14 de julio de 2015

NOVELA 69



Apoyado en una pared llena de mugre y de pintadas el anciano daba caladas a su cigarro y de vez en cuando se llevaba a los labios el cartón de vino barato. Una parte de su contenido iba a parar a su camisa mugrienta, donde se mezclaban manchas añejas con las nuevas. Todo él desprendía el hedor de la miseria, del abandono, de la tristeza y sobre todo de esos a los que ya no queda más que dejarse vencer por la vida. Sus ojos turbios de pesar y de alcohol se entrecerraban por momentos, quizá en una corta cabezada etílica, pero de pronto parecía volver en sí y los fijaba en los transeúntes que le sorteaban en la acera. Llevaba allí todo un día y para algunos se había convertido en parte del mobiliario urbano. Cuando la noche empezó a abrirse paso el viejo se levantó con esfuerzo, recogió sus cartones, los plegó con cuidado y los guardó en la esquina, debajo de una piedra. Se fue con su andar renqueante, mascullando para sí mismo. A dos manzanas de allí estaba la estación de tren. Sin hacer caso de las miradas desdeñosas de los que salían y llegaban también él se mezcló en el tumulto de sombras y en cuanto pudo entró al baño. Echó el pestillo y de la mochila apestosa que arrastraba consigo sacó unos vaqueros y una camisa; se despojó de los guiñapos y los arrojó a la papelera. Lo mismo hizo con la peluca y la barba postiza, y tras una concienzuda refregada salió a la luz de nuevo su piel blanca y los ojos claros. Quien tomó el tren quince minutos más tarde era un hombre completamente distinto; al que muchos conocían como Michael Field o con algún otro nombre, dependiendo de la ocasión.
Aunque el día había sido cansado y aburrido a partes iguales, también podía calificarse de provechoso. Aprovechó el trayecto, de poco más de una hora, para escribir el informe. En cuanto llegase al hotel lo enviaría a la central y que ellos valorasen lo que había visto, escuchado, grabado y fotografiado. Eso ya dependería de los analistas, pero sus años de servicio le decían que era importante. Antes de subir al tren tuvo tiempo de acercarse a la pequeña oficina de correos y enviar un paquete a la dirección de la conservera. Había pasado ya casi una quincena desde la última comunicación con Amanda y no deseaba que sufriese innecesariamente. Nadie le había calado tan hondo como ella. Y aunque por motivos de trabajo dos veces y otra por propia iniciativa, se había acostado con otras mujeres, en el fondo sólo había sido un puro desahogo físico, algo así como la comida enlatada cuando el comensal está acostumbrado a la buena mesa. Había algo en la dulce e inocente entrega de Amanda que no podría encontrar en nadie más. Estaba habituado a las mujeres duras, interesadas; que le buscaban de la misma manera que él a ellas; por el mero egoísmo y un rato de placer. Lo de Amanda iba mucho más allá. Y le daba miedo. Pero sabía que era demasiado tarde para dar marcha atrás. Sólo le quedaba seguir adelante y cargar con las consecuencias, fuesen cuales fuesen.






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