28 de agosto de 2015

DECISIONES 6






Pero ni en España había pena de muerte ni volvió a saber nada más del presidario. Laura no era de esas personas que se enamoran perdidamente y luchan por su amor. Para empezar, lo que se dice enamorada nunca había estado, al menos que ella supiese, si se exceptuaba aquel compañero de estudios, y en realidad más que amor eran pocos años e ignorancia de la vida. Y tampoco era de las que luchaban a brazo partido por conseguir a alguien. Más bien era de las que se dejaban querer, pero si no veía de la otra parte un mínimo interés ponía pies en polvorosa. De joven pensaba que la vida era demasiado corta para perderla en correr tras quien no lo merecía. Y ahora mismo, lo que son las cosas, opinaba que su vida estaba siendo demasiado larga, pero sobre todo aburrida.
Si encontrase algo que la atrajese quizá se olvidaría de una vez por todas de suicidarse. Había probado ya unas cuantas cosas y ninguna la había llenado al cien por cien. Mientras tomaba café sentada en la terraza de su casa y veía pasar la gente a través de la valla de madera se acordó de aquella época, cuando todavía no le habían dado la plaza de maestra, que para sacarse un dinero estuvo cinco meses haciendo de locutora de radio. Era en ese momento en que estaban de moda los programas de canciones dedicadas y ella estaba harta de leer dedicatorias estúpidas de soldados haciendo la mili a sus novias, o de padres que las dedicaban a sus retoños en el día de la primera comunión. Para no aburrirse demasiado le dio por pensar que algunas de las dedicatorias eran mensajes en clave de agentes del SECED, como si no tuvieran otra manera de comunicarse. Pero ella era joven, imaginativa y hambrienta de historias suculentas que animasen su vida de señorita de provincias.
El director de la emisora, viendo que tenía una bonita voz y mucha iniciativa le propuso que hiciese doblete, y además de las dedicatorias llevase un consultorio sentimental, que también en aquellos tiempos estaba muy de moda. Al principio le pareció una locura pero después se dijo que podía ser interesante. Lamentablemente el programa duró tan solo dos meses, aunque tenía mucha audiencia, o quizá por eso. Sus consejos eran los menos adecuados para aquellos tiempos en que reinaba el viejo general con su señora esposa y los sempiternos collares. En un país en que la divisa era el matrimonio para toda la vida y la familia unida rezando el rosario vespertino, no era apropiado aconsejar a la señora a quien habían puesto unos monumentales cuernos que hiciese ella lo propio con el desgraciado de su marido. Ni tampoco decirle a la novia que dudaba si entregarse o no antes del matrimonio, que no fuese mema y catase el material, por si las moscas.
Una tarde el director, padre de familia numerosa y visitante asiduo de los mejores burdeles de la ciudad, la llamó enfadadísimo a su despacho y la amenazó además de con todos los tormentos del infierno, con denunciarla por conducta indecorosa. Y ella recogió de su mesa las cuatro cosas que tenía y se marchó a su casa muy digna, pensando que al menos había puesto su granito de arena para la transformación del país.
Por eso cuando luego, ya con muchos más años, vio “Los puentes de Madison”, hubiese estrangulado de buena gana a la pánfila de Meryl Streep por ser tan idiota de dejar pasar la oportunidad de su vida y quedarse al lado del imbécil de su marido. Pensaba que los maridos estaban muy sobrevalorados y sin duda eran mucho mejor los amantes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada