30 de julio de 2015

NOVELA 82



Estaba empezando el verano y los huéspedes llegaban sin cesar. Aquel incipiente negocio que había iniciado con miedos estaba yendo mucho mejor de lo que ella esperaba, e incluso le proporcionaba unas respetables ganancias. A mediados del mes de julio Amanda se dio cuenta de que necesitaba más personal. El trabajo las superaba, a ella y a las chicas. Delfina había mejorado mucho pero ciertas tareas todavía no era capaz de cumplirlas, o al menos no sola. Le resultaba impensable que ella recibiese a los huéspedes, porque todavía no se había quitado del todo el pelo de la dehesa y podría soltarse cualquier cosa que se le pasase por la cabeza. Sin embargo, estaba demostrando ser buena pinche de cocina, y había mejorado mucho en cuestiones de limpieza y organización. Carmen era su brazo derecho, pero no podía confiarle ciertas tareas administrativas; se llevaba regular con los ordenadores. Por eso se decidió a poner un anuncio en el periódico para contratar a alguien más.
En la primera semana entrevistó a más de treinta personas. Pero nadie cumplía los requisitos; casi todos eran estudiantes que querían ganarse un dinero en verano, y ella había pensado en alguien más permanente. Quería tener la libertad de poder ausentarse unos días con la tranquilidad de que las cosas marcharían sin su presencia. Cuando empezaba a pensar en tirar la toalla, una mañana especialmente cálida un hombre de voz profunda y pausada la llamó para concertar una entrevista y ella le citó para el día siguiente a las diez de la mañana.
A la hora en punto se presentó en recepción y dejando a Carmen al cargo le hizo pasar a la salita, en donde a esas horas no había nadie. Le pidió que se sentase y al tiempo que le servía un café le observó disimuladamente. Debía tener unos cuarenta y cinco años, más o menos y su aspecto era de lo más normal. Iba vestido con corrección, que era mucho más de lo que había visto en los últimos candidatos. Moreno, de estatura normal y complexión fuerte, lo único destacable eran unos ojos marrones muy dulces y una barba perfectamente cuidada. Amanda se había sentido cómoda en las anteriores entrevistas porque siempre habían sido chicos sin mucha experiencia, más jóvenes que ella y por lo tanto situaciones en las que ella era la voz dominante. Ahora se sentaba enfrente de alguien de más edad y con la apariencia de un hombre muy sensato y dueño de sí mismo. Para empezar le había traído su curriculum, algo que a los demás ni se les había pasado por la imaginación, o no lo tenían.
-Veo que habla inglés y francés, y que tiene experiencia en este tipo de negocios.
-Sí, he trabajado en varios hoteles, aquí y en el extranjero.
-Señor Hidalgo…
-Jorge, por favor-le dijo él, con una sonrisa.
-Gracias-aceptó Amanda. Jorge, le decía que sus referencias y experiencia me parecen maravillosas, pero no sé si esto se adecúa a lo que usted busca; no me atrevo ni a llamarle hotel. Es…modesto, por decirlo de alguna manera.
Él sonrió e hizo un ademán, como quitándole importancia.
-No se preocupe por eso señorita Navarro.
-Amanda, por favor. Igualdad de condiciones.
-Bien, Amanda, entonces. ¿Vamos a tutearnos?
Ella asintió y Jorge siguió hablando con soltura, como el que está acostumbrado a hacerlo ante mucha gente.
-Precisamente lo que estoy buscando en este momento es algo pequeño, del tamaño de tu hotel o similar. Ya he trabajado en sitios grandes y ahora, por circunstancias que no vienen al caso, necesito un lugar más tranquilo y que me permita también más tiempo para mí. Además, me apetece mucho vivir en un pueblo pequeño, como éste.
-Hablando de alojamientos…Si llegamos a un acuerdo puedo ofrecerte que te alojes en una casa que tengo en el pueblo y que estaba alquilada hasta hace menos de un mes. He encargado que la acondicionen porque pensaba alquilarla de nuevo. Pero si llegamos a un acuerdo, puedes ocuparla y será una parte de tu sueldo. ¿Te parece bien? Podemos verla dentro de un rato, si quieres.
-No me hace falta verla, acepto. Si he de serte sincero, lo que más me interesa, aparte de que el sitio sea pequeño y agradable como éste, son los dos días libres en semana y el cambiar de aires.
Amanda asintió, y aunque tenía curiosidad por saber algo más, fiel a sus costumbres, no hizo preguntas. La vida privada de ese hombre no le importaba siempre que cumpliese bien con su trabajo. Se alegró de tener a su disposición de nuevo aquella casa que su tía había comprado hacía ya años. Cuando quedó libre le encargó a Javier que hiciese unas pequeñas modificaciones, más bien un lavado de cara en cocina y baño, y estaba lista para usar. Era pequeña; cocina, una salita, dos dormitorios y un baño; y lo bueno era que estaba bastante cerca del hotel; no necesitaría ni usar el coche.
Se pusieron de acuerdo para firmar el contrato de trabajo y al día siguiente y que Jorge pudiese incorporarse lo antes posible. Amanda estaba tan contenta de haber resuelto el problema que por la tarde decidió ir a la ciudad. No le importaba conducir una hora; necesitaba tomar un poco de distancia de la vida diaria y de la gente que tenía siempre a su alrededor. Quería callejear, ver escaparates, restaurantes, sentir de nuevo el calor del asfalto, aspirar el aroma de los coches y las muchedumbres. Era algo que generalmente aborrecía pero justo ese día necesitaba ser parte de la multitud.
Lo primero que hizo fue entrar en una enorme librería en donde se dio el gusto de perderse durante dos horas. Pasó revista a todas las estanterías, miró, remiró y después de mucho buscar salió con dos libros que quería desde hacía tiempo. Contenta por la adquisición que había hecho, buscó un sitio en donde comer tranquila, y como por ensalmo se encontró con un pequeño restaurante vegetariano con una terraza agradable. Se sentó y después de pedir una empanadilla de verduras y una ensalada, abrió el primero de los libros y ajena al trajín de gente que iba y venía, empezó a leer.
No fue consciente en ningún momento de que un hombre la había seguido desde el aparcamiento en donde dejó el coche. Él actuaba con gran prudencia, aunque pronto se dio cuenta de que no era necesario, porque la muchacha caminaba despreocupadamente y no se fijaba en nada ni en nadie en especial. El perseguidor se sentó dos mesas detrás de Amanda y como odiaba la comida vegetariana se limitó a pedir un té y una tarta de manzana. Era un trabajo bastante aburrido si lo comparaba con aquellas cosas que solía hacer, pero no podía negarle un favor a su mejor amigo. Antes de marcharse Michael había copiado la tarjeta del teléfono de Amanda y estaba al tanto de todas sus conversaciones y whatsapps. No lo hacía porque tuviese ningún tipo de desconfianza hacia ella, sino como un cierto medio de protección y para estar al tanto de los pasos que daba. Así le sería más fácil darse cuenta si estaba en peligro, aunque pensaba que era francamente difícil que su gente le hiciese daño. Amanda no representaba ninguna amenaza. En el fondo, a Michael le gustaba tener el control y saber sin que ella supiese que sabía. Otros menos sinceros que él lo llamarían deformación profesional; él lo llamaba instinto de poder y dominación. No estaba orgulloso de ese rasgo de su carácter, pero era consciente de que iba con él, y no podía dejarlo atrás.
Aprovechando un momento en que Amanda entró al baño y dejó el libro sobre la mesa, el misterioso hombre que la seguía se marchó también de la terraza, confundiéndose con la gente que callejeaba por aquella zona arbolada, no sin antes deslizar un papel dentro del libro.
Amanda volvió a su mesa, pagó y se marchó, sin haberse dado cuenta de nada. Tuvo que esperar a las doce de la noche, cuando se acostó y nuevamente tomó el libro, para ver el papel. Era un folio arrancado de un libro, y un escalofrío le recorrió la espalda. Tenía que ser de Michael; sólo él podía enviarle ese poema. Tenía mucho significado para ambos, pero nadie más lo sabía. ¿Cómo había llegado a su libro? ¿Había estado Michael cerca de ella? Dejando para más tarde las muchas preguntas que se hacía, leyó el poema con un sentimiento que mezclaba el alivio y la añoranza. Era de Constantino Kavafis.
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.



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