10 de julio de 2015

REFLEXIÓN





Algunas veces, cuando tengo uno de mis días negros, odio a la gente que se vanagloria de tener autocontrol, de no temer a la soledad, de contentarse con lo que la vida les da.
Esos que dicen no padecer por nada y noo sufrir por lo que llaman tonterías.
En esos momentos les odio a muerte y con gusto los borraría del mapa de un plumazo.
Quizá es porque les envidio, aunque sea yo muy poco dada a la envidia.
Y si algo hay que me consuela es vislumbrar que en el fondo son...cobardes y mentirosos.
Lo último es obvio; todos tememos de alguna manera a la soledad, todos nos rebelamos a veces con lo que nos ha tocado vivir, todos necesitamos de vez en cuando un abrazo y que alguien nos diga que nos quiere, aunque sea mentira o no del todo verdad.
Y cobardes lo son también, porque disfrazan sus necesidades.
Y entonces es cuando me llega el dulce momento de la vengaza, a pesar de que no sea persona vengativa.
Me siento superior porque al menos yo soy capaz de llorar, de sentir y de decir a gritos que soy patética e imperfecta, que tengo vacíos e incapacidades, y muchos, muchos miedos. Pero al menos yo...me atrevo a gritarlo.
¿Significará, como en el caso de los que van a alcohólicos anónimos que ese primer paso del reconocimiento trae consigo la curación? Creo que no. Pero no importa

No hay comentarios:

Publicar un comentario