17 de agosto de 2015

DECISIONES 2






En este momento de su vida, más cerca de los setenta que de los sesenta, Laura se había acostumbrado a estar sola. Le había costado mucho y había derramado muchas lágrimas hasta llegar a este punto en el cual la compañía le resultaba difícil de sobrellevar. Sabía que la mayoría de la gente del pueblo la tomaban por una loca, o cuando menos, una mujer extraña. Hablaba con poca gente más allá del cortés buenos días o buenas tardes. Y si podía escabullirse sin ver a sus vecinos, lo hacía.
No le asustaba llegar a la vejez, quizá porque ya estaba en ella. Aunque en su corazón seguía sintiéndose joven. Pero últimamente le faltaban las ganas de vivir. No había nada que la moviese a despertarse por la mañana con ilusión, ni siquiera con ganas de descubrir algo nuevo. ¿Qué había qué descubrir?
Su cabeza funcionaba perfectamente, y si tenía que ser honesta consigo misma, mucho mejor que cuando tenía veinte años. Ahora no estaba desesperada por agradar a ningún muchacho estúpido ni le preocupaba lo que pudiesen pensar de ella. Siempre había sido una provocadora, pero ahora ya nada tenía que perder y gozaba diciendo todo lo que se le pasaba por la mente, lo cual tenía su peligro, porque su mente no era precisamente un lugar en calma.
Su cabeza siempre daba vueltas. No sabía lo que era no pensar en nada. Mientras caminaba por el monte se acordó de cuando, veinte años atrás, se había apuntado a un taller de meditación. Le parecía una tremenda incongruencia llamarle precisamente meditación cuando lo que se perseguía era todo lo contrario: dejar la mente en blanco. Al cabo de tres días, el profesor, harto de sus preguntas intempestivas y de que le revolucionase a los demás, acabó echándola del curso. Ni se dignaron en devolverle el dinero que le había costado. Al principio pensó en demandarles, pero en ese momento leyó en una revista científica un artículo sobre los suicidas y se quedó tan prendada del tema que se le olvidó por completo la demanda y la inquina hacia el profesor inepto.
La gente solía pensar que los suicidas eran unos cobardes de la peor clase. Ella les admiraba y creía que hay que ser muy valiente para ponerle fin a todo. Otros prefieren seguir arrastrándose. Leyó mucho sobre suicidas en esa época, y su fascinación iba creciendo y creciendo, como la masa del pan cuando se le pone levadura y se deja fermentar.

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