28 de julio de 2015

NOVELA 80



Michael se marchó dos días después. Aunque ya debería acostumbrarse a las despedidas, Amanda no lo conseguía. Intentaba que él no la viese llorar, porque sabía que no le gustaba, pero igualmente las lágrimas le empapaban la cara por más que ella lo atribuyese al viento, a veces inexistente, o a que había pelado cebollas, o a que tenía los ojos irritados. Aquella mañana era todavía muy temprano y ella salió a despedirlo arropada con el albornoz, recién salida del baño. Le abrazó y se puso de puntillas para acariciarle la cara.
-No te quites la cruz cuando estés trabajando-le rogó.
Michael inició una protesta pero ella le atajó rápido, poniendo una mano sobre su boca.
-No me digas sandeces de que no crees en Dios. Él cree en ti, y yo le pido todos los días que te proteja. Ahora, vete, y no corras como alma que lleva el diablo. Y ya sé que a veces no podrás pero si puedes…
-Te haré saber de alguna manera que estoy bien. No te preocupes.
La besó y se marchó, dejándola en el jardín todavía bañado del rocío nocturno, abrazándose a sí misma para sentir menos el frío de la soledad.
Michael se acarició, de manera inconsciente, la cruz que llevaba al cuello, y al sentir su tacto se sonrió para sus adentros. Amanda era como una niña pequeña, pensaba que el mundo era tan simple como ella lo veía. Le pedía que llevase siempre la cruz cuando estuviese trabajando; sin darse cuenta, bendita ignorancia, que en algunas ocasiones precisamente un hecho tan nimio como llevar esa cruz al cuello sería su sentencia de muerte. Por un momento deseó que el mundo fuese de verdad como ella lo veía y no tal como aparecía ante él a diario.
Amanda volvió a la calidez de su casita y se entretuvo recogiendo el servicio del desayuno y poniendo orden en la cocina. Luego fue a su cuarto. Había dejado la ventana entreabierta para que la habitación se ventilase y ahora olía a aire fresco y a los pinos del bosque trasero. Pensó en cambiar las sábanas de la cama, pero luego decidió que no, porque guardarían todavía el olor de Michael. Apretó contra si la almohada que él había usado y conservaba su aroma. Mientras hacía la cama se dio cuenta de que había un sobre encima de la mesita de Michael. Se asustó pensando que se lo había dejado olvidado, aunque esos descuidos no fuesen propios de él. Pero cuando lo tomó en la mano vio que llevaba su nombre escrito, era para ella. Muy despacio lo abrió y sacó una carta. Era la letra de Michael, inconfundible, con esos rasgos picudos y las mayúsculas muy grandes, resaltando al lado de las otras letras.
Mi niña:
Me ha costado más que otras veces marcharme y dejarte ahí, esperándome, como una Penélope que teje y desteje, según tú misma me has dicho tantas veces. Y no sé si es bueno que esta vez se me haya más duro irme, pero en todo caso es lo único que podía hacer.
Me gustaría mucho decirte que volveré pronto, pero te estaría mintiendo, y tú me has pedido que te mienta sólo lo imprescindible. Por tanto, no puedo decirte cuánto tardaré en volver, porque no depende de mí. Lo que si depende de mí es extrañarte cada día que no estoy a tu lado. Y en esto no miento, lo sabes. Aunque me hayan entrenado para muchas cosas, no soy tan bueno como para esconderte cuales son mis sentimientos.
Soy consciente de que no te doy lo que mereces y… ¿Qué te puedo decir? Llevo dentro de mí una especie de veneno que me impide ser ese tipo de hombre que seguramente sería el adecuado para ti: trabajo de ocho de la mañana a tres de la tarde, uno o dos niños, vacaciones en agosto, comida en familia los domingos. Yo nunca seré así, Mandy, y estoy corriendo el riesgo de decírtelo claramente aunque sé que podría costarme el perderte. Pero ya tengo muchas cosas sobre mi conciencia, y quizá por una vez pesen más en mi las buenas enseñanzas que Irene me inculcó que la sangre de Paul corriendo por mis venas.
Quiero que sepas que haré todo lo posible para que tengas noticias mías; puede que no tan a menudo como los dos desearíamos, pero haré todo lo que esté en mi mano y más. Pero de todos modos, no te preocupes, mi Penélope, Ulises siempre acaba volviendo a Ítaca; no hay sirena en el mundo que me impida volver de nuevo a ti.
Piénsame y recuerda los buenos momentos. No te preocupes por mí, sé cuidarme y volveré. Sobre todo recuerda que te amo y que eres mi one and only.
Mike

Cuando acabó de leer, dobló pulcramente el papel y lo guardó de nuevo en su sobre. No sabía si debía romperlo o se lo podría quedar. Lo pensó unos instantes y luego decidió que no había nada comprometido; era la carta de un hombre que amaba a una mujer; nada más. Pero para ella era muy importante; nunca anteriormente Michael había confesado así sus sentimientos, y aunque no se lo hubiese dicho en persona, lo escrito le bastaba. Esperaría. Era una buena Penélope, aunque no supiese tejer.


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