29 de julio de 2015

NOVELA 81



Aquella mañana el trabajo era mecánico: hacer camas, preparar habitaciones, hacer luego los almuerzos de los huéspedes que comían en el hotel. Mientras arreglaba las habitaciones no tuvo tiempo a pensar en nada; le tocó trabajar con Delfina, la chica nueva, y por enésima vez intentó que pareciese menos asilvestrada. No quería despedirla, sabía que en su casa el dinero era muy necesario porque su padre había muerto y su madre estaba delicada de salud. Dependían de lo que ganase pescando su hermana mayor y del sueldo de la propia chica.
-Señorita, ¿para qué hay que cambiar las sábanas cada día? En mi casa se hace una vez en semana.
Amanda suspiró, cansada. Le había pedido mil veces que la llamase por su nombre y no señorita, pero no había manera humana de hacérselo entender.
-Esto es un hotel, Delfina, y los huéspedes deben sentirse mejor que en su casa. Si no, allí se hubiesen quedado y entonces nosotras, ¿De qué viviríamos?
-Pues en el pueblo se dice que usted es muy rica y no necesita de esto para vivir-le contestó, estirando el edredón.
-En el pueblo se habla demasiado-repuso Amanda, con cara seria. Haz el favor de poner estas sábanas en la lavadora, yo iré ahora a ponerla en marcha-la última vez que le había confiado a ella esa tarea, mezcló ropa blanca y de color, y la colada salió verde. Tú empieza a limpiar la verdura y dile a Carmen que empiece con la plancha.
Mientras se iba, Amanda se preguntó si haría algo bueno de ella. De entrada había conseguido que llevase con cierta dignidad el uniforme, aunque lo suyo le había costado. Pero de momento las tareas que le encargan siempre debían pasar una supervisión y le estaba terminantemente prohibido molestar a los huéspedes con sus cotilleos.
Revisó todos los cuartos y cuando encontró las cosas a su gusto se fue a la cocina. Era hora de poner en marcha la comida. Hoy tocaba de primero una quiche de verduras y luego rape en salsa verde. De postre una tarta de pera. Su menú siempre era sencillo y compuesto de platos caseros. Era consciente de que no tenía mañas de gran chef, ni quería. Le gustaba y sabía cocinar pero no era una experta. Sin embargo, la gente estaba contenta con lo que les ofrecía.
El trabajo de la cocina le permitía tener la cabeza libre para pensar, y para recordar. Pasó revista a lo que había sucedido los últimos días. Estaba contenta porque había habido un pequeño acercamiento entre Vera y Michael. Una mañana el coche de Amanda no encendió y Vera necesitaba ir a la farmacia. Cuando ella le propuso pedir un taxi la anciana le contestó que irían en el coche de Michael.
-Pero él está dormido. Ha llegado muy tarde ayer, está cansado del viaje y no quiero despertarle.
-He dicho en su coche, no me hace falta que él me haga de chófer.
-En la vida me atrevería yo a usar su coche. Y además, no sé conducirlo.
-Las llaves están en ese cuenco, en la entrada-le dijo Vera. Dámelas y vas a ver tú lo que es conducir.
Amanda se quedó alelada, pero ante la mirada de Vera y su gesto, se encogió de hombros y le tiró las llaves, que ella alcanzó al vuelo. Sin ningún titubeo encendió el coche y pisó a fondo el acelerador.
-Agárrate, Darling, vas a saber lo que es volar.
Amanda no le contestó; tenía bastante con sujetarse al asiento y asir su bolso como si le fuese la vida en ello. Michael era muy atrevido conduciendo y esta mujer que ella consideraba una anciana, no le iba a la zaga. Cuando aparcaron delante de la farmacia tenían mirándolas a un montón de curiosos. Vera descendió del coche como una reina, aunque necesitase algo de ayuda para hacerlo, y lanzó a la muchacha una mirada condescendiente. Recogió su encargo y la invitó a tomar un café en la taberna del puerto. Sentadas en la terraza, le preguntó si había disfrutado del paseo.
-No mucho, la verdad. Está todavía más loca que él. Pensé que íbamos a terminar empotradas en cualquier árbol.
-Tonterías, niña. Conduzco de maravilla, desde que tenía veinte años. Ningún coche tiene secreto alguno para mí.
Amanda no le contestó. Estaba demasiado preocupada pensando en cómo reaccionaría Michael cuando se diese cuenta de que le habían tomado prestado su amado deportivo. Cuando volvieron al hotel le encontraron desayunando en el saloncito que daba al jardín.
-Aquí tienes las llaves, chico-le dijo Vera, lanzándoselas. Va bien tu juguetito.
El las alcanzó con una sonrisa.
-Todavía te sigue encantando gastar asfalto, Vera-afirmó.
-Puedes estar seguro de que sí.
Amanda estaba desconcertada por muchos motivos. El primero era que Michael no parecía enfadado, sino divertido; y el segundo y casi más importante, era que nunca supo que se tuteasen y se tratasen con tanta confianza. Al menos delante de ella nunca lo habían hecho.
-Fue Vera quien me enseñó a conducir cuando yo tenía…unos catorce años, si mal no recuerdo. Pero a conducir de verdad, no lo que tú haces. Nunca he conocido a alguien que lo haga tan bien como ella, y mira que he tenido muchas experiencias. Pero sigues siendo la mejor, Vera-le dijo, dándole un abrazo.
Y ella, contrariamente a lo que Amanda pensaba, se dejó hacer, e incluso correspondió con un cariñoso cachete en la mejilla de Michael. No entendía nada. ¿No era Vera una de las mayores detractoras de Michael?
Cuando se quedaron solas lo aclaró directamente con ella. Le reprochó que tampoco ella fuese clara y le ocultase cosas. Vera se acomodó mejor en su sillón y la miró con afecto, no exento de cierta burla.
-Darling, una de las cosas que me gusta de ti y que conmueve profundamente, es tu inocencia y tu manera de ver la vida. Vas a sufrir mucho, mi niña. Piensas que el mundo es tal y como tú lo ves, y es mucho más complejo, querida. Yo quiero mucho a Michael, es casi como un hijo. Le he visto crecer y junto con Paul, Elena e Irene éramos casi una familia. Pero precisamente porque le quiero y le conozco, te he dicho mil veces que no es recomendable para ti. Tiene más conchas que un galápago; y tú eres una inocente. Cuando os veo juntos es como si a una dulce e indefensa ovejita la dejasen en un prado a merced del lobo. Te he advertido, hija mía, pero ya te ha atrapado en sus redes…nada más puedo hacer yo.
Amanda la miró con un gesto de desagrado. Empezaba a estar harta de que todos, incluido el propio Michael, la mirasen como si ella fuese una especie de tonta que no sabía nada del mundo. Quizá no de su estúpido mundo de mentiras, disfraces y engaños. Pero sabía del suyo, del mundo real en el que la gente se levantaba a las siete de la mañana para ir a trabajar y sus problemas eran llegar a fin de mes y poder pagar el alquiler. Ese era el mundo real y no en el que se movían ellos. O al menos, eso esperaba Amanda.


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