23 de julio de 2015

NOVELA 75



Al día siguiente Amanda fue a visitar a Inma y a Miguel. Aunque luego su amiga le asegurase que la presencia allí de Javier había obedecido a la pura casualidad ella no lo creyó del todo. Siempre decía que no existían las casualidades, sino las causalidades. De todas maneras no le replicó nada y se quedó a merendar, como había planeado. Javier estuvo bastante correcto y, en contra de su costumbre, no le lanzó ninguna pulla ni se burló de ella. Se comportó como las últimas veces que se habían visto, aunque sus avances del último día tuvieron que moderarse por la presencia de sus amigos.
Mientras estaban los cuatro juntos, charlando de cosas intrascendentes, Amanda se fijó disimuladamente en Javier. No había olvidado del todo el beso del último día que se vieron. No podía negar que le había atraído en algún momento, puesto que se había acostado con él. Tampoco podía ni quería negar que esa última tarde en que hablaron sobre la enfermedad de su madre se sintieron cercanos. Javier era un hombre cínico a veces, enormemente solitario y a quien le costaba mucho mostrar sus sentimientos; pero estaba segura de que esos sentimientos, en el momento en que se decidía a mostrarlos, era porque verdaderamente existían. Sin habérselo propuesto empezó a compararle con Michael. Al lado de Javier probablemente tendría una vida mucho más segura aunque con la chispa necesaria para que no resultase aburrida. A Michael ni siquiera le tendría cerca durante mucho tiempo; por su trabajo pero también por él mismo. Había aprendido que ningún ser humano puede poseer a otro, pero si tenerle en una cierta medida. Eso sería posible con el arquitecto pero no con Michael. Había en él una sombra que le atrapaba de vez en cuando y le apartaba de ella.
Mientras conducía de camino a su casa y luego cuando cenaba en la soledad de su pequeña cocina siguió pensando en lo mismo. Podía sentirse atraída por Javier e incluso estar tan cómoda a su lado como para perder la noción del tiempo; quizá porque siempre era agradable para una mujer que alguien la desease, pero también sabía muy bien que lo que tenía con Michael era completamente distinto. Bastaba una mirada suya o simplemente escuchar su voz para que todo lo demás dejase de tener importancia.
Cuando terminó de cenar se sentó en el sofá del salón con las cartas de su tía. En momentos como ese necesitaba el consuelo de leer lo que a ella, unos años antes, le había pasado, quizá porque tenía la sensación de que no había sido muy distinto a esto de ahora.
Querida Inés:
He tardado demasiado en escribirte y tengo unos cuantos motivos que lo justifican. El primero de ellos es que no era capaz de hacerlo. Varias veces me senté para hacerlo pero cuando tuve el papel delante de mí no fui capaz de escribirte nada que fuese coherente. Además hemos viajando bastante. Primero estuvimos unas semanas en Francia y luego nos fuimos a Estados Unidos. Por una vez el motivo no fue nada relacionado con el trabajo de Paul, sino la salud de nuestra hija.
Ya te había comentado que le costaba mucho dormirse, que tenía muchas infecciones de oídos y de garganta, pero cuando cumplió catorce meses y no caminaba ni gateaba hasta a una madre primeriza como a mí se le encendieron todas las luces de alarma. Recorrimos las consultas de muchos médicos, primero en Inglaterra, luego en Francia, y por último en Nueva York. Fue allí donde nos dieron la noticia. Elena tiene una enfermedad muy rara; se llama el síndrome de San Filippo. No se puede curar; ni todo el dinero de su padre ni los contactos que tiene con gente tan poderosa podrán salvar a nuestra hija. Parece ser que estos niños están destinados a tener una vida muy corta.
Entenderás que tuvo que pasar un tiempo para que pudiese asimilarlo, y todavía ahora no acierto a entender por qué le ha tenido que suceder precisamente a mi hija. A Paul no le he dicho nada porque se enfadaría pero a veces he llegado a pensar que esto es un castigo por estar con un hombre que pertenece a otra mujer. Sí, ya sé que no tiene mucho sentido, pero supongo que la educación que Mamá nos dio a todas las hermanas me sigue pesando demasiado. Para estar mejor me he propuesto dedicarme a Elena en cuerpo y alma y disfrutar todo lo que pueda de ella. Paul también está destrozada, pero como de costumbre no lo manifiesta. Ha canalizado su dolor trabajando más, estando más tiempo fuera y alejándose en cierta medida de nuestra hija. Creo que para él es muy doloroso darse cuenta de que nunca será una niña normal y quizá tenga miedo a encariñarse demasiado con ella porque sabe que su vida será corta. Pero me pregunto si esta es la actitud de un padre. ¿No debería aferrase todavía más a los momentos que puede pasar con su hija? He intentado hablar de esto con él pero se niega a mostrarme cuáles son sus sentimientos.
Lo único bueno de todo esto es que el hijo de Paul, Michael, pasa con nosotros algún tiempo y quiere mucho a su hermana. A mí me consuela verles juntos porque Elena le adora y cuando él le canta o juega con ella está mucho más tranquila. A veces me quedo mirándoles y me doy cuenta de que se parecen mucho, aunque los ojos de Elena sean verdes como los nuestros y los de Michael tienen el azul exacto de los de su padre. Pero nadie podría obviar que son hermanos.
Ahora que te lo he dicho mi corazón está un poco más tranquilo, supongo que es un descanso que alguien más lo sepa. Tú me entenderás muy bien porque tu propia hija es casi de la misma edad que la mía y puedes imaginarte cuál es mi dolor. Es una pena que Amanda y Elena no puedan crecer juntas.
Reza por mí, Inés, necesito que alguien lo haga porque a veces siento que yo ya he perdido la fe en casi todo; hasta en Paul; aunque eso no evita que le siga amando y que no me arrepienta de nada.
Te quiere
Irene

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