Ir al contenido principal

NOVELA 77





Habían pasado más de dos semanas desde las últimas noticias de Michael y Amanda había pasado ya por todas las fases de la desesperación. No le quedaban oraciones que rezar y las lágrimas derramadas la habían dejado ya seca; ahora se vertían hacia dentro. De repente, una mañana, cuando apenas había encendido el ordenador y se disponía a enfrentar otro día de trabajo, escuchó a lo lejos el inconfundible atronar de su coche. No podía ser otro. Y encima, el muy mentecato, estaba haciendo sonar el claxon como un desesperado. Muy propio de él; entrar formando camorra. Salió corriendo a recibirle y se fundieron en un largo abrazo en el que Amanda ya no distinguía el latido de cada corazón. Era como si se hubiesen fundido. La barba le picaba en la cara y le dolían los pies de estar de puntillas, pero daba igual. Estaba con ella, sano y salvo. Como si el mundo no existiese, entraron corriendo en la casita del jardín y se fueron directos al dormitorio. La entrada y el pasillo quedaron sembrados de las prendas de ropa que se iban quitando. No dijeron ni una palabra o al menos ninguna que tuviera sentido. No hacía falta hablar. Las manos, las bocas, el resto del cuerpo, hablaban por ellos.
Dos horas después, Amanda se acordó de llamar a la recepción para verificar que Carmen hubiese llegado y todo funcionase correctamente. Ella que era tan cumplidora con el trabajo y cuando llegaba Michael lo tiraba todo por la borda. Ese era el efecto que le provocaba y no sabía si le gustaba o no. En todo caso, en ese mismo momento, con la cabeza recostada en su pecho, se sentía feliz. Él musitaba más que cantaba una canción, con los labios pegados a su pelo. Si, había sido muy propio de él enviarle la primera vez “La canción de Pipa”. Era verdad, justo en ese momento se sentía así: “Dios está en su cielo y en la Tierra todo marcha bien”.
Cuando ya se estaban vistiendo para salir a desayunar al pueblo cercano, Amanda se dio cuenta de que Michael siempre iba de forma parecida: camisa o camiseta negra, pantalones negros, chupa de cuero, hiciese frío o calor, y botas. Parecía un Ángel del Infierno y más combinado con su tez pálida y su pelo rubio. Y las botas, con aquel día de calor. Por eso se lo preguntó directamente.
-¿Por qué siempre llevas botas? Hoy hace mucho calor.
-Por necesidad, tontaina-le contestó él, apretándole los mofletes en un gesto que ella odiaba porque le hacía sentirse como una niña pequeña.
-No te entiendo, Mike. A mi no me hables en clave.
-Llevo una pistola más pequeña en el tobillo. Por precaución.
Desistió de seguir preguntando. La respuesta la había asustado ya más que suficiente y no quería saber más de ese mundo de armas, de escabullirse sin cesar y de vivir siempre peligrosamente. Pero mientras se peinaba frente al espejo recordó que había una cosa de la que sí tenían que hablar. Y en vez de ir directa al grano, como era su costumbre, decidió, por una vez, ser ella quien le probase a él.
-Michael, ¿Qué me puedes contar de Paul Knigth y de su relación con mi tía?
Le hizo la pregunta sin dejar de cepillarse el pelo ni mirarse al espejo, como algo casual, y él le respondió en el mismo tono mientras sentado en la cama se calzaba las sempiternas botas.
-Poca cosa. Irene era celosa de su intimidad y apenas hablaba de su vida privada.
Amanda se dio la vuelta y acercándose a él le dio un empujón en el pecho que dejó sorprendido, al igual que sus palabras.
-Grandísimo hijo de puta. Te han enseñado bien en tu maldita escuela de cabrones.
-¿Estás loca, Mandy?
-No, no estoy loca, cabronazo de mierda, mentiroso; merecerías que te cortase los huevos de cuajo, los friese y te los diese de desayunar.
Él se rio a carcajadas.
-No lo harías. Quizá una mano o una pierna, pero no los huevos.
-Vete a la mierda, cabrón.
A Michael le hacía gracia ese lenguaje que ella no solía emplear y también su enfado, pero tenía hambre y empezaba a hartase de no saber de qué iba la película. Así se lo dijo.
-La película va, 007 de pacotilla, de que no soy tonta, y he descubierto que tú eres hijo de Paul. Y que pasaste parte de tu infancia con él y con Irene. Y de que conociste a tu hermana; mi prima. Y no me has dicho nada. Siempre ocultándome cosas, siempre mintiendo, siempre dándome solo una parte de ti. No sé ni cómo no te mato.
-Porque no podrías, preciosa-le contestó él, sujetándola con una mano mientras que la otra tomó su garganta, sin demasiada fuerza, apretando levemente con dos dedos. Bastaría que hiciese más presión para que dejases de respirar. Pero nunca te haría daño, mi amor, siempre estarás segura conmigo. Más que con nadie en el mundo. Puede que tenga que mentirte o, como en este caso, ocultarte cosas, pero te juro que nunca te haré daño.
-Físicamente ya sé que no. Del otro…
Se calló. Michael le había puesto un dedo en los labios. Salieron a desayunar con la promesa de que él le hablaría durante el trayecto y el desayuno de Paul e Irene.





Comentarios

Entradas populares de este blog

JOHNNY Y JUNE

“June era mis señales en el camino, me hacía alzarme cuando estaba débil, me animaba cuando estaba desanimado y me amaba cuando sentía solo y desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido. Nadie más, excepto mi madre, se le acerca”.
Esto es lo que decía Johnny Cash de la mujer de su vida, June Carter. Fue su segunda esposa, pero para él la única mujer que marcó su vida y su camino, y también la que le salvó de perecer en un infierno de drogas y alcohol.
No quiero hablar de él como cantante, todos sabemos que fue una de las leyendas del country, el icono de los presidiarios y tipos duros, y quien mejor supo entenderles y cantarles. También que vestía siempre de negro y saludaba con un parco “Hi, I´m Johnny Cash”. No, quiero hablar del hombre, de la persona tímida y reservada que tuvo una vida complicada y salió a flote con mucha voluntad por su parte y con la ayuda de alguien que le amaba.
Cash y June se conocieron en los escenarios. Ella provenía de una familia que cantab…

ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

¿POR QUÉ ESCRIBO?

Hace poco me preguntaba para qué escribir. Hoy quiero saber por qué escribo, cual es el motivo que me lleva a esto que hago a diario. Desde hace ya mucho tiempo sé que así como hay gente que necesita, para sentirse bien, hacer deporte, o cantar, o bailar, o coser… yo necesito escribir. Pero además, pensando y analizando muchas cosas me he dado cuenta de que para mí el escribir se ha convertido, además de en una importante terapia, en un acto de poder y de soberbia.
Si…mal que me pese reconocerlo, es así. Yo no soy por naturaleza una persona a quien le guste mandar o controlar. Tampoco me gusta estar del lado contrario; es decir, odio que alguien me diga lo que tengo que hacer. Mi lema siempre ha sido “vive y deja vivir”. Pero esto de escribir tiene tanto encanto porque me permite jugar, por un momento, a ser Dios.
Cuando escribo una novela o narro un cuento, no importa la extensión de lo que escriba, estoy creando personajes, dando vida, interviniendo como mano ejecutora en la cade…

PALABRA

Poco hace falta;
una luna desnuda
que en la noche se alza,
un silencio entre líneas
pintadas, la radio que suena
con asesinos en serie, con
extrañas amenazas...
Un rayo de luz que
me baña las manos
abandonadas, manos triste
que no tocan nada.

Tal vez, amor, todo
es triste y oscuro
ahora que hablas.

Pero a mi me basta
una sola palabra,
tan solo una,
dicha en voz baja.

Y entonces el sol
brilla como si
estuviera naciendo
la mañana.

Ha amanecido de pronto,
la noche ha hecho
la maleta al país
del Olvido, mis manos
se visten de esperanzas
aladas; me cubro de risa
de nuevo, y mi corazón,
amor, vuelve a ser, como
siempre, tu cama.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.