29 de agosto de 2015

DECISIONES 7



Hacía muchos años, cuando tenía treinta y pocos, tuvo un amante que estaba casado. Cuando iniciaron la relación ella no tenía ni idea, lo descubrió un tiempo después y por aquel entonces estaba ya demasiado inmersa como para dar marcha atrás. No le sentó bien que la engañasen, como es natural, pero sobre todo era una persona pragmática y se dijo a sí misma que el culpable de la situación era él. Ella no podía culparse de nada porque al fin y al cabo a nadie le había jurado fidelidad en un altar, a diferencia de él. Sin embargo, como en el fondo lo único que le movía era la pasión física, pronto dio el asunto por terminado. No le agradaba ser la otra. Cierto que tenía alguna cosa buena, como no tener que cocinar para él, ni lavar o planchar su ropa, pero en contrapartida sólo podía verle cuando él estaba libre y estaba harta de tener que esconderse de todo y de todos. Y también estaba el ligero problema de que era poco dada a compartir, ni cosas ni afectos.
La noche anterior estuvo releyendo un libro de Agatha Christie y pensó en el veneno. Pero solo fue un minuto de extravagancia. Sabía que ni era sencillo de conseguir ni ella estaba por la labor de sufrir inútilmente. No pensaba tomar matarratas ni cosa parecida. Las pastillas eran otra opción, pero tampoco eran fáciles de conseguir. Siempre podía ir a su médico y contarle la milonga de que dormía mal. Le daría somníferos, pero tenía que enterarse de qué cantidad necesitaba. Puede que tuviese que pasar un tiempo almacenando cajitas de pastillas de dormir. Su problema era que le faltaba información al respecto.
Si viviese en un país exótico capturaría una serpiente y se haría morder en un pecho, como Cleopatra. Aunque eso quedaría mucho mejor años atrás, cuando sus pechos no habían sido castigados por la maldita ley de la gravedad y no eran una masa informe con tendencia a desparramarse. Qué asquerosa era la decrepitud. Y ella que tonta tan enorme había sido desperdiciando oportunidades que había tenido de pasarlo bien cuando era joven.
Y de repente, cuando recordó su juventud se dio cuenta de cuantas cosas habían cambiado desde entonces. ¡Qué imbécil había sido! Si tenía la respuesta a todos sus problemas en su mano, mejor dicho, en sus dedos, y no había sabido verlo. Hacía unos años se había comprado un ordenador y para aprender los rudimentos de la informática se matriculó en un curso, aunque en realidad casi todo lo que sabía lo había aprendido más tarde por su cuenta.
Se llevó a la mesa de la cocina, donde tenía en ese momento el portátil, un café con leche y dos galletas de avena y abrió el mágico Google, que lo mismo valía para un roto que para un descosido. Tecleó la palabra suicidio y aparecieron nada menos que catorce millones de entradas. La cantidad la dejó abrumada. Si quería leer solo una parte sería un trabajo ingente. Debería ser más selectiva a la hora de buscar. Añadió también formas, consejos; pero la cantidad de entradas seguía siendo enorme. Había un poco de todo; desde webs cristianas en donde ofrecían ayuda y al mismo tiempo amenazaban a los suicidas con todas las penas del infierno, hasta páginas con estudios psiquiátricos y psicológicos acerca del perfil del suicida. Leyó hasta que los ojos empezaron a lagrimearle y ya iba por el cuarto café. Se levantó de la silla y paseó un rato masajeándose los riñones. Estar sentada tanto tiempo hacía que le doliesen hasta las cejas. Cuando volvió a sentarse de dio cuenta de que había pasado por alto un foro de suicidas. Volvió atrás y entró en la página. Pero poco podía ver si no se registraba. Dudó varios minutos. Debía confesar que le daba cierto reparo, pero pensándolo bien, ¿por qué? Estaba protegida por el anonimato, o al menos eso pensaba ella. Escogió un Nick, Belial, y creó una cuenta de correo nueva, solo para ese foro. En menos de cinco minutos le llegó un aviso a su nuevo correo. Tecleó en el enlace para confirmar su registro y tuvo acceso a todos los apartados de la página. Quien la había creado tenía un estupendo sentido de lo siniestro. El fondo era el cuadro de Munch, “El grito” y las letras eran góticas y de aspecto fantasmagórico. Había 480 personas registradas y ahora mismo, a las cuatro de la madrugada, estaban conectadas 157. ¿Tanta gente quería matarse? Seguro que muchos eran simples fantasmas y ni de lejos se atreverían a quitarse la vida.


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