19 de julio de 2015

NOVELA 72



Cuando Michael eligió ese poema no quería decirle ni una cosa ni la otra. Nunca le daría una pista, por pequeña que ésta fuese, de donde se encontraba. Primero porque la pondría en peligro y segundo, porque estaba demasiado bien entrenado en la mentira, y pocas de las cosas que salían de su boca eran del todo verdad. Se había acostumbrado a vivir en ese difícil lugar rayano entre una cosa y la otra, la verdad y la mentira eran ya parte de sí mismo. Trataba de no alejarse mucho de la realidad cuando hablaba de sí mismo, daba datos que eran ciertos pero se inventaba muchos más. Se lo habían enseñado durante el tiempo de entrenamiento y después, pero en realidad no era tan tonto como para no darse cuenta de que la mentira y el disimulo corría por sus venas en forma de la sangre de su padre. No podría haberse dedicado a otra cosa distinta; necesitaba el riesgo, el juego sucio algunas veces, el quemar adrenalina a cada momento. Mientras esperaba a que en la central de Londres le recibiese su superior, recordó algunas cosas de su vida pasada. Y entre ellas le vino a la mente una escena de cuando tenía unos veinte años; había sido poco después de la muerte de Elena y estaban en aquel pueblo perdido de Cantabria a donde habían ido en busca de paz después del duro trago de perder a la niña. Estaban solos; Irene se había acostado después de comer; dormía muy mal y tanto él como Paul se preocupaban de que descansase todo lo que pudiese.
Su padre hizo café para los dos y lo tomaron en la cocina. Ambos se miraron con afecto no exento de cierto miedo y desconfianza. Rara vez estaban solos y sobre todo en un ambiente tan hogareño como aquel. Se querían mucho y cuando se miraban, ambos veían un calco de sí mismos. Paul reconocía en el joven dinámico y fuerte que era su hijo al muchacho que él había sido, lleno de fuerza y vigor, de ganas de comerse el mundo. Y Michael veía reflejado en el hombre que era su padre como sería él treinta años más tarde. Hasta sus movimientos eran similares, por no hablar del tono de voz e incluso de las expresiones que usaban, tanto en inglés como en español.
Fue Paul quien rompió el fuego. Desde antes de la muerte de Elena su hijo le había dicho que quería entrar en los servicios secretos, pero él le había estado dando largas, poniendo como pretexto la gravedad del estado de su hermana. Ahora aquello ya no tenía sentido.
-No has vuelto a hablarme de esa loca idea tuya de los servicios secretos-le dijo. Espero que se te haya ido de la cabeza. A tu edad es normal que se piensen esas cosas, pero luego en frío…
-No me vengas con tonterías, padre-Michael nunca le había llamado Papá. El que tenga veinte años no me hace idiota. Sigo con la misma idea, y si tú me ayudas todo será más sencillo, pero si no lo haces, igualmente lo conseguiré. Soy el candidato ideal, y querrán tenerme.
-Muy seguro te veo-le refutó su padre.
-Hablo perfectamente cinco idiomas, me he educado en los mejores colegios y universidades, y sobre todo he tenido un buen maestro, desde la cuna. Te he observado desde que era muy pequeño, cuando no tenía muy claro a que te dedicabas, aunque aquello de los negocios de papá nunca lo creí del todo; y creo que sabré moverme perfectamente en ese mundo.
Paul volvió a servirse más café. Sabía que no era bueno para la úlcera que padecía y que tanto le atormentaba, pero su cuerpo estaba tan habituado a la cafeína que el sufrimiento era todavía mayor si prescindía de él. Miró a su hijo directamente, y en sus ojos se vio reflejado a sí mismo. Poco había en él de su madre. A veces tenía la sensación, y que Dios le perdonase por ello, que Alice había sido un mero recipiente y que este hijo que ahora le devolvía la mirada, desafiante, era sólo suyo. No era persona de hablar de sentimientos. Acababa de perder a una hija, y aunque Irene le reprochase que no la quisiera debidamente, era incierto. Paul amaba tiernamente a Elena, pero no sabía cómo demostrarlo, simplemente porque ella era una niña distinta a las demás. Tampoco había sabido nunca ser cariñoso con Michael; pero en su caso era distinto; se trataba de un chico, al que había que educar desde el principio lo más espartanamente posible, incluso en cuestiones de cariño. Alice no había sido un problema en ese sentido; era muy despegada como madre y se encontraba más cómoda delegando en niñeras y cuidadoras. Y luego vinieron los internados; ya solo se veían en vacaciones, las raras veces que Paul estaba en casa. Pero a pesar de todo, de la distancia y de ciertos resquemores que sabía que su hijo guardaba en su contra, era lo único que le quedaba. Ya había perdido una hija y ahora este chico casi imberbe le estaba diciendo que quería poner su vida en riesgo; y encima le pedía ayuda para hacerlo. La voz de su hijo le devolvió a la realidad del momento.
-¿Me vas a ayudar, padre, o tendré que arreglármelas solo, como de costumbre?
Paul hizo caso omiso del reproche que latía tanto en las palabras como en el tono.
-Yo elegí una vida difícil por unas creencias, por defender un mundo mejor, o al menos así lo pensaba entonces. Quizá muchas de las cosas que hice fueron equivocadas y ahora, cuando las veo en el tiempo, es como arrastrar una losa anclada en el corazón. Pero no me arrepiento de la mayoría de las decisiones que tomé ni de las órdenes que di. Sin embargo, cuando hace cinco años me vi obligado a contarte lo que era Gladio, no te mostraste interesado e incluso me dijiste que te parecía una estupidez.
Michael balanceó un pie, con impaciencia.
-Lo sigo pensando. Gladio ya no tiene sentido alguno en estos tiempos. Pero puedo luchar por un mundo mejor desde otra perspectiva. Quiero entrar en los servicios secretos, quiero servir a mi país desde ese lado. Tú conoces allí a todo el mundo, con tu ayuda poco más necesito para entrar.
-Si te ayudo, lo cual no está todavía decidido, solamente será a modo de presentación. Conozco a la gente de los servicios secretos y exigen mucho, a la par que dan poco. Al mínimo fallo se desharán de ti sin que se les mueva una pestaña. Y no importará de quien seas hijo ni los favores personales que a mi me deban.
-Lo asumo. Tú ábreme la puerta. Lo demás es cosa mía.
Y Paul aceptó. Pocas salidas le quedaban. Pero quizá lo que le movió a introducirle en ese mundo tenebroso fue el miedo de que esos dones que su hijo había heredado de él mismo y de su abuelo fuesen puestos a servicio de intereses mucho más oscuros. La capacidad de mentira y disimulo de Michael eran enormes, y mejor que se empleasen en un buen fin. Así se lo transmitió a su hijo y por eso Michael siempre fue muy consciente de lo que era: un hombre con mil caras que había decidido servir al Bien. En su vida privada no era tan distinto y quizá eso le asustase más. Estaba seguro de sí mismo en cuanto a sus lealtades pero también estaba seguro de que quien le amase tendría que pasar un calvario, porque él no sería capaz de cambiar, o al menos no mucho.



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