30 de agosto de 2015

DECISIONES 8



En esa ocasión lo único que hizo fue darse un paseo virtual y ver más o menos de qué iba la cosa. En algunos apartados se limitaban a dar consejos de lo más variopintos para terminar con la vida e incluso había personas que relataban sus intentos; frustrados, naturalmente. Se fijó en la última persona que había escrito algo. Era una mujer cuyo Nick era Mortem y si contaba la verdad, solo tenía veinte años. Laura era poco impresionable y sabía lo bastante del mundo de internet para sospechar que la mayor parte de la gente mentía en todo; en su edad, en su sexo…Al fin y al cabo cada persona estaba parapetada tras una especie de cortina de humo que le hacía invisible y le protegía de los demás y hasta de sí mismo. Leyó los últimos mensajes de Mortem y por la manera de expresarse, juraría si se lo pidiesen que de verdad era joven. No sabía si tenía exactamente veinte años pero en su vida profesional había tratado lo suficiente con muchachos para saber que quien escribía así no estaba fingiendo y tenía pocos años. Hablaba de un desengaño amoroso, de poca o nula comprensión de su familia, de desánimo y poco apego a la vida. Cualquier persona con la cabeza más aposentada que ella se lanzaría a darle consejos y mensajes de ánimo, al tiempo que se preguntaría por qué una muchacha en la flor de la vida desea poner fin a todo. Laura era demasiado escéptica con el mundo en general y había visto muchos casos de chicos desgraciados como para que esto le pareciese extraño. Lo cual no quería decir que no la apenase; pero entendía perfectamente que a una edad tan vulnerable cualquier pequeño desengaño podía hacer mella en un corazón casi adolescente.
Por lo que estaba viendo en este foro de desesperados cada uno iba a la suya y salvo consejos en cómo suicidarse nadie se preocupaba de lo que le pasaba al otro. Estaba muy cansada pero antes de irse a la cama decidió enviarle un mensaje privado a Mortem. No le dijo gran cosa. Simplemente le contó que ella también deseaba poner fin a su vida, principalmente porque estaba aburrida y porque ya tenía una edad respetable. No le preguntó por qué también ella quería morir, sino tan solo si ya lo había intentado en alguna ocasión.
A la mañana siguiente se despertó tarde, cuando el sol ya estaba alto en el cielo y en su tranquila calle ya había pasado el ajetreo de primera hora de la mañana. Ya los niños se habían ido al colegio y los padres a trabajar. Todavía en pijama y con una taza de café en la mano atisbó entre los visillos. En la calle arbolada solo se veía en aquel momento una mujer más o menos de su edad que empujaba un carrito de bebé. Si ella hubiese tenido hijos lo más probable era que ahora tuviese nietos y tuviese algo de lo que ocuparse. Pero nunca la había tentado ser madre y tampoco había encontrado a la persona adecuada como padre. Los niños pequeños no le agradaban. No tenía ni el más mínimo sentido maternal y ante un bebé no solía saber lo que hacer ni cómo hablarles. No había elegido ser maestra por vocación, sino porque en su época esa era de las pocas profesiones que una mujer podía ejercer. La otra opción era ser enfermera, y ella no soportaba la sangre ni a los enfermos. No sabría cuidar ni de un perro, cuanto más de alguien con precaria salud. Así que sin pensarlo mucho se matriculó en la escuela de Magisterio y durante mucho tiempo desasnó a muchos de los niños del pueblo. Hacia los cincuenta años se licenció en Literatura y pasó a dar clase en el Instituto. No es que las cosas fuesen allí más agradables, pero al menos no había que llevarlos a mear ni limpiarles los mocos. En contrapartida eran mucho más maleducados que los pequeños y también más ignorantes. Tenía muchos compañeros que habían tenido que pedir bajas médicas por puro agotamiento físico y mental. A ella nunca le había pasado. Todos los alumnos temían su lengua afilada e irónica, y sus castigos. No pretendía ser una profesora simpática, tan solo que aquella panda de inútiles y descerebrados aprendiesen a escribir sin faltas de ortografía y a entender más o menos bien lo que leían. En la última época de su vida profesional era muy común que los alumnos tuteasen a los maestros y les llamasen por su nombre. Ella nunca lo permitió. Cada vez que se iniciaba un curso, el primer día se encargada de escribir con letras mayúsculas en la pizarra su nombre y apellido: LAURA CASTILLO y exigía que se la llamase señora Castillo en cada momento. A cambio ella les llamaba de usted y a todos les daba el título de señor o señorita. No quería confianzas innecesarias y todos sus alumnos decían que en contadas ocasiones la vieron reír, tampoco llorar. Incluso en aquella ocasión en que una de sus mejores alumnas había perdido la batalla contra el cáncer, ella no lloró en público. Lo hizo en privado y mucho. Quería a María y durante la mayor parte de su enfermedad la visitaba una vez en semana y le llevaba libros. Pero era de la firme opinión que el dolor se lleva por dentro y los sentimientos son para vivirlos en la más estricta intimidad.



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