27 de agosto de 2015

DECISIONES 5





La idea de colgarse de una viga tampoco le seducía mucho. Y esto por varios motivos, a saber: era muy torpe para las cosas manuales, dudaba de que supiese hacer el nudo adecuado y toda la parafernalia necesaria. Además estaba el ligero problema de que los ahorcados quedaban todos con la lengua fuera de la boca y tremendamente hinchada. Se negaba en redondo a que la encontrasen así, y encima esos dos pánfilos del forense y el juez. A Jaime, el necio que ahora se dedicaba a destripar cadáveres, le había suspendido muchas veces en Historia. Seguro que se vengaba de ella sacándole fotos y colgando alguna anónimamente para que la viese todo el mundo. No, tendría que buscar una manera más discreta de morir.
La más sencilla de todas era, sin lugar a dudas, acostarse una noche y morirse así, tan ricamente; pero para eso se necesitaba la intercesión divina, y aunque se lo pedía a Dios cada noche, debía ser que no lo hacía con la fuerza suficiente. O quizá es que Dios no atendía a estas peticiones sacrílegas. En una ocasión en que tenía una vecina muy cotilla que la espiaba sin cesar, también rogaba porque muriese de un infarto o la atropellase un coche; y cuando se lo contó a una amiga suya de la infancia que ahora era monja, además de santiguarse y quedar anonadada, le dijo que Dios no atendía a esas barbaridades, que para más inri, eran pecado y de los gordos. De esos que para que te sean perdonados hay que rezar como se rezaba antes, de rodillas, hasta que se te deformen.
Cuando aquella noche Laura se acostó le dio por pensar que a partir de cierta edad la vida debería de ser un contrato renovado por años. Que te encontrabas bien, firmabas un año más. Como el matrimonio, por otra parte. Ella había tenido unas cuantas oportunidades de casarse, y algunas nada despreciables. En una ocasión llegaron tan lejos que ya estaban encargadas las invitaciones, en un papel marfileño con letras doradas. Todo muy elegante. Y ya se había hecho la primera prueba del vestido. Pero tuvo la mala fortuna, o buena, de ir a una boda un mes antes, y cuando escuchó aquellas estúpidas promesas que el sacerdote les obligó a pronunciar, entró en fase pánico y decidió que aquello no era para ella. Al novio, notario e hijo de notario, le propuso irse a vivir juntos en pecado e ir firmando contratos anualmente. Pero tanto él como su señora madre, una señora muy católica, apostólica y romana, montaron en cólera y le hicieron devolver el pedrolo que le habían regalado y que le ocupaba medio dedo y la mitad del siguiente. Se sintió liberada y desde ese momento supo que el matrimonio no se había hecho para ella. Era demasiado voluble para jurar todas aquellas cosas tan serias. Además, cuanto más conocía a fondo al notario más aburrido le parecía. Ella ansiaba compartir su vida con un aventurero tipo Indiana Jones, que la llevase por lugares ignotos donde cada minuto fuese una lucha por la supervivencia y tuviese experiencias que narrar a sus nietos, si es que tanto ajetreo le permitía tenerlos. Eso sí, habían de ser lugares lo suficientemente cerca de la civilización para poder ir al menos una vez cada quincena a la peluquería y hacerse la cera. No tiene nada que ver la aventura con la desidia personal y los pelánganos campando por sus respetos. Todo tiene un límite.
Eso la hizo recordar la época en que impartió un taller de literatura en la cárcel y uno de los presos con más aire de patibulario asesino se prendó de ella. Le escribía unos poemas preciosos, aunque llenos de faltas de ortografía. Menos mal que el taller se terminó pronto y dejaron de verse, porque también Laura se estaba enamoriscando un poco del presidiario, y de hecho se entretenía cantando por las esquinas El preso número nueve. Lástima que en España no hubiese pena de muerte. Quedaría precioso que a Joaquín, que así se llamaba, le condenasen a muerte por haberse cargado a su mujer y a su amante y ella, cual dolorosa plañidera, pudiese acudir a la ejecución y recoger luego el cuerpo. Aunque, bien pensado, ¿qué iba a hacer con él? Enterrar a alguien valía una pasta. No, mejor el cuerpo que se lo quedasen en la cárcel. Ella se limitaría a despedirse de él llorando y ofrecerle en sus últimos momentos una canción de Johnny Cash, At Folsom Prison, por ejemplo. Bien bonita y hecha como a propósito para la ocasión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario