hombres es ser una fresca.
Pero mientras ponía en orden los papeles en la recepción le llegó un ramalazo de egoísmo y pensó que ya era hora de dejar atrás las tonterías y culparse tanto. Sentía algo por los dos. Si, ¿y qué? No tenía que justificarse ante nadie. Después de todo, ¿cuántos hombres habían pasado por lo mismo? ¿Por qué ellos sí y las mujeres no? De todos modos, no había hecho nada censurable desde ningún punto de vista. Todavía, pensó, mirándose de reojo en el espejo de la puerta que daba al salón.

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