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NOVELA 73





Cuando Amanda regresó a casa Inma ya se había marchado. Leyó la nota que le había dejado encima de la mesa de la cocina. Era amable, aunque distante. La invitaba a que fuese a tomar café con ellos al día siguiente. Se dejó caer, más que se sentó, y estrujó la nota entre los dedos. En ese momento la soledad le pesaba tanto que fue incapaz de continuar allí. Con pasos cansados se acercó a la casa grande y en el jardín delantero, sentada en el banquito blanco cerca de la rosaleda se encontró a Vera. Estaba sin hacer nada, como esperándola, y al verla sonrió y con un ademán la invitó a que se sentase a su lado.
-Se ha ido Inma-dijo, sencillamente.
Amanda asintió, simplemente, y se apoyó en la anciana, que le pasó un brazo por encima de los hombros. Era mucho más alta y voluminosa que ella, y de repente Amanda se sintió en un puerto seguro y dejó que fluyesen libremente las lágrimas. Era como una especie de liberación que se había negado a sí misma hasta ese justo momento. No solo lloraba por la marcha de Inma, sino también por la lejanía de Michael, por la pérdida de su madre, por los malos ratos que a veces le hacía pasar Javier, por la muerte de Elena, por la desgraciada vida de Tía Irene; incluso por el amor no correspondido de quien ahora la sostenía en sus brazos.
-A veces llorar es bueno, Darling. No como costumbre, pero de vez en cuando debemos dejar que la pena nos abrace. Luego todo es mejor.
-¿Usted cree?-le preguntó, confusa.
-Sí, claro que lo creo. Cuando murió mi pobre niña Irene y yo no encontrábamos consuelo. También Paul y el mismo Michael sufrieron mucho, y ninguno de nosotros se permitió llorar, quizá para evitar que los demás se sintiesen peor. Pero estábamos equivocados. Deberíamos habernos reunido y llorar juntos por ella.
Amanda se irguió y pareció darse cuenta en aquel momento que Michael había perdido a su hermana. Hasta entonces no lo había pensado de esa manera, pero indudablemente tuvo que marcarle ese sentimiento de pérdida. Por eso le preguntó a Vera cómo había sido. Ella cerró los ojos, como si volviese a una realidad lejana y dolorosa que de nuevo se hacía presente.
-Elena murió una tarde de mediados de febrero. Recuerdo que era jueves y el tiempo estaba muy húmedo y desapacible. En aquel momento estábamos en Londres, en la casa de Paul.
-¿Michael estaba también allí?
-Sí. En ese momento ya había muerto su madre y él estudiaba en Oxford. Su padre le mandó llamar cuando la niña empeoró. Michael adoraba a su hermana y ella, a su manera, también a él. Cuando estaban juntos la niña estaba más contenta, se reía, estaba tranquila y en paz. Por eso Irene le quiso siempre como a un hijo. Le estaba muy agradecida por el amor que le dio a su hermana.
-¿Cómo fue? Quiero decir…
-No sufrió, si es eso lo que me estás preguntando. Se fue apagando poco a poco. Desde aquella mañana pensamos que ya no nos veía, aunque todavía oía, porque giraba la cabeza cuando alguno de nosotros decía su nombre. Michael canta muy bien, supongo que ya lo sabes.
Amanda lo sabía. Solía cantar para ella cuando iban en coche o cuando estaban en la cama, después de hacer el amor. Le cantaba sobre todo canciones tradicionales escocesas, y había una que solía repetir, a pesar de que era muy triste y a ella la hacía llorar. Pero no entendía ese comentario de Vera. ¿La pena la hacía desvariar?
Pareció como si ella leyese sus pensamientos.
-No me escapo del tema, Darling. A Elena le gustaba que Michael tocase el piano y cantase para ella. Aquella tarde él se pasó horas cantándole una canción que a los dos les gustaba; al final tenía la voz ronca, pero seguía cantando “Annachie Gordon”. ¿La conoces?-le preguntó al darse cuenta de su sobresalto.
-Sí, por él. También me la ha cantado unas cuantas veces.
Vera suspiró. Ya no le dolía tanto como antes recordar esas cosas, quizá porque había pasado mucho tiempo o quizá porque se estaba haciendo vieja y la idea de la muerte le era mucho más familiar. En ese momento de aquel grupo de gente solo estaban vivos Michael y ella. Paul e Irene se habían ido ya y ella misma deseaba en ocasiones poder reunirse con ellos.
-La cantó una y otra vez-siguió recordando-sosteniendo una mano de la niña; mientras su madre le acariciaba la otra. Paul estaba a los pies de la cama, pálido como un muerto y con los labios apretados. No le vi derramar ni una lágrima pero le conocía demasiado bien para saber que por dentro estaba roto. Me imagino que se maldecía a sí mismo por no ser capaz de hacer nada por retener a su hija ni por calmar el dolor de la mujer que amaba. La niña se murió al anochecer. Paul le cerró los ojos. Irene y yo la vestimos con un traje rosa que era su preferido y Michael le puso entre los brazos un oso de peluche pringoso y roto que él le había regalado y con el que la niña dormía cada noche. Le llamaba Mike, supongo que por su hermano. Nunca hasta entonces le había visto llorar y nunca más le vi derramar una lágrima. Ni siquiera cuando murió su padre, ni tampoco en el entierro de Irene, a la que quería mucho. Hay en él una fuerza que a veces puede convertirse en crueldad.
Y esta última frase la pronunció lentamente, mirando fijamente a los ojos de Amanda, como haciéndole una advertencia. Advertencia que llegaba muy tarde; ella lo sabía ya, o al menos lo sospechaba. Pero no le importaba. Incluso aunque le hubiesen dicho que era el mismísimo Jack el Destripador hubiese dejado de amarle. Y lo peor era que también sabía que tarde o temprano acabaría pagando por ese amor.





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