26 de agosto de 2015

DECISIONES 4



Era tremendamente tozuda y nunca hacía caso de consejos. Es más, opinaba que aconsejar es una tremenda tontería; bien porque hay gente que directamente no pide consejos, o en caso contrario, quien los pide termina haciendo lo que le da la real gana. Eso hizo ella cuando a los veinte años se enamoró de un compañero en la universidad. Todos le decían que era un cantamañanas y un picaflor. Pero si quieres arroz Catalina. En ese momento ella sólo veía que era alto, rubio y con unos ojos verdes que relucían como esmeraldas. Quien le decía esas cosas tan desagradables era, está de más decirlo, por pura envidia. Perdió con él dos cursos. Le tomaba los apuntes cuando los lunes no iba a clase porque se quedaba a curar la melopea del fin de semana, le cocinaba en el piso de estudiantes que compartía y no le importaba lavar su ropa en esa época en que las lavadoras todavía eran un artículo de lujo; ni tampoco limpiar el baño ni sacar la mugre de la cocina. Todo lo hacía como un acto de amor porque se imaginaba, pobre tonta, que él lo valoraba. Tampoco se le ocurrió nunca pensar por qué cuando llegaban las vacaciones no venía a verla ni la invitaba a ir a su ciudad; ni siquiera porque apenas la llamaba por teléfono. Hasta que vio con sus propios ojos en una ocasión que visitaba con una amiga la ciudad vecina, como salía de un portal muy acaramelado con una muchacha que luego se enteró que era su novia de toda la vida. Nadie la vio llorar ni padecer, aunque padeció lo suyo. Se metió en la cama una semana entera y salió de su cuarto con los ojos inflamados de tanto lloriqueo y siete kilos menos. Pero nadie la vio llorar. Era imprescindible ponerse cada día antes de salir de casa una armadura que la protegiese de las miradas ajenas. Por eso también desde muy jovencita llevaba siempre gafas de sol, aún en pleno invierno, porque las gafas eran su parapeto de miradas indeseadas.
Diez años más tarde se encontró con él en un seminario. Estaban los dos en la treintena, pero, gracias fuesen dadas a todos los dioses, habían evolucionado de muy distinta manera. Ella era una joven profesional atractiva y cuidada; el guaperas de ojos verdes había engordado treinta kilos, estaba casi calvo del todo y según supo luego, su mujer acababa de abandonarle. Esa noche, para celebrar que el karma existe y la vida te da lo que te mereces, se metió entre pecho y espalda dos caipirinhas y bien sea porque eso la desinhibió o porque necesitaba demostrarse algo a sí misma, compartió cama con el director del seminario; más alto, más delgado, más guapo y más importante que el pobre imbécil por el que había llorado diez años atrás. Eso sí, le dejó claro que aquello era un romance de una sola noche y cuando de vuelta a casa se pasó una semana entera llamándola por teléfono, no tuvo empacho en decirle que hasta el seminario del año siguiente no era estrictamente necesario que estuviesen en contacto.
Laura no era una sentimental. Pensaba que se había curado de esa tremenda enfermedad con el primer desengaño amoroso. A partir de ese momento se juró que el tiempo máximo que se iba a permitir llorar por un amor frustrado eran dos días; tres si la relación había durado más de un año. Pero era difícil que una relación le durase mucho. O bien ella acababa defraudándose porque se daba cuenta de que él era imbécil de nacimiento o bien los hombres se cansaban de ella porque no era la dulce muchachita que mira a su novio con admiración y dice a todo que sí. Ella más bien tenía la mala costumbre de pensar por su cuenta, tomar sus propias decisiones y decir muy clarito lo que le parecía bien o no. Eso que ahora hacían todas las jovencitas, pero que en su época era propio de locas o peor, de perdidas.

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