24 de julio de 2015

NOVELA 77





Habían pasado más de dos semanas desde las últimas noticias de Michael y Amanda había pasado ya por todas las fases de la desesperación. No le quedaban oraciones que rezar y las lágrimas derramadas la habían dejado ya seca; ahora se vertían hacia dentro. De repente, una mañana, cuando apenas había encendido el ordenador y se disponía a enfrentar otro día de trabajo, escuchó a lo lejos el inconfundible atronar de su coche. No podía ser otro. Y encima, el muy mentecato, estaba haciendo sonar el claxon como un desesperado. Muy propio de él; entrar formando camorra. Salió corriendo a recibirle y se fundieron en un largo abrazo en el que Amanda ya no distinguía el latido de cada corazón. Era como si se hubiesen fundido. La barba le picaba en la cara y le dolían los pies de estar de puntillas, pero daba igual. Estaba con ella, sano y salvo. Como si el mundo no existiese, entraron corriendo en la casita del jardín y se fueron directos al dormitorio. La entrada y el pasillo quedaron sembrados de las prendas de ropa que se iban quitando. No dijeron ni una palabra o al menos ninguna que tuviera sentido. No hacía falta hablar. Las manos, las bocas, el resto del cuerpo, hablaban por ellos.
Dos horas después, Amanda se acordó de llamar a la recepción para verificar que Carmen hubiese llegado y todo funcionase correctamente. Ella que era tan cumplidora con el trabajo y cuando llegaba Michael lo tiraba todo por la borda. Ese era el efecto que le provocaba y no sabía si le gustaba o no. En todo caso, en ese mismo momento, con la cabeza recostada en su pecho, se sentía feliz. Él musitaba más que cantaba una canción, con los labios pegados a su pelo. Si, había sido muy propio de él enviarle la primera vez “La canción de Pipa”. Era verdad, justo en ese momento se sentía así: “Dios está en su cielo y en la Tierra todo marcha bien”.
Cuando ya se estaban vistiendo para salir a desayunar al pueblo cercano, Amanda se dio cuenta de que Michael siempre iba de forma parecida: camisa o camiseta negra, pantalones negros, chupa de cuero, hiciese frío o calor, y botas. Parecía un Ángel del Infierno y más combinado con su tez pálida y su pelo rubio. Y las botas, con aquel día de calor. Por eso se lo preguntó directamente.
-¿Por qué siempre llevas botas? Hoy hace mucho calor.
-Por necesidad, tontaina-le contestó él, apretándole los mofletes en un gesto que ella odiaba porque le hacía sentirse como una niña pequeña.
-No te entiendo, Mike. A mi no me hables en clave.
-Llevo una pistola más pequeña en el tobillo. Por precaución.
Desistió de seguir preguntando. La respuesta la había asustado ya más que suficiente y no quería saber más de ese mundo de armas, de escabullirse sin cesar y de vivir siempre peligrosamente. Pero mientras se peinaba frente al espejo recordó que había una cosa de la que sí tenían que hablar. Y en vez de ir directa al grano, como era su costumbre, decidió, por una vez, ser ella quien le probase a él.
-Michael, ¿Qué me puedes contar de Paul Knigth y de su relación con mi tía?
Le hizo la pregunta sin dejar de cepillarse el pelo ni mirarse al espejo, como algo casual, y él le respondió en el mismo tono mientras sentado en la cama se calzaba las sempiternas botas.
-Poca cosa. Irene era celosa de su intimidad y apenas hablaba de su vida privada.
Amanda se dio la vuelta y acercándose a él le dio un empujón en el pecho que dejó sorprendido, al igual que sus palabras.
-Grandísimo hijo de puta. Te han enseñado bien en tu maldita escuela de cabrones.
-¿Estás loca, Mandy?
-No, no estoy loca, cabronazo de mierda, mentiroso; merecerías que te cortase los huevos de cuajo, los friese y te los diese de desayunar.
Él se rio a carcajadas.
-No lo harías. Quizá una mano o una pierna, pero no los huevos.
-Vete a la mierda, cabrón.
A Michael le hacía gracia ese lenguaje que ella no solía emplear y también su enfado, pero tenía hambre y empezaba a hartase de no saber de qué iba la película. Así se lo dijo.
-La película va, 007 de pacotilla, de que no soy tonta, y he descubierto que tú eres hijo de Paul. Y que pasaste parte de tu infancia con él y con Irene. Y de que conociste a tu hermana; mi prima. Y no me has dicho nada. Siempre ocultándome cosas, siempre mintiendo, siempre dándome solo una parte de ti. No sé ni cómo no te mato.
-Porque no podrías, preciosa-le contestó él, sujetándola con una mano mientras que la otra tomó su garganta, sin demasiada fuerza, apretando levemente con dos dedos. Bastaría que hiciese más presión para que dejases de respirar. Pero nunca te haría daño, mi amor, siempre estarás segura conmigo. Más que con nadie en el mundo. Puede que tenga que mentirte o, como en este caso, ocultarte cosas, pero te juro que nunca te haré daño.
-Físicamente ya sé que no. Del otro…
Se calló. Michael le había puesto un dedo en los labios. Salieron a desayunar con la promesa de que él le hablaría durante el trayecto y el desayuno de Paul e Irene.





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