22 de julio de 2015

NOVELA 74



Ciertamente, Michael era fuerte, física y mentalmente. Le habían entrenado para ello pero también le nacía de dentro. Se recordaba a sí mismo como un niño poco sentimental, criado por niñeras y al que su propia madre nunca se acercó mucho. Michael desconocía lo que era un beso maternal antes de acostarse o que Alice cocinase para él su plato favorito o le consolase cuando se hacía una herida jugando. Tampoco su padre había estado muy presente en su vida durante la niñez. Paul era una figura un tanto lejana a la que admirar y respetar, y querer en la distancia. A los ocho años le enviaron a un internado, como a la mayoría de los niños ingleses de buena familia, y cuando volvía a su casa de vacaciones se encontraba a menudo perdido en un lugar que no era el suyo. Quizá su problema era que nunca había tenido algo a lo que propiamente pudiese llamar hogar. La persona que le dejó una marca indeleble fue Irene, a quien conoció a los diez años. Puede que debiese odiarla puesto que era la amante de su padre, pero nunca fue capaz de tener hacia ella ese sentimiento mezquino. Ahora que ya no estaba la recordaba con cariño y nostalgia. Muerta ella se habían acabado las llamadas telefónicas preguntando cómo estaba, y también las advertencias de que se cuidase, comiese debidamente y no se arriesgase sin motivo.
Cuando conoció a Amanda de alguna manera le recordó a su tía, aunque no fue eso precisamente lo que le atrajo de ella, sino más bien la sensación de que era un ser puro en medio de toda la podredumbre con que le tocaba convivir día a día. En Amanda todo era limpio y prístino; era la viva imagen de la Verdad y la Certeza. No tenía dobleces, siempre se mostraba tal y como era y no sabía mentir. Llegó a pensar que se había enamorado de ella porque tenía todo lo que a él le faltaba. Ella era dulce, pura, inocente, y había verdad en cada palabra que decía. Cuando se acostaban juntos Michael tenía la sensación de que parte de esa pureza iba a parar a él, aunque fuese solo durante unos breves instantes.
Su propia alma estaba tan contaminada por los miedos, los engaños, las mentiras y el no poder fiarse de nadie que en una ocasión que recordaba con enorme vergüenza y remordimiento la sometió a un interrogatorio tan cruel sobre su vida pasada que ella terminó sintiéndose acosada y se derrumbó, rota en lágrimas. No entendía el porqué de tantas preguntas cuando ella le había contado toda su vida. De repente vio a un Michael totalmente distinto del que conocía; un ser cruel que le hacía las mismas preguntas una y otra vez, como esperando que ella cayese en alguna contradicción. Durante un breve momento que no deseaba recordar, tuvo miedo de él.
Michael recordó la escena mientras hacía el viaje de vuelta hacia Madrid, donde debía permanecer un par de días hasta que le dijesen qué más esperaban de él y a donde tendría que ir. No estaba orgulloso de su comportamiento y cuando ella le acusó de abusar de los conocimientos y mañas de su trabajo para someterla a una especie de tercer grado, no supo defenderse. A él, que nunca le faltaban las palabras ni los motivos, aunque fuesen inventados, le faltaron en esa ocasión porque no había defensa posible. Pero a pesar de todo no fue capaz de darle una explicación de porqué había actuado de esa manera, porque él mismo no lo sabía. Sospechaba que era una especie de prueba; necesitaba ver cuál era su reacción para estar seguro de su amor. Amanda podía ser pura e inocente pero no era ninguna tonta, y después de esperar en vano respuestas, le acusó precisamente de ser un hombre egoísta e inseguro que necesitaba hacer sufrir a la otra persona para sentirse mejor. Y él se había enfurecido, negándolo todo, aunque en su interior pensaba que nadie le había retratado mejor.
Era algo parecido a la necesidad que tenía, de vez en cuando, de acostarse con una mujer que no significaba absolutamente nada para él, aun sabiendo que si Amanda se enterase, sufriría. Estaba seguro de que no le haría ninguna escena de celos; ella no era ese tipo de persona; pero quizá le dedicase la misma mirada entre compasiva y apenada de aquella noche del interrogatorio. Y eso le haría daño porque precisamente esa actitud de profunda dignidad le haría sentirse todavía más gusano de lo que ya a veces se sentía. Lo daría todo por ser un hombre normal, de los que trabajan de ocho a tres y vuelven a casa a estar con su esposa y sus hijos, de los que solo se preocupan de que alcance el sueldo para la hipoteca, el colegio de los niños y a poder ser, para unas pequeñas y modestas vacaciones. Pero él no era ese tipo de hombre ni lo sería nunca. Le gustaba dormir cada noche en un sitio distinto, saberse fuerte por el arma que llevaba siempre encima, saltarse las normas, averiguar cosas prohibidas y que podría usar en contra de alguien poderoso. Ese era su mundo, esa era su vida, y ni siquiera Amanda podría cambiarla. Era como un remanso de paz, como un oasis al que volver cuando estaba agotado; pero no le bastaba; ella no podía darle el punto de peligro e inestabilidad que eran su motor, precisamente porque era todo lo contrario; Amanda era la seguridad, la calma y el bienestar. Y todo ese cóctel era delicioso, siempre que fuese en raciones pequeñas. En gran cantidad le aburrirían y domarían al depredador que llevaba dentro. Michael no podía permitírselo; sería su muerte aunque su corazón continuase latiendo.







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