26 de julio de 2015

NOVELA 78



Michael untó su tostada de mermelada y mantequilla con parsimonia, ajeno a las miradas de Amanda requiriéndole que empezase. Cuando ya se había tomado el segundo café fue cuando comenzó a hablar.
-Irene lo pasó muy mal al principio de conocerme. No sabía cómo actuar conmigo y creo que la mataba el remordimiento. Por mi madre-aclaró, innecesariamente. Pero poco a poco, a pesar de que sólo era un niño, le fui demostrando que no tenía motivos para padecer. En realidad, el matrimonio de mis padres nunca fue demasiado bien, y tu tía no lo rompió porque ya estaba roto antes que ella apareciese.
-Háblame de Elena-le pidió ella en voz baja.
Michael se ajustó las gafas y movió la silla para estar todavía más cerca de Amanda. Le tomó las manos entre las suyas.
-Elena fue lo mejor que me pudo haber pasado en la vida y sólo por eso tendría que adorar a su madre. Ya sé que la mayoría de la gente diría que una niña así era una carga, y en cierto modo tendrían razón porque se pasaba la mayor parte del día llorando, siempre estaba aquejada de algún mal y hacer que comiese o que durmiese era una hazaña. Pero conmigo, no sé por qué, siempre estaba contenta. Por primera vez en mi vida tuve la sensación de que había una persona en el mundo que me necesitaba y me quería por encima de todas las cosas. Y yo…le entregué mi corazón a esa cosita berreante y exigente que me miraba como si fuese Dios. Y supongo que lo era; al menos su dios. Desde el momento en que sus ojos verdes, por cierto iguales a los tuyos, me miraron desde su cuna, supe que me habían atrapado en una espiral de amor y necesidad de protegerla. Irene y mi padre nunca me ocultaron lo de su enfermedad desde que ellos mismo lo supieron, y por tanto yo fui siempre consciente de que cada minuto con ella era un regalo porque se iría muy pronto.
Amanda no podía verle los ojos porque se había puesto las gafas de sol; pero por su voz sabía que estaba haciendo esfuerzos por contener el llanto. Y esto le hizo pensar que había una parte de él tierna y compasiva, que era la que ella amaba. Al otro Michael también le quería, aunque le temiese a la vez. En el fondo sabía que era un hombre muy necesitado de amor.
-¿Cómo es que está enterrada aquí? Murió en Inglaterra, ¿No?
-Así es. Y la enterramos allí. Pero hace unos cinco o seis años Irene me pidió que hiciese las gestiones necesarias para trasladarla al cementerio del pueblo, donde estaban sus padres y toda su familia. Y me ocupé de todo. ¿Has visto su tumba?
-Sí, hace un par de semanas, de casualidad. Iba a visitar la de mi tía. A pesar del tiempo que llevo aquí nunca había estado-le confesó.
-Yo voy a menudo, es decir, cuando puedo. Irene forma parte de mis buenos recuerdos y aun a riesgo de que te rías de mi te contaré que cuando voy al cementerio hablo con ella.
-No puedo reírme por algo que yo también hago con mi madre. No solo en el cementerio. Cuando estoy sola y tengo dudas o problemas, lo hablo con ella. Desde que tú has llegado a mi vida, cabronazo, tenemos muchas conversaciones.
La atrajo hacia sí y le dio un beso en la cabeza. Se sentía muy aliviado de haber podido contarle sus sentimientos en relación con Elena e Irene. Era una parte hermosa de su vida pero que no había compartido con nadie, quizá porque la consideraba demasiado privada.
Amanda siguió recostada en el pecho de Michael, ajena a las miradas de algunos curiosos que pasaban al lado de la terraza. Y le hizo una pregunta que últimamente la llenaba de dudas.
-Mike, ¿Tú sabes por qué mi tía no destruyó las cartas?
-¿De qué cartas me hablas?
-La correspondencia que mantuvo con mi madre y que ella, poco antes de morir, le devolvió. Mi tía las guardó todas, yo las encontré y fue por esas cartas por las que supe de Paul y vi una foto tuya con Elena, de cuando tenías diez u once años. Me parece imposible que alguien tan precavido como tía Irene y que además sabía que iba a morir no las hubiese destruido.
-Tal vez quería que tú las leyeses. Puede que fuese su manera de contarte cómo era ella en realidad. Poco tiene que ver la Irene que tú conociste, la que ella te permitió ver, con la Irene verdadera.
-Sabes, ella a través de Vera me dejó una carta en la que más o menos me explicaba por qué me había hecho su heredera, y en la me prevenía contra ti.
Michael la apartó de sí para mirarla. Se sacó las gafas de sol para ponerse las otras y Amanda vio en sus ojos sorpresa y dolor.
-No lo entiendo. Si yo quise entregarle mi parte de la conservera muchas veces y ella siempre se negaba. Siempre pensé que quería que fuésemos socios.
-Me dijo que en términos comerciales podía fiarme de ti a ciegas. Pero me recomendaba que no te viese más que como a un socio sino quería sufrir. Yo creo que lo pasó muy mal con Paul y quería evitarme el mismo sufrimiento porque sabe que eres como tu padre.
-Puede-reconoció, encogiéndose de hombros. Pero la verdad es que lo único que ha hecho ha sido acercarnos y ponernos todo en bandeja para que nos enamorásemos.
Amanda le dio la razón, y volvió a preguntarse a sí misma y a Michael cuál era entonces el motivo.
-Sé que Irene me quiso mucho, como a un hijo. Y creo que pensó que el conocerte a ti me salvaría.
-¿De qué iba a salvarte?
Michael se quedó callado un rato, fingiendo que miraba al mar, aunque ni se fijó en las barquitas amarradas ni en las que estaban a lo lejos, faenando.
-Creo que Irene pretendía que me salvases de algo muy peligroso que siempre me ha acechado y siempre lo hará. De mí mismo.





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