Ir al contenido principal

NOVELA 70


Amanda seguía durmiendo mal. Al día siguiente Inma se mudaría a la casa de Miguel y ese hecho la dejaba con sentimientos encontrados, porque todavía no habían hablado de sus sentimientos desde la última discusión. Estaba también el ligero problema de saber que, como en tantas cosas, Michael le había mentido respecto a su procedencia. Era hijo de Paul y conocía a Irene desde que era un niño; es más, en cierta manera podría decirse que eran casi familia; era el hermano de su prima. Y por si esto no fuese poco, ahora llegaba el maldito Javier a demostrar que después de todo en ese pecho de gañán embrutecido también latía un corazón y podía ser tierno. Qué el demonio se los llevase a todos de una buena vez y la dejase tranquila. Por un momento añoró aquellos días en que tenía que trabajar diez horas, dosificar su sueldo, pagar el alquiler y aguantar al gilipollas de Ricardo con sus memeces e infidelidades.
Después de dar mil vueltas en la cama y golpear almohadas y cojines como si fuesen un saco de boxeo, se dio por vencida; ya no dormiría. Y con esta aceptación se dio cuenta también de que tenía hambre. No había probado bocado en todo el día. Se puso la bata por encima de los hombros, y descalza, fue hasta la cocina. En la nevera no había nada lo suficientemente apetitoso: u trozo de queso algo duro, leche, verdura, carne, pescado para el día siguiente. Pero en el congelador estaba segura de que Inma guardaría helado. Se había convertido en su principal antojo durante todo el embarazo. Tal y como esperaba, había dos tarrinas llenas: chocolate y vainilla. Eligió la última. La abrió y comió directamente del envase, sin molestarse en ponerlo en un plato. Cuando se dio cuenta se lo había zampado casi todo, y se encontraba mucho mejor. Se relamió los dedos, fregó la cuchara y guardó lo poco que quedaba del helado en el congelador. Si su madre estuviese viva le soltaría uno de sus discursos sobre la alimentación. Ella sabía sobradamente que tenía un problema con la comida; cuando no estaba bien tampoco se alimentaba bien. Bueno, ya lo solucionaría algún día.
Le gustaba su cocina, había quedado perfecta. Y eso la llevó a pensar de nuevo en Javier. La mayor parte de los días le resultaba insoportable estar cerca de él; siempre burlándose de ella, interrumpiéndola en cada frase que decía, soltando alguna de sus baladronadas. Pero el día anterior le había mostrado una parte que no conocía, y no le resultó del todo desagradable. Sin embargo, el sentimiento por Michael era tan fuerte que prácticamente no le quedaba espacio en la cabeza ni el corazón para nada más. Sabía que era algo así como estar enamorada de un fantasma. Nunca sabía dónde estaba, ni con quien, ni cuando volvería; ni siquiera si lo haría. A veces recordaba un libro que había leído cuando era una adolescente. Se llamaba “Los que vivimos” y contaba una historia de amor en la Unión Soviética cuando apenas había nacido. Los protagonistas se citaban en un parque y la chica le decía al despedirse: “nos vemos aquí mismo dentro de un mes”. Él le respondía: “ si me acuerdo y si no he muerto”. Con Michael era parecido. A pesar de amarle mucho no dejaba de ver que tenía una parte enorme de manipulador y de egoísta. En varias ocasiones se había aprovechado del amor que sabía que ella sentía para conseguir lo que quería. También se daba cuenta de que carecía de escrúpulos y algunas cosas que a otras personas les resultarían horribles, él las justificaba si con eso conseguía sus fines.
Siguió con sus pensamientos mientras se arreglaba para ir a la recepción y cuando dejó todo el trabajo ultimado y a Carmen al frente, se acercó a la conservera. Hoy era día de pago y tenía que llevar las nóminas y los cheques. Cuando ya se iba de la oficina Magdalena le entregó un paquete parecido al primero que había recibido.
-Otra vez esa empresa de publicidad. ¿Has quedado en algo con ellos?
-No, de momento no-disimuló ella. Prefiero esperar a que vuelva Michael y lo hablemos. Gracias. ¿Cuándo ha llegado?
-Hoy a primera hora. Lo ha traído un mensajero, como la otra vez.
Tenía la tentación de abrirlo en el coche, pero un cierto sentido de la prudencia le dijo que era mejor esperar. No quería ser peliculera, pero en alguna ocasión se había sentido observada, y aunque se sintiese un tanto paranoica, prefería tomar precauciones; así que siguió los planes que había hecho antes de salir. Se metió en el coche y fue hasta el pueblo vecino, donde hizo las compras que llevaba en su lista y luego se sentó en una cafetería con vistas a la playa. Necesitaba relajarse y pensar un poco tranquilamente, sin nadie que interfiriese, lo cual en el hotel era complicado, porque siempre había alguien por medio.




Comentarios

Entradas populares de este blog

JOHNNY Y JUNE

“June era mis señales en el camino, me hacía alzarme cuando estaba débil, me animaba cuando estaba desanimado y me amaba cuando sentía solo y desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido. Nadie más, excepto mi madre, se le acerca”.
Esto es lo que decía Johnny Cash de la mujer de su vida, June Carter. Fue su segunda esposa, pero para él la única mujer que marcó su vida y su camino, y también la que le salvó de perecer en un infierno de drogas y alcohol.
No quiero hablar de él como cantante, todos sabemos que fue una de las leyendas del country, el icono de los presidiarios y tipos duros, y quien mejor supo entenderles y cantarles. También que vestía siempre de negro y saludaba con un parco “Hi, I´m Johnny Cash”. No, quiero hablar del hombre, de la persona tímida y reservada que tuvo una vida complicada y salió a flote con mucha voluntad por su parte y con la ayuda de alguien que le amaba.
Cash y June se conocieron en los escenarios. Ella provenía de una familia que cantab…

¿POR QUÉ ESCRIBO?

Hace poco me preguntaba para qué escribir. Hoy quiero saber por qué escribo, cual es el motivo que me lleva a esto que hago a diario. Desde hace ya mucho tiempo sé que así como hay gente que necesita, para sentirse bien, hacer deporte, o cantar, o bailar, o coser… yo necesito escribir. Pero además, pensando y analizando muchas cosas me he dado cuenta de que para mí el escribir se ha convertido, además de en una importante terapia, en un acto de poder y de soberbia.
Si…mal que me pese reconocerlo, es así. Yo no soy por naturaleza una persona a quien le guste mandar o controlar. Tampoco me gusta estar del lado contrario; es decir, odio que alguien me diga lo que tengo que hacer. Mi lema siempre ha sido “vive y deja vivir”. Pero esto de escribir tiene tanto encanto porque me permite jugar, por un momento, a ser Dios.
Cuando escribo una novela o narro un cuento, no importa la extensión de lo que escriba, estoy creando personajes, dando vida, interviniendo como mano ejecutora en la cade…

ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.