27 de julio de 2015

NOVELA 79



Amanda no entendió la respuesta o quizá sí la entendió, y demasiado bien. Y por eso no le contestó. Sin decir nada se levantaron de la terraza en donde estaban y tomados de la mano dieron un paseo por el puerto. No era demasiado distinto del de su pueblo, solo un poco más grande y con menos caras conocidas. Ella, que siempre había vivido en la ciudad ahora se encontraba como pez en el agua en este ambiente tranquilo en donde el único problema era cómo sortear la curiosidad y maledicencia a veces de los vecinos. Cada vez entendía más que su tía hubiese decidido refugiarse en la casa en que había nacido y en los lugares que conocía desde niña. Respiró profundo y sintió como la brisa marina entraba en sus pulmones e invadía su cuerpo y su sangre. El olor se mezclaba con el de Michael. Usaba siempre el mismo perfume y ella, aunque a nadie se lo confesaría porque le daba vergüenza, había comprado un frasco y cuando él no estaba, es decir, casi siempre, ponía unas gotas en su almohada y al quedarse dormida le parecía que estaba a su lado. Sabía que era un gesto patético y que una mujer adulta no debería recurrir a semejantes bobadas para estar bien. Pero había todavía una parte muy importante de la niña que fue dentro de ella, y así como de pequeña dormía con su muñeca de trapo, ahora lo hacía con el aroma de ese hombre que ahora mismo caminaba a su lado pero que probablemente mañana o en unos cuantos días podría estar en cualquier parte a la que ella no tendría acceso.
Cada día se preparaba mentalmente, nada más despertarse, para recibir una mala noticia. O quizá, lo cual consideraba mucho peor, para dejar de saber de él. La noche anterior, antes de quedarse dormidos ella le dijo que estaba hecho de humo, y él no entendió la metáfora.
-Sí, de humo, porque el humo se desvanece, deja de estar. Se va en el aire y no lo vuelves a ver.
La estrechó más contra su pecho y le dio un beso suave en la cabeza, pero no le dijo nada ni tampoco intentó tranquilizarla. Los dos sabían que se trataba de una comparación muy acertada.
Mientras caminaban hacia el interior del pueblo, donde habían dejado el coche y luego en el trayecto de vuelta por esas carreteras secundarias llenas de curvas y de baches, Amanda volvió a recordar la novela de Ayn Raind; y comparó a Leo Kovalenski con Andrei Taganov. Una mujer racional sin duda elegiría a Andrei; ese hombre íntegro y sensato que no duda en darlo todo por la mujer que ama y que incluso empieza por ella a cuestionarse lo que habían sido sus más íntimos principios y toda su vida; frente a un Leo henchido de orgullo y de egoísmo que sólo se preocupa de sí mismo. Si lo trasladaba a su propia vida también tenía claros los papeles. Michael era Leo y Javier tenía mucho de Andrei Taganov. También ella era muy parecida, quizá, a Ira Argounova; como ella era callada y sacrificada con quien amaba, tampoco hacía preguntas y lo aceptaba casi todo. Incluso, de una manera infantil, solía repetirse cuando no estaba del todo bien la frase que Kira se decía a sí misma: “Adelante, Kira, adelante, como un buen soldado”. Se preguntó si su vida tendría un final como el de ella, al menos metafóricamente. Dudaba de que nadie le disparase por cruzar la frontera para huir de la jaula del comunismo. Pero quizá podría ser posible que le destrozasen el corazón cuando quisiera simplemente ser feliz.
Era extraño que Amanda estuviese callada tanto tiempo, pero su mirada tenía algo indefinible y triste; tanto que Michael no quiso interrumpirla. Se limitó a mirarla de reojo de vez en cuando, sin apartar mucho tiempo la vista de la carretera. También él pensaba, aunque en cosas bien distintas. Recordaba los primeros años de su trabajo, lo interesante que le parecía todo y cuánto disfrutaba de cada momento, de cada misión, de cada cosa nueva que surgía en su vida. Pero como siempre, las novedades pronto dejaban de serlo en la vida de Michael. Su enorme problema, del que era buen conocedor, era que se cansaba pronto de las cosas. También de las personas o de los lugares. Tenía algunos compañeros que lo que peor llevaban eran los viajes casi sin avisar cuando era necesario, y el estar poco tiempo en cada lugar. Para él eso era lo bueno, la sal de la vida. Nunca había contemplado quedarse mucho tiempo en un mismo sitio, aunque necesitase un lugar al que volver de vez en cuando para recargar pilas y lamerse las heridas si era necesario. La casa de Irene había sido siempre ese lugar, y cuando ella murió pensó que también ese refugio había perdido. Pero como ella le decía, los golfos siempre tienen suerte, y alguien de la misma sangre que Irene le seguía brindando lo que tanto necesitaba. Lo que ya no sabía es si estaba siendo justo con ella. Si quería ser franco consigo mismo, no deseaba hacerle daño y le nacía desde lo más hondo de su corazón el deseo de protegerla, pero a la vez anteponía sus deseos y sus intereses a los de ella. Y sabía que siempre sería así. Si fuese una buena persona o un hombre de verdad, se iría de su vida sin dañarla demasiado; pero en ese momento no podía hacerlo. La necesitaba para que le diese paz en los malos momentos y calmase sus ansias; ella era su cocaína y quien dependía de una droga no medía las consecuencias; trataba de conseguirla y punto.





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