25 de agosto de 2015

DECISIONES 3



Laura pensaba a todas horas en cómo poner fin a su vida. Cuando estaba desayunando en la tan refregada mesa de la cocina, que ya había sido de su madre y antes de su abuela y estaba tan llena de muescas como el cuerpo de Cher de cicatrices de estética. Pensaba en ello cuando subía a la primera planta a hacer su cama y dejar la habitación preparada para la noche; también cuando conducía o cuando iba al mercado. Mientras guiaba el carrito por el pasillo de los detergentes iba desgranando ideas, pero ninguna le convencía demasiado.
Si viviese en un país como Estados Unidos el problema sería mucho menor. Obtendría una licencia de armas, que al parecer allí brotan de la tierra como las setas, y se compraría una bonita pistola con la empuñadura de nácar. Pero aquí, ¿Dónde se consigue una pistola? ¿En el mercado negro? ¿Y cómo se contacta con alguien del mercado negro? Por otra parte, pensar en tener que tratar con matones de dos metros, barba cerrada y acento del Este la ponía enferma. Igual acababan cargándosela ellos mismos y eso ya no tendría gracia. Tenía que morir cuando ella lo decidiese y cómo lo decidiese. Y si quería ser honesta, ella no sabía disparar. No, se dijo mientras elegía un nuevo detergente que según la propaganda llevaba suavizante incorporado con olor a miel y lavanda, y por ende no había que planchar la ropa. No se lo creía ni harta de vino, pero era una novelera a quien le encantaba probar siempre lo último que salía al mercado, aunque luego fuese para despotricar y quejarse de que la habían timado.
Esquivó con arte a la sempiterna señorita que la invitaba a probar un trozo de fuet. Por favor, a las diez de la mañana. Ni que ella fuese alemana. Su desayuno siempre había sido el mismo, desde los veinte años: zumo de naranja, café con leche y tostadas a palo seco, sin mantequilla ni mermelada. No le agradaba que la asaltasen en el supermercado con degustaciones asquerosas a horas intempestivas; pero tampoco tenía corazón a negarse en redondo porque sabía que aquella pobre muchacha, seguramente con dos carreras universitarias y un máster, estaba ganándose el pan. Y i se detenía, acabaría probando, le sentaría como un tiro y pasaría el día con el estómago revuelto. Mira, una idea: comida basura. Pero no, sería demasiado lento. Ella era fuerte como una roca, podría durar veinte años más aunque atiborrase de grasa y azúcares indeseados sus arterias.
Fumar quedaba descartado, por lo mismo. Nunca había fumado y sus pulmones debían de estar tan impolutos como los de un niño de cinco años. Tendría que fumar cuatro o cinco cajetillas al día y ni así estaba garantizado que se muriese pronto y mucho menos con dignidad.
Coño, qué difícil era morirse, barruntó mientras elegía unas hamburguesas de espelta y espinacas y las echaba al carro. Siempre podía arrojarse al tren, pero le daba pereza y sobre todo pensaba que luego el cuerpo iba a quedar espachurrado y muy feo. Ella quería estar presentable hasta de muerta. ¿Y si se cortase las venas en la bañera? Bufff, muy sucio. La encontrarían ensangrentada y encima…desnuda. Porque no tenía sentido meterse en la bañera con ropa. Y se negaba a que ese mamarracho de juez, a que ella había enseñado a leer, le viese las lolas, ahora que colgaban hasta donde ya no era ni decente imaginar. Si hubiese sido veinte años antes, tal vez lo hubiese hecho. Cuando tenía cincuenta todavía no estaba mal del todo, y hubiese bastado un mes de ejercicio para tonificar ciertas partes y poder presentarse decente ante la muerte. Pero en estas circunstancias, ni hablar. Ah, y además había que contar que el médico forense también había sido alumno suyo, bien torpe por cierto. Menos mal que se dedicó a trabajar con muertos; si de pequeño era medio lelo y no sabía hacer la O con un canuto. Ay, loado fuese el Señor, alguna buena idea debería venírsele a la cabeza. Cuando se emperraba en algo, tenía que hacerlo.

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