15 de julio de 2015

SAMANTHA



Creo en la reencarnación. Sé que cuando me muera volveré convertida en…algo o alguien. También Creo en Dios, en el que me han enseñado a creer de pequeña. Y no, no es contradictorio, o quizá sí, pero es que yo soy una contradicción con nariz, boca, ojos, piernas y brazos.
Por eso ruego siempre a mi Dios que no haga que me reencarne en hombre. No lo soportaría. Casi que prefiero ser un escarabajo pelotero que un tío. Y no es que les odie, que quede claro, me suelen caer bien y es más, creo que en general son buenas personas, aunque pelín simples. Pero es por algo distinto…no soportaría tener que ir vestida de una manera aburrida, no poder ponerme unos buenos tacones o un maquillaje y sobre todo tener que estar siempre fingiendo que nada me afecta y que soy muy macho. Ay, no, por favor, menudo cansancio.
Yo quisiera volver a ser mujer de nuevo. Y ya si puedo pedir medir un metro ochenta y tener el pelo rizado…mejor. Pero si eso no puede ser, me gustaría volver en forma de un animal. He dudado de cual. Me gustan los perros, pero son demasiado fieles, dan la vida por su amo y al final creo que sufren bastante. Y yo con sufrir en una vida tengo suficiente. Karma sí, pero en dosis.
Así que pensando y pensando…me pido ser gato. O tigre, que es más fuerte. Felino, al fin y al cabo. Los gatos van a lo suyo, dan su cariño cuando quieren y a quien quieren y no dudan en sacar las uñas cuando se les molesta. Son independientes, no necesitan de nadie y…tienen siete vidas. Decidido, quiero ser gato. Encima, suelen tener unos ojos preciosos. Les gusta ronronear, como a mí cuando estoy bien, les gusta estar dentro de la casa al calorcito en un cómodo almohadón, prefieren el pescado a la carne…
Gato, o mejor gata. Y si también me dejan elegir nombre…quiero llamarme Samantha. No sé por qué. Me suena bien.

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