31 de julio de 2015

NOVELA 83



Amanda había leído muchas veces ese poema, a solas y con Michael. Lo encontraba muy acertado. En la vida a veces eso que tanto deseamos alcanzar, al final no representa tanto como esperábamos, pero quizá durante el camino que empleamos para alcanzarlo, ahí mismo está la Verdad. Una Verdad que en ocasiones no somos capaces de ver, a pesar de que la tenemos delante.
Por enésima vez pensó si no estaría desperdiciando su vida, tejiendo y destejiendo, cual Penélope. ¿Y si Ulises no lo mereciese? Le pegó un puñetazo a la almohada y se maldijo a sí misma por ser tan cabezota, a Vera, por decirle lo que ella nunca hubiera querido saber; pero sobre todo maldijo a la tía Irene por haberle legado unos genes estúpidos que la hacían enamorarse del menos apropiado. Y también maldijo a Paul, por haber entrado hacía tantos años en la vida de Irene, y por haber engendrado a Michael, tan igual a él en las cosas peores.
Sabía que aquella noche ya no pegaría ojo, así que se levantó de la cama, se echó encima una bata y se fue a la cocina a prepararse un té. En esos momentos echaba de menos a Inma. Aunque había habido entre ellas un acercamiento, las dos sabían que algo invisible se había roto y también sabían que tendrían que poner mucho ambas para recomponerlo.
Al menos ahora estaba tranquila. Sabía que ese imbécil de Michael estaba vivo; algo menos de lo que preocuparse. Mientras tomaba el té recordó una noche, unos dos meses atrás, en que llovía a mares y había tormenta. Llevaba casi un mes sin noticias suyas y el grado de desesperación que sentía era tan hondo que por un momento enloqueció y salió afuera, a caminar bajo la lluvia sin nada con lo que protegerse. A los dos minutos estaba calada hasta los huesos, pero no le importaba. Anduvo, anduvo y anduvo sin rumbo, mientras el agua le mojaba el pelo, que se pegaba a su cara como un velo o una máscara mortuoria. El frío hacía que le castañeteasen los dientes, pero estaba en tal estado de trance que ni se daba cuenta. De manera inconsciente sus pasos la llevaron al mismo lugar en donde Michael le había hablado aquella tarde. Ahora no podía ver el mar desde la colina, el agua todo lo difuminaba. Se sentó sobre el tocón de un árbol. No se daba cuenta de que estaba llorando porque sus lágrimas se mezclaban con el agua de la lluvia. Allí se quedó un tiempo, no sabía cuánto, hasta que se cansó de llorar y también de gritar y de imprecar, porque sabía que nadie podía oírla. Cuando se quedó sin aliento y sin fuerzas emprendió el camino de vuelta, y al llegar a casa se dio una ducha caliente, se puso un pijama y se metió en la cama. La cabeza le daba vueltas de puro cansancio y el agotamiento la hizo dormir diez horas seguidas.
A la mañana siguiente estaba avergonzada ante sí misma y se preguntó al ver reflejada su cara en el espejo mientras se peinaba si no se estaría volviendo loca. La gente cuando se enamora es feliz, o al menos eso es lo que se dice. Y ella andaba todo el día como un alma en pena, pendiente de una llamada, de un mensaje, de cualquier pequeño atisbo que le dijese que Michael estaba bien. Y luego, cuando volvía, aunque fuese por pocos días, no podía comentarlo con él porque se enfadaba. Le decía que no fuese tonta, que se tranquilizase y no estropease el poco tiempo que tenían de estar juntos. Ella callaba.
En una ocasión Inma le dijo que ojala tuviese la misma presencia de ánimo para poner coto a las bobadas de Michael que la que tenía para despachar a Javier sin contemplaciones. Había una ligera diferencia: por Javier sentía aprecio y había habido una ligera atracción, que en parte persistía, o eso pensaba a veces. Pero a Michael le amaba de una manera que le daba miedo. No se reconocía a sí misma.


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