15 de julio de 2015

NOVELA 70


Amanda seguía durmiendo mal. Al día siguiente Inma se mudaría a la casa de Miguel y ese hecho la dejaba con sentimientos encontrados, porque todavía no habían hablado de sus sentimientos desde la última discusión. Estaba también el ligero problema de saber que, como en tantas cosas, Michael le había mentido respecto a su procedencia. Era hijo de Paul y conocía a Irene desde que era un niño; es más, en cierta manera podría decirse que eran casi familia; era el hermano de su prima. Y por si esto no fuese poco, ahora llegaba el maldito Javier a demostrar que después de todo en ese pecho de gañán embrutecido también latía un corazón y podía ser tierno. Qué el demonio se los llevase a todos de una buena vez y la dejase tranquila. Por un momento añoró aquellos días en que tenía que trabajar diez horas, dosificar su sueldo, pagar el alquiler y aguantar al gilipollas de Ricardo con sus memeces e infidelidades.
Después de dar mil vueltas en la cama y golpear almohadas y cojines como si fuesen un saco de boxeo, se dio por vencida; ya no dormiría. Y con esta aceptación se dio cuenta también de que tenía hambre. No había probado bocado en todo el día. Se puso la bata por encima de los hombros, y descalza, fue hasta la cocina. En la nevera no había nada lo suficientemente apetitoso: u trozo de queso algo duro, leche, verdura, carne, pescado para el día siguiente. Pero en el congelador estaba segura de que Inma guardaría helado. Se había convertido en su principal antojo durante todo el embarazo. Tal y como esperaba, había dos tarrinas llenas: chocolate y vainilla. Eligió la última. La abrió y comió directamente del envase, sin molestarse en ponerlo en un plato. Cuando se dio cuenta se lo había zampado casi todo, y se encontraba mucho mejor. Se relamió los dedos, fregó la cuchara y guardó lo poco que quedaba del helado en el congelador. Si su madre estuviese viva le soltaría uno de sus discursos sobre la alimentación. Ella sabía sobradamente que tenía un problema con la comida; cuando no estaba bien tampoco se alimentaba bien. Bueno, ya lo solucionaría algún día.
Le gustaba su cocina, había quedado perfecta. Y eso la llevó a pensar de nuevo en Javier. La mayor parte de los días le resultaba insoportable estar cerca de él; siempre burlándose de ella, interrumpiéndola en cada frase que decía, soltando alguna de sus baladronadas. Pero el día anterior le había mostrado una parte que no conocía, y no le resultó del todo desagradable. Sin embargo, el sentimiento por Michael era tan fuerte que prácticamente no le quedaba espacio en la cabeza ni el corazón para nada más. Sabía que era algo así como estar enamorada de un fantasma. Nunca sabía dónde estaba, ni con quien, ni cuando volvería; ni siquiera si lo haría. A veces recordaba un libro que había leído cuando era una adolescente. Se llamaba “Los que vivimos” y contaba una historia de amor en la Unión Soviética cuando apenas había nacido. Los protagonistas se citaban en un parque y la chica le decía al despedirse: “nos vemos aquí mismo dentro de un mes”. Él le respondía: “ si me acuerdo y si no he muerto”. Con Michael era parecido. A pesar de amarle mucho no dejaba de ver que tenía una parte enorme de manipulador y de egoísta. En varias ocasiones se había aprovechado del amor que sabía que ella sentía para conseguir lo que quería. También se daba cuenta de que carecía de escrúpulos y algunas cosas que a otras personas les resultarían horribles, él las justificaba si con eso conseguía sus fines.
Siguió con sus pensamientos mientras se arreglaba para ir a la recepción y cuando dejó todo el trabajo ultimado y a Carmen al frente, se acercó a la conservera. Hoy era día de pago y tenía que llevar las nóminas y los cheques. Cuando ya se iba de la oficina Magdalena le entregó un paquete parecido al primero que había recibido.
-Otra vez esa empresa de publicidad. ¿Has quedado en algo con ellos?
-No, de momento no-disimuló ella. Prefiero esperar a que vuelva Michael y lo hablemos. Gracias. ¿Cuándo ha llegado?
-Hoy a primera hora. Lo ha traído un mensajero, como la otra vez.
Tenía la tentación de abrirlo en el coche, pero un cierto sentido de la prudencia le dijo que era mejor esperar. No quería ser peliculera, pero en alguna ocasión se había sentido observada, y aunque se sintiese un tanto paranoica, prefería tomar precauciones; así que siguió los planes que había hecho antes de salir. Se metió en el coche y fue hasta el pueblo vecino, donde hizo las compras que llevaba en su lista y luego se sentó en una cafetería con vistas a la playa. Necesitaba relajarse y pensar un poco tranquilamente, sin nadie que interfiriese, lo cual en el hotel era complicado, porque siempre había alguien por medio.




No hay comentarios:

Publicar un comentario